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08 de Noviembre de 2008

| DEL LIBRO LOS DERECHOS DEL PARAGUAY SOBRE LOS SALTOS DEL GUAIRA

Las discusiones de 1855-1856 confirmaron que el Brasil no poseía los Saltos del Guairá

Con el apoyo de una imponente escuadra se presentó en 1855 el almirante Pedro Ferreira de Oliveira. Su misión principal era obtener satisfacciones por el despido del encargado de negocios del Imperio, José Pereira Leal, ocurrido dos años atrás.

La Misión de Ferreira de Oliveira

Con el apoyo de una imponente escuadra se presentó en 1855 el almirante Pedro Ferreira de Oliveira. Su misión principal era obtener satisfacciones por el despido del encargado de negocios del Imperio, José Pereira Leal, ocurrido dos años atrás.
El gobierno de Don Carlos ofreció explicaciones satisfactorias y luego Ferreira de Oliveira presentó un proyecto de tratado de límites y navegación. Para las negociaciones que inmediatamente iniciaron, fue designado plenipotenciario del Paraguay el general Francisco Solano López, quien contó con la cooperación de Juan Andrés Gelly. El almirante fue, a su vez, asesorado por el experto diplomático Joaquín Tomás de Amaral. La frontera propuesta por Ferreira de Oliveira estaba conformada a la nueva teoría. En el oriente, la línea del Tratado de 1777: el Paraná hasta la boca del Ygatimí, siguiendo este río hasta la sierra del Mbaracayú, y luego por el río Apa, bajando por este hasta el río Paraguay. Seguía luego el Paraguay hasta arriba de la Bahía Negra, donde eran reconocidas las posesiones brasileñas establecidas en contravención del Tratado de 1777. En el mismo proyecto se mencionaba como base de la demarcación el “uti possidetis”.


Solano López define el “uti possidetis”


El plenipotenciario paraguayo manifestó su sorpresa ante esta interpretación tan elástica del “uti possidetis”. “A juicio del infrascripto”, escribió Solano López, “la posesión se prueba y demuestra por la ocupación retenida por largo tiempo, consentida tácita o expresamente, y no inquietada por quien se pudiera considerar con derecho al lugar ocupado, y donde existan y se vean establecimiento y poblaciones como villas y aldeas, u otros monumentos públicos, como fortificaciones militares”. Y nada de esto había en los terrenos que graciosamente se adjudicaba el Brasil, entre ellos el Guairá, salvo en el norte, en los fuertes de Alburquerque y Coimbra, donde el Paraguay reconocía la posesión brasileña, aunque viciosa en su origen.

El almirante Ferreira de Oliveira amenazó con traer las exigencias de su país hasta el Jejuí o el Ypané, conforme a las interpretaciones portuguesas máximas del Tratado de 1777, y dio por terminada la negociación, ofendido porque el Paraguay, por tres veces, hubiera rechazado la línea propuesta. El general López no admitió la legitimidad de esta reacción. “Es de una evidencia incontestable”, dijo, “que desde que un Estado se llama y es reconocido independiente, cuenta entre sus derechos y prerrogativas, la de rehusar sin ofensa de otro Gobierno o Nación, una demanda cuya aceptación considera tan perjudicial, como humillante la parte que excusa”. Según el plenipotenciario paraguayo, el Imperio del Brasil, al retacear el territorio de su país, pretendía convertir al Paraguay en “un fantasma de nación”. La negociación concluyó, pero de ella quedó como saldo el reconocimiento brasileño de que los Saltos del Guairá no eran del Imperio. La línea propuesta partía desde el Ygatimí, al norte de los mismos.


