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08 de Octubre de 2012

 

Personas inanimadas

Por Lilian Sánchez Vallejos

Los esposos Stampf-Mohachsi llegaron al país hacia 1950. Para sobrevivir en Asunción, elaboraron muñecas con la técnica de papel maché. Gracias a ese trabajo, un tendero encomendó a los artesanos reparar una “gran muñeca” traída del exterior. Los húngaros buscaron luego la manera de crear maniquíes nacionales perfeccionados. Así nació Stampf Maniquíes, la primera fábrica de maniquíes del Paraguay.

/ ABC Color

Los jóvenes inmigrantes húngaros Margareta Mohachsi de Stampf y Mihail Stampf buscaron en este continente un refugio de la Segunda Guerra Mundial. Conocían la antiquísima técnica “papel maché” de moldeado de papel para elaboración de objetos decorativos, y así creaban muñecas para vender y conseguir la manera de sobrevivir. Ya conocidos como “los muñequeros”, aunque las ganancias que dejaba este rubro eran escasas, un comerciante les pidió reparar un maniquí con la mencionada técnica. El primer contacto del objeto con los Stampf fue la fuente de inspiración que se transformó en un negocio familiar que continúa vigente, aunque innova constantemente y posee importantes y fieles clientes. Marta de Stampf, actual directiva de la firma junto a su esposo, George Stampf, relata esta historia.

Margareta y Mihail, en aquella Asunción de mediados del siglo pasado, aún dormida, comenzaron a investigar formas, materiales, moldes para que pudieran salir a la venta los primeros maniquíes de yeso y arpillera, fabricados en bloques de cemento que servían de moldes. La mejoría, tanto en técnicas de producción como en ventas, se da después de las décadas de los 60 y 70 cuando George, hijo de Margareta y Mihail, modifica el material de elaboración y se pasa a la fibra de vidrio y resina plástica, que son más ligeros y de mayor durabilidad y calidad. A partir de allí, el perfeccionamiento será constante, cuenta Marta de Stampf.

Los modelos de maniquíes son creaciones de la fábrica adaptadas a las necesidades de los clientes. Actualmente necesitan cuatro a cinco piezas desarmables, porque arman y desarman casi a diario. Diseñan cuerpos enteros de damas, caballeros, adolescentes, niños, bebés, bustos, expositores de bijou, anteojos, medias y calzados.

“Siempre tomamos de referencias las posturas y la practicidad para el cliente. Tiene que ser de fácil manejo. Se fabrican parte por parte y en moldes separados que luego se unen de acuerdo a la pose que queremos lograr para dar finalmente las características humanas”, explicó la entrevistada.

Si se requieren modificaciones, sugerencias o innovaciones extranjeras que les obligan a mejorar, está el equipo que involucra a Marta y a sus hijos Federico Stampf y Marguit Stampf, quien está encargada del departamento de arquitectura para refacciones y modificaciones de las tiendas.

Respecto a la competencia, aclara que hoy existen dos o más talleres de reparación de maniquíes que sacan los moldes de las piezas de Stampf y de otras y las ensamblan después. “Hay quien oferta, pero nosotros estamos siempre cambiando formas y elaborando maniquíes propios para que nuestros clientes tengan algo diferente”, asegura Marta.

Producción y rentabilidad

Para la fabricación de un maniquí no hay secretos, manifiesta. Las resinas vienen en forma líquida y se solidifican con catalizadores a la hora de utilizarlos. La fibra de vidrio viene en forma de manta. Los catalizadores y otros productos mezclados hacen que se obtenga el producto final. Para Marta de Stampf, “no hay secretos en esto, solo la manufactura cuidadosa que implementamos en cada maniquí que marca la diferencia”. Los materiales son importados de Brasil y EE. UU. y adquiridos de proveedores locales.

En los inicios, la fábrica asentada en Areguá empleaba a tres o cuatro personas dependiendo de los pedidos; hoy tienen diez empleados fijos, cantidad que se incrementa si la demanda así lo exige.

Llevar adelante el negocio tiene sus dificultades. Los mayores problemas que afrontan, según la respuesta de la señora de Stampf, son el capital; la falta de créditos industriales de fácil acceso, principalmente con bajos intereses; apoyo técnico, así como asesoramiento legal y jurídico. También ve como una necesidad mejorar la capacidad de movilidad y ampliar la producción con nuevas tecnologías que el país todavía no ofrece. La capacitación constante a trabajadores, ya que no se encuentran cerca de las entidades del gobierno que se encargan de ese tipo de apoyo.

La fábrica saca al mes un promedio de 30 unidades de maniquíes, lo que no es rentable. Debería producirse desde 100 unidades para obtener ganancias básicas, pero por las condiciones citadas y sin mucho capital hacen lo que está al alcance. También ocurre el caso de que las marcas representadas por empresarios locales les exigen que compren los maniquíes del exterior.

Todavía no pueden pensar en exportación. Insiste que sin capital ni apoyo técnico eso no es posible. Un maniquí exportable debe reunir exigencias como, volumen y peso exacto, cantidades superiores a las que se pueden realizar en este momento, terminaciones idénticas, documentación distinta a la que se emplea para la comercialización interna del producto, embalajes, normas de seguridad y de control ambiental internacionales.

“Las ventas son directas, de fábrica al consumidor. Lo hacemos todos nosotros en familia; contamos también con un local de atención al cliente en Asunción (Austria 1844) y las redes sociales que brindan un buen soporte para las ventas que hoy día nos permiten llegar a clientes de todo el país”, finaliza.

Evolución

g El primer maniquí creado por la familia Stampf fue de yeso y arpillera en la década de 1950
g A partir de los años 70 comienzan a utilizar la fibra de vidrio y resina plástica
g Hoy se adaptan a las necesidades del cliente realizando maniquíes de cuatro a cinco piezas desmontables
g Diseños de mujeres, hombres, adolescentes, niños, bebés, cabezas, manos, pies.

Dificultades

g Falta de créditos industriales de fácil acceso
g Nuevas tecnologías que el país aún no ofrece
g Capacitación constante.

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