Una historia increíble en el Chaco

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Luis Alberto Montalbetti e Ignacio Sanabria estuvieron cinco días extraviados en el Chaco. De día caminaban y a la noche subían a los árboles. Los mosquitos no daban respiro y un enjambre de avispas llegó a sorprenderlos. Cuando se daban por muertos, encontraron la salida.

Luis Alberto Montalbetti (42) e Ignacio Sanabria (48) vivieron una verdadera odisea en los montes que rodean a la estancia Margariño, en la zona de Ayala Velázquez, departamento de Boquerón.

El establecimiento ganadero se encuentra en las inmediaciones de la cañada La Madrid, en la zona del Pilcomayo, a unos 650 kilómetros al noroeste de Asunción.

Luis Alberto se encuentra bajo observación médica, en el hospital de Mariano Roque Alonso. Enfrenta un cuadro de deshidratación severa y una infección cuyo origen se intenta determinar.

Su rostro refleja agotamiento extremo, resultado de la falta de alimentos y agua suficiente por espacio de cinco días; a esto se suma la fatiga de interminables días caminando en un monte cerrado, sin posibilidades de tener un descanso adecuado.

Luis Alberto e Ignacio ingresaron en el monte del establecimiento Margariño en la mañana del domingo pasado. “Ignacio Sanabria es el encargado de seguridad de la estancia y me invitó a acompañarlo hasta las inmediaciones de la pista de aterrizaje porque recibió informes de la apertura de senderos. Era un ida y vuelta de 20 kilómetros en moto”, señaló Montalbetti.

El inicio de la odisea

Ambos entraron al monte, siguiendo un sendero que fue abierto sin conocimiento del personal de seguridad.

Avanzaron hasta que se cerró la picada, luego de unos 20 minutos de caminata. La moto quedó en la apertura de la senda.

Al mirar atrás ya no reconocieron el trecho que debían cubrir para llegar nuevamente hasta la moto.

“Al principio parecía divertido buscar la salida –recuerda Luis Alberto–, pero a medida que iban pasando las horas nos dimos cuenta de que no sería nada fácil encontrar el sendero”.
En la cama del hospital, recibiendo suero para rehidratarse, menciona que el monte era cerrado en extremo: “Los árboles y los arbustos eran espinosos, apenas se podía caminar.

Ignacio tenía una zapatilla como calzado. Al poco rato se destrozó y debió soportar la caminata descalzo. Su pie quedó ensangrentado a causa de las heridas”.

El primer problema que enfrentaron fue la sed. “Hacía mucho calor, era terrible dentro del monte. A medida que caminábamos la sed aumentaba. No había agua y entonces empezamos a buscar tunas para abrir sus frutos y chupar”, mencionó.

Atacados por avispas

En la noche del domingo cayó una lluvia. Allí pudieron saciar la sed y contar nuevamente con agua para un par de días, utilizando los manchones que quedaban en el monte.

Caminaban sin parar durante el día. “Apenas si tomábamos un descanso. Nuestra desesperación era terrible. Los mosquitos eran una tortura. Llegaron a convertirse en una pesadilla. No había forma de lidiar con ellos”, dijo.

En un momento dado, en forma casual tropezaron con un nido de avispas. “El enjambre nos atacó. No había dónde ocultarse. Vinieron todas encima nuestro, no teníamos forma de espantarlas. Lo único que podíamos hacer era caminar un poco más rápido”, narró Luis.

A la noche buscaban árboles que no fueran tan espinosos. Trepaban como podían y allí pasaban la noche. “Era imposible dormir de los mosquitos. No daban respiro. Debajo nuestro sentíamos el movimiento de los animales. Lo peor de todo era sentir el ronquido de los yaguaretes. Teníamos mucho miedo. Para nosotros eran momentos de terror”.

El agua de la lluvia duró poco. Un par de días y los charcos quedaron convertidos en lodazal. “Al cuarto día ya estábamos convencidos de que íbamos a morir en el monte y solo pedíamos que pudieran encontrar nuestros cuerpos”, siguió con su relato.

Contó que la noche del miércoles, cuarto día en el monte, cayó una lluvia torrencial. “Fue un verdadero diluvio, nunca tuve tanto frío en mi vida, pero por lo menos teníamos agua nuevamente”.

La lluvia impidió que el jueves partiera a la estancia Margariño un avión de la Fuerza Aérea Paraguaya con rescatistas en su búsqueda; los familiares presentaron en la noche del miércoles el pedido de auxilio.

Luis Alberto estaba seguro de que Ignacio era capaz de encontrar el sendero, pero al llegar el cuarto día decidió tomar la iniciativa. “Dábamos vueltas, no sabíamos dónde nos encontrábamos y menos cuánto habíamos caminado. Le pregunté a Ignacio dónde sale el sol en la estancia para tratar de ubicarnos”.

En la tarde del quinto día llegaron hasta una alambrada, comenzaron a seguir el trazado con aquello que queda de fuerzas. “Caminamos sin parar, a los tropezones, y así llegamos cerca de medianoche a la estancia La Gamma. Nos salvamos de puro milagro. Allí nací de nuevo”.

El viernes a la tarde, un avión de la Fuerza Aérea con rescatistas del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Paraguay llegó a Neuland para buscar a dos personas que vivieron una odisea increíble en la espesura del Chaco paraguayo.