19 de Enero de 2018 18:37

 

La evolución del héroe de acción

Por Kike Sosa

Con el paso de las décadas, el arquetipo del héroe de cine de acción fue mutando, desde el elegante superespía hasta los justicieros urbanos, los superhombres y el hombre común en circunstancias extraordinarias.

Si bien “acción” en el cine, en lo que se refiere a filmes con secuencias de conflictos resueltos con violencia, es un término demasiado amplio que puede referirse tanto a Duro de Matar como a El Señor de los Anillos o Star Wars, cuando uno se plantea ver una “película de acción” tiene en mente un tipo muy particular de filme, generalmente uno ambientado en el mundo real y contemporáneo (o al menos en el pasado relativamente reciente, al menos ambientado en el período de la historia humana en que las armas de fuego se volvieron dominantes).

En el cine de acción seguimos por lo general a un vengador solitario, un ejército de un solo hombre (y es que la vasta mayoría de los protagonistas de este tipo del filmes son hombres, con algunas excepciones muy notables, principalmente en los años recientes) que utiliza sus habilidades superiores para abrirse paso entre un montón de carne de cañón anónima para detener a un terrorista, vengar la muerte de algún familiar o simplemente hacer justicia cuando la ley no puede o no existe.

Pero como toda expresión de arte, el cine de acción y sus héroes han cambiado de formas interesantes a lo largo de las décadas.

En los '60, cuando el cine de acción comenzó a tomar forma propia como género – en vez de ser simplemente un aspecto del cine de guerra o los dramas históricos – vimos al primer super héroe de acción de alcance mundial. Con su distinción británica, suavidad y elegancia, instintos asesinos fríos y licenciados, James Bond se convirtió en el primer gran arquetipo del héroe de acción, con sus frases icónicas (“Bond, James Bond”, etcétera),

Bond, por supuesto, sería una constante por tiempo indefinido – todavía estamos esperando por “Bond 25” - aunque ni siquiera el 007 sería inmune a los cambios de paradigma en el cine, con incursiones en la ciencia ficción en Moonraker tras