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14 de Octubre de 2018

| HISTORIADOR FRANCÉS ADMITE QUE LA GENTE OLVIDÓ LA DICTADURA

Si gana Bolsonaro en Brasil, no va a ser una catástrofe

Por Hugo Ruiz Olazar

“Yo no veo este fenómeno como algo malo, y menos todavía catastrófico (...). Los electores son menos encantables. A los políticos les cuesta más seducirlos con su discurso partidario”, resume el historiador francés Pierre Antoine Fabre, sobre el fenómeno Jair Bolsonaro en Brasil y el fortalecimiento de la derecha en la región. Fabre es director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

–¿El motivo de su presencia en Asunción? 

–Vine para dar unas conferencias en el Archivo Nacional y en la Alianza Francesa sobre mi especialidad, la historia de los jesuitas, un tema que me apasiona. Considero que ellos han jugado un papel fundamental en la reconstrucción del mundo. Creo que son los primeros que han visto la necesidad de la globalización, la interconexión entre los que habitamos este planeta.

–¿Qué pasa con los procesos políticos? En Francia fue Macron, el fenómeno. En Sudamérica es la derecha en todas sus formas, Bolsonaro el más radical... 

–Claro que es muy llamativo el proceso que estamos observando sobre todo en Brasil con este fenómeno Bolsonaro. También fue fundamental la insistencia de Lula en querer ser el candidato. Influyó negativamente para que el candidato que lo reemplazó (Fernando Haddad) no haya tenido tiempo de hacerse conocido.

–Pero también la corrupción...

–No se puede desconocer tampoco, claro, que es una reacción contra la corrupción...

–Y justo un candidato que reivindica la dictadura… 

–Y seguramente tiene que ver con el tiempo que pasa, la historia no se escribe y la dictadura ya fue olvidada. Son muchos los nuevos electores brasileños que nacieron después de los años de autoritarismo y ni se imaginan lo que vivieron la dictadura. La reivindicación es culpa de la memoria que se pierde. Finalmente, es una historia que no se escribe.

–En Chile, por ejemplo, ganó (Sebastián) Piñera que mira de reojo con simpatía a Pinochet… 

–Chile es un ejemplo de que la historia de la dictadura no se puede escribir todavía. Es complicado. La orientación de los procesos contra los militares fue diferente a los de Argentina. No se condenó a los protagonistas o están mezclados en procesos confusos. El resultado es una historia que permanece en la nebulosa, no esclarecida totalmente.

–¿Impune? 

–Continúa latente. Me parece que en Argentina hubo una mejor clarificación a través de esos juicios que terminaron en condena. En Chile no se hizo lo mismo. Fue (Raúl) Alfonsín el estadista que tuvo el coraje y la voluntad para aplicarles una pena rápidamente. Ese paso fue importante, yo diría fundamental, en tanto que en Chile la fragilidad de la Concertación (anti-Pinochet) fue tal que quedó en declamaciones, compromisos y promesas que no concluyeron en el objetivo final de hacer justicia...

–En Paraguay pasó lo mismo. A la mayoría de los electores no les importó que el candidato, hoy Presidente, haya nacido y criado en la cuna del stronismo... 

–Sí, sí, es el mismo fenómeno. Está comprobado que la memoria de la gente se pierde. Si no se hace la historia, lo pasado queda en pasado. Los historiadores son los que deben tener la iniciativa para hacerle recordar a la gente de ese pasado.

–¿Los historiadores no quieren contar partes de la historia? 

–Es como si se rehusaran a contar, o la ignoran. Es un problema general en América Latina. Pienso que se pueden hacer laboratorios de investigación, pero si desde los mismos Gobiernos, cada vez más liberales, se cortan los recursos es difícil. Ese es el tema. Los Gobiernos liberales, aun los más radicales, que puedan ser democráticamente, perfectamente legítimos en democracia, veo difícil que tengan deseos de contribuir y destinar recursos públicos para invertir en el trabajo de los historiadores, de los investigadores de la historia.

–Parece una contradicción. Los gobiernos de izquierda sí aportaron bastante a los intelectuales, profesionales, artistas, al área social: Lula, Cristina, el chavismo, pero llevaron a sus países a la quiebra. 

–Por eso digo, esto es trágico. En la época de Lula, la intensidad del intercambio de Francia en particular con Brasil fue asombroso. Fueron años fantásticos pero con este desenlace, para mí trágico...

–En Francia, en Europa, ¿no tienen acaso un concepto demasiado idealista de la izquierda que los hizo apostar con entusiasmo por gobiernos duros como el de Cuba, por ejemplo? 

