Soldado, jurista, humanista y prócer

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El doctor Fernando de la Mora, uno de los grandes prohombres que tuvo la República del Paraguay, fue un férreo defensor de la independencia americana y paraguaya, adalid de la libertad de sus conciudadanos e impulsor de la educación como instrumento de desarrollo nacional.

El 18 de diciembre de 1773, en un paraje entre Limpio y Luque, que actualmente forma parte de la geografía luqueña y es conocido con el nombre de Moracué, en el hogar formado por don Fernando Antonio de la Mora –capitán comandante de Caballería Ligera– y Ana del Cazal, nació una persona que, según un ilustre historiador paraguayo Justo Pastor Benítez, "es una figura que tiene el resplandor de la gloria y el martirio tardíamente reivindicado. Su biografía está inscrita en los documentos y proclamaciones emanados de su pluma, como secretario de la Junta Superior Gubernativa de 1811. resumía en su personalidad el tuétano del Paraguay, columna vertebral, nervio, huesos y carne de nuestra carne": Fernando de la Mora y del Cazal.   
  
Nacido en el seno de una familia pudiente, propietaria de una destilería de alcohol en sus posesiones entre Luque y Limpio, además de estancias en el interior del país, con importantes hatos de ganado vacuno y equino, además de numerosos esclavos.   

Industrial y abogado de sólida cultura

Sus estudios los realizó en Asunción y luego se trasladó al bonaerense Colegio de San Carlos, de donde pasó a estudiar en la célebre Universidad de Córdoba, de donde egresó como Doctor en Leyes y Teología. De solida formación intelectual, existe documentación que avala que era un buen conocedor de Derecho Constitucional norteamericano.

De regreso a Asunción, se dedicó a actividades forenses y comerciales, viajando permanentemente al Río de la Plata, transportando licores del establecimiento industrial de su familia. Por medio de estas actividades se vinculó estrechamente con familias patricias de Santa Fe y Buenos Aires.

Además de los productos de su destilería, negociaba con importantes planteles de caballos, muy apreciados en toda la región, tanto para la reproducción como para la movilidad de la gente, así como de los ejércitos coloniales.

Ilustre descendencia

El doctor Fernando de la Mora y del Cazal estuvo casado con Josefa Antonia Cohene y Aguayo Espínola y Peña. Doña Josefa era bisnieta de un industrial oriundo de Flandes, don Luis Norberto Cohene, hombre versado en química y dueño de estancias y cañaverales, ingenios y destilerías en las cercanías de Asunción, entre Luque y Limpio, como ya señalamos.

El matrimonio De la Mora y del Casal-Cohene y Aguayo Espínola y Peña tuvo varios hijos, como Ana Josefa Liberta de la Mora y Cohene, casada con Miguel de Haedo y Aguayo; Fernando de la Mora y Cohene, casado con Genara Isasi Rodas, una de cuya hija, Carmen Mora Isasi, se casó con su primo Benigno Ferreira, militar, abogado, ministro y presidente de la República. Este era hijo de Concepción Ferreira y Angel Joaquín de la Mora y Cohene, por lo tanto, también nieto del prócer.

Otros hijos del matrimonio De la Mora-Cohene fueron: Jovita Beatriz Mora Cohene, casada con Leandro Zavala y Delgadillo y, luego, con José Tomás Ramírez, y Saturnina Rosa Mora Cohene, fallecida más que centenaria en 1924.

Coherente con su modo de pensar, luego de la Independencia –hecho histórico que trajo la libertad a sus compatriotas–, el doctor De la Mora liberó a sus esclavos, quienes tomaron el apellido Mora. Hay que señalar que la libertad de vientres se decretó 30 años después, en 1842, y la abolición de la esclavitud data de 1869, 58 años después.

Fernando de la Mora y la independencia paraguaya

El doctor Fernando de la Mora fue protagonista de los hechos que derivaron en la independencia paraguaya desde los momentos iniciales de las luchas por la libertad.