Entre Berges y Paranhos

En 1856 se reanudaron en Río de Janeiro las tratativas para llegar a un acuerdo sobre los límites. La representación del Imperio fue asumida por su más notable estadista, José María da Silva Paranhos, después vizconde de Río Branco. Los derechos del Paraguay tuvieron como vocero a José Berges, de quien dijo Eliseo Reclus: “Era uno de los hombres más cultos y fascinantes que conocí”. Y de él también estampó el internacionalista brasileño Hildebrando Acciolly, que en las negociaciones de 1855 se mostró “un argumentador tenaz, hábil e inteligente, perfectamente a la altura de la larga fama de que ya gozaba y en que le tiene la historia de su país”.

Fue un duelo de titanes. Berges propuso la línea del Paraná, Yvinheima y Río Blanco, que implicaba la enorme cesión del Guairá, “para comprar la paz”, pero que dejaba los Saltos fuera del territorio brasileño. Paranhos defendió la frontera Paraná, Ygatimí, Mbaracayú, Apa, Paraguay hasta la Bahía Negra, la misma de 1855. También los Saltos, por lo menos, quedaban fuera de discusión. El Paraguay alegó los derechos del descubrimiento, conquista y colonización. El Brasil adujo que el debate histórico interesaba tanto como el diluvio universal, y se atuvo al Tratado de 1777 para los lugares donde no había ocupación. Berges señaló la incongruencia de la posición brasileña y propuso la inspección ocular de los terrenos, prometiendo la aceptación paraguaya de todos los puntos que aparecieran ocupados por el Brasil en los territorios disputados. Paranhos rehuyó el peritaje y volvió a fundar los derechos de su país en los tratados de 1750 y 1777 que probaban, a su juicio, el “uti possidetis”. Trajo a colación el famoso Mapa de las Cortes y adelantó una variante de la tesis: todo lo que el Brasil no hubiera cedido expresamente al Paraguay, continuaba siendo suyo. Berges sostuvo que esa doctrina favorecía al Paraguay, en su carácter de descubridor y primer ocupante de las tierras de que en ocasión alguna había renunciado legalmente a favor del Brasil. Como todos los ofrecimientos paraguayos habían sido rechazados, Berges declaró que el Paraguay quedaba desobligado respecto de ellos. Recuperaba su derecho a reivindicar sus límites históricos. Y de este modo terminaron las históricas negociaciones. Por el protocolo del 6 de abril de 1856, los dos países postergaron por seis años el ajuste definitivo de la línea divisoria.


Significado del Debate

Los debates de 1855 y 1856 asumen gran importancia para el esclarecimiento del “uti possidetis” en la frontera paraguayo-brasileña desde el Yguazú hasta el río Blanco y, por ende, en el sector de los Saltos del Guairá. Quedó en evidencia en el curso de las discusiones que en toda esa zona no había una sola señal de posesión brasileña. Si no, la hubieran alegado Ferreira y Paranhos en vez de aferrarse al Tratado de 1777 que tan enfáticamente el Imperio rechazaba en sus otras cuestiones de límites. La apelación a ese tratado, y no al “uti possidetis” es la mejor prueba de que en la margen izquierda del Paraná, en el sector de los Saltos del Guairá, no había ninguna posesión brasileña. Un documento cartográfico de elevado valor lo comprueba. Se trata de la “Carta geographica de una parte do Imperio do Brasil”, que para mayor inteligencia de las discusiones de 1856 fue trazado por el Consejero Duarte da Ponte Ribeiro, una de las máximas autoridades del Imperio en materia de límites. Fue publicada por el Ministerio de Relaciones Exteriores como anexo del Relatorio donde se registran los protocolos Berges-Paranhos y tiene, por lo tanto, irrecusable valor oficial. Pues bien, en ese Mapa, en toda la extensión del Guairá no figura una sola posesión brasileña. Y cerca de los Saltos hay dos puntos que señalan las ruinas de Ciudad Real y de Villa Rica del Espíritu Santo. La historia resucitaba en 1856 para sancionar, nada menos que en un documento oficial brasileño, el mejor derecho paraguayo a los Saltos del Guairá.


de Efraím Cardozo
MAÑANA: Un millón de paraguayos sucumbieron para que los Saltos del Guairá continuaran paraguayos.

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