–Eso pasó hace 40, 50 años, especialmente después del (Mayo Francés) 68, en particular en Francia. Las expectativas políticas eran muy inciertas para la izquierda en esos años y entonces, lo de Cuba fue una esperanza en los años sesenta y setenta… 

–“La utopía” de Tomás Moro… 

–Sí, pero no solamente Cuba, después vino Nicaragua a fines de los setenta (la caída del dictador Somoza). Fue una revolución extraordinaria que nos conmovió a todos. Estuvo vinculada en parte a un modelo revolucionario que en Francia casi se veía como un imposible. Era la búsqueda de una revolución posible en algún lugar de la tierra donde el poder estaba en manos de tiranos que explotaban a su pueblo, y así efectivamente fue.

–Con el tiempo volvió la democracia pero se desgastaron los partidos, los sindicatos, los gremios, las oenegés formados con ideas de izquierda… 

–La política francesa se derechizó mucho desde hace 20 años. Pero también se sucedieron hechos que eran impensables: la inmigración masiva, por ejemplo. La focalización del juego político en temas como este era impensable. Pero fue así y eso se produjo precisamente porque toda la dinámica social de los movimientos sociales se debilitó bastante. Los partidos ya no movilizan como antes. La desocupación masiva hizo también que los sindicatos pierdan mucha credibilidad. El movimiento de los desocupados nunca logró organizarse. Y así estamos ante una sociedad desocializada. En Francia, el debate ahora se centra sobre esto. Es resultado también de 14 años de “Miterrandismo” (el gobierno socialista de Francois Miterrand) que tuvo un balance social confuso también. Yo no veo este fenómeno como algo malo y menos todavía catastrófico, porque se nota que la gente tiene más autonomía para decidir sobre las cosas. Los electores son menos encantables. A los políticos les cuesta más seducirlos con su discurso partidario.

–¿Lo de Macron es un caso aislado? 

–Es una casualidad por una parte. Su triunfo fue el fracaso tanto de la derecha como de la izquierda, y una respuesta contra la extrema derecha. Yo mismo hice un artículo en (el periódico) Le Monde para que la gente vote por Macron. No lo puedo negar...

–Pero usted es de izquierda... 

–Mi ambiente natural es la izquierda. Pero en aquel momento yo vi que la tendencia hacia la abstención era muy importante. Macron fue votado más para hacerle la contra a (Marine) la hija de (Jean Marie) Le Pen. Pero fue elegido con una proporción de abstención sin precedentes en elecciones presidenciales. Tiene una base popular frágil, una base política incierta en términos de aparatos políticos. No sé realmente pronosticar el futuro. La situación francesa no es para nada envidiable...

–Y ¿el fenómeno sudamericano? ¿Qué le parece? ¿Es una reacción contra todo lo malo que hizo la izquierda? Bolsonaro, Macri, Piñera, Mario Abdo... 

–Quién lo hubiera pensado, volvió Piñera y la (Michele) Bachelet salió bastante golpeada. Finalmente veo como positiva esta dinámica. Lo importante es que esta fuerza política sea al mismo tiempo contemporánea de su tiempo y no nostálgica de otras épocas. Lo importante es que no mire para atrás y abra perspectivas sociales para reducir la desigualdad, sin volver a modelos colectivistas o modelos autoritarios. Tenemos que hablar más con los jóvenes y preguntarles sus expectativas. Yo hoy tendría muchas dificultades para intentar decirle a uno de 18 años: “Mira qué interesante lo que está pasando en esta parte del planeta”.

–El mismo fenómeno Trump... 

–Él tampoco tiene raíz política. ¿Cuál es la zona políticamente positiva hoy en el liderazgo del mundo, y que sea al mismo tiempo exigente culturalmente? 

–¿Qué responde a la oposición de Trump a la globalización? 

–La tendencia hacia la globalización data de tiempos inmemoriales. Los jesuitas son los que mejor interpretaron esa necesidad del hombre por integrarse a través de sus misiones por el mundo. Macron está en contra de la gestión norteamericana de la mundialización. Pero después hay que ver con qué fuerzas reales se cuenta. Yo, cuando voté por Macron, uno de los motivos más fuertes fue el sentimiento que tenía para impulsar y fortalecer el europeísmo. Es el primer dirigente francés europeísta. Le favorece el hecho de ser muy joven...

–¿Finalmente, son positivos para la democracia estos cambios hacia la derecha? 

–No. No me parece. Pero no veo tampoco cómo se hubiera podido impedirlo. Ese es el problema.

holazar@abc.com.py

 
 

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