Para la defensa de Buenos Aires, en agosto de 1806 se trasladó hasta allá un primer contingente (posteriormente partieron dos más) de la milicia paraguaya –un Regimiento de Voluntarios de Caballería–. Eran 534 hombres y 12 oficiales al mando del coronel Pedro de Espínola y Peña. De esta fuerza también participaron hombres que después tendrían relevante actuación en la gesta de la independencia: al mayor Fulgencio Yegros, jefe de la Segunda Compañía; los capitanes José Fernández Montiel y Cristóbal Insaurralde y los alféreces Fernando de la Mora y Gervacio Acosta, el cadete Antonio Tomás Yegros, entre otros.

Luego de la victoriosa campaña contra los ingleses en el Río de la Plata, donde tenía, como habíamos dicho, numerosas vinculaciones –comerciales, profesionales y políticas–, fue uno de los entusiastas animadores de las tertulias en las que se analizaban los hechos y noticias políticas, tanto provenientes de la metrópoli como las generadas en la capital Virreinal, en esos días sacudida por circunstancias políticas revolucionarias, que contaban con la adhesión del connotado abogado, adherente –a su vez– de las ideas políticas que iban permeando la mentalidad y las actitudes de importantes sectores de la sociedad porteña y, en menor medida, de los habitantes de las provincias interiores, entre ellas el Paraguay.

Fue, por lo tanto, uno de los entusiastas propiciadores de la emancipación política del Paraguay, un activo adherente de las reuniones conspiraticias y uno de los actores fundamentales de la gesta de mayo de 1811.

El demócrata ante el autócrata

Cuando se estableció el primer gobierno autóctono, la Junta Superior Gubernativa, el joven abogado de 38 años fue electo vocal y ejerció como secretario de la misma. Otros miembros de dicha junta fueron Fulgencio Yegros, presidente; Pedro Juan Caballero, José Gaspar Rodríguez de Francia y Francisco Javier Bogarín.

Desde un primer momento surgió una espinosa relación con su colega abogado y también integrante de la Junta Superior Gubernativa, el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, quien no toleraba que nadie discutiera sus posturas –o imposturas– y no cejó en su empeño por opacarlo y excluirlo de la junta, pues veía en él a un potencial rival en el manejo de las cosas del gobierno.

Aun así, le cupo realizar importantes misiones encargadas por la Junta Superior Gubernativa, como una expedición militar para la recuperación del fuerte Borbón, capturada por los portugueses del Brasil, la instalación del primer Cabildo, Justicia y Regimiento de la villa Concepción, etc.

Ferviente demócrata, justamente esa manera de pensar fue lo que lo enemistó con el doctor Francia, un reaccionario ultraconservador advenido al poder político del país –y no exageramos al decir que, por su actitud y su postura demostrada en el ejercicio del poder, fue un representante del reaccionarismo autocrático y monárquico en el mismo seno de la revolución independentista–.

El pensamiento político y doctrinario del doctor Fernando de la Mora es palpable en los documentos que legó a la posterioridad y cuya redacción estuvo a cargo de su puño y letra, como el bando del 6 de enero de 1812 y la instrucción para maestros de escuelas. Su consigna fue siempre "patria independiente, pueblo libre". Por otra parte, era ferviente propagandista de las ideas del filósofo Montesquieu en lo concerniente a la plena separación de los poderes del Estado y la consagración de los derechos civiles y políticos establecidos en una carta magna de profunda inspiración liberal.

Un documento trascendental

El pensamiento y el espíritu de ese pionero gobierno nacional está patente en un documento redactado por el secretario de la Junta Superior Gubernativa, doctor Fernando de la Mora, y conocido como el Bando del 6 de enero, en el que los patriotas pusieron como elemento rector de la vida ciudadana al conocimiento, por encima del nacimiento, típico de sociedades de estructuras sociales muy rígidas e inmutables.

