Lo primero que nos muestra la dueña de casa son unos árboles pata de elefante –macho y hembra–, cuyo nombre científico es Beaucarnea recurvata, con sus flores amarillas. Nos sorprende el césped que se extiende debajo de las copas del yvyra pytã, las palmeras y el samu’û, hoy florecido.
Consuelo sabe mucho de flores, la conocemos por sus orquídeas y los sabios consejos que siempre comparte. En este vergel también hay cañas bravas con flores azules, bromelias rosadas y alguna orquídea nativa. Tantas variedades de plantas y flores que se observan gracias a caminos que rodean la piscina en forma de paleta de un pintor.
Las hojas que caen sirven a su vez para el mantillo de monte, abono para las numerosas especies que aquí están repartidas en 3.000 metros cuadrados.
“El arquitecto Corvelani diseñó la casa y el jardín estuvo a cargo de Galluppi, este último un español, pionero en nuestro medio”, recuerda nuestra anfitriona.
Jacintos, Cestrum nocturnum –que florece solo de noche y con mucho perfume–, iris azules, lirios amarilis y rositas muñequitas aparecen entre el verdor.
También vemos el jazmín magno, ilusión, flor de dura y rhipsalis que cuelgan de los árboles. Un pulmón en la ciudad que se mantiene con el amor que se traduce en cuidados: riego, sanitación y fertilización.
La propietaria dice que su casa se construyó hace 56 años, y hoy es un patrimonio. Un regalo para los ojos que nos recuerda a la Sociedad de Horticultura y Jardinería del Paraguay, que estas damas se esmeran en mantener con alma y vida.
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