En ese plan de gobierno, los miembros de la Junta pusieron como norte de su accionar, la instrucción pública. Algunos párrafos de aquel poco conocido documento señala un compromiso de la Junta de observar "los inmanentes y augustos Derechos del Hombre, y tranquila posesión de los naturales títulos de la Propiedad, Libertad y Seguridad, sobre cuyas firmes columnas posan y descansan los Imperios y Repúblicas de este Globo".

En el bando reconocían, además, que eran "las escuelas (...) el taller en que se forman los grandes Prelados y Magistrados, Civiles y Militares". Y que "la instrucción no solamente es adorno más, también es prenda necesaria a los que siguen la gloriosa profesión de las armas: Los jefes políticos y militares más se sostienen con la autoridad y buen uso de los conocimientos científicos que con la fuerza y poder".

(…) Bien sabéis honrados compatriotas que en este país por su localidad, falta de energía y otras causas extrínsecas, no han hecho domicilio la ilustración, ciencia y artes: La aplicación sucesiva hará más brillantes los buenos ingenios con que os ha dotado la Naturaleza para todas las que son más provechosas á la Religión y a la Patria. No penséis que nuestras miras son mezquinas, y que se han de limitar á la progresión que habéis oído. La erección de una Cátedra de Matemática, así que se nos proporcione el Profesor que la ha de regentar, despertará en muchos el anhelo de dedicarse á esta Ciencia que se fraterniza con otras más: Quisiéramos facilitar en un solo momento todos los alivios y prosperidades a que se puede extender el vigilante y paternal amor de los que como nosotros hemos sido preferidos y elevados á la cumbre de la Superior Magistratura. La hubiéramos rehusado conociendo que es una carga onerosa para nuestros hombres; pero como hemos contado, y seguramente esperamos de la fidelidad y patriotismo del Pueblo que cooperará á nuestras ideas y designios, nos abrimos con la franqueza, ingenuidad y verdad á que únicamente ofrece incienso nuestro corazón desplegado de la vil pasión que engendra el mal entendido patriotismo, el fanatismo y la ilusión".

Este pensamiento expresado en el mencionado bando era diametralmente contrario a la línea de pensamiento de otro de los miembros de la Junta, el doctor Rodríguez de Francia.

Dos toros en un corral

Dos temperamentos, dos actitudes, dos caracteres contrarios y dos maneras diferentes de pensamiento en un solo escenario –la Junta Superior Gubernativa– no podían permanecer juntos.

Los continuos roces y discusiones entre ambos repúblicos tuvieron su corolario, como consecuencia de una intriga del doctor Rodríguez de Francia contra el doctor De la Mora, con la expulsión de este del seno de la Junta Superior Gubernativa, el 18 de setiembre de 1813.

Fernando de la Mora se retiró del gobierno y se dedicó a sus actividades privadas y forenses. Cuando Rodríguez de Francia se fue adueñando del poder, haciéndose nombrar primero cónsul, luego dictador temporal y finalmente dictador perpetuo, uno de sus más acres críticos fue, precisamente, Fernando de la Mora, un adalid del pensamiento democrático y liberal de nuestro novel país.

Pasión y muerte de un tribuno

El descubrimiento de la conspiración de 1820 –real o presunta– fue el pretexto ideal del dictador para deshacerse de los molestos ex compañeros. Llevó adelante una razzia que terminó con el encarcelamiento, tortura y fusilamiento de casi todos a quienes acompañó luego de la gesta de 1811, entre ellos al doctor Fernando de la Mora, a quien encarceló y confiscó sus cuantiosos bienes.

Nunca el dictador formuló acusación alguna contra el doctor De la Mora, ni presentó pruebas contra él. Tampoco fue sometido a proceso legal alguno.

Fernando de la Mora fue una víctima del despótico gobernante, y su reclusión por 14 años en las mazmorras fue un acto arbitrario e inhumano, justamente contra alguien que en su accionar y su pensamiento siempre se mostró como un gran humanista.

Agobiado por las penalidades sufridas en prisión, el 23 de agosto de 1835 fallecía el doctor De la Mora. Aún no había cumplido los 62 años de edad. Fue sepultado en el tercer lance de la catedral asunceña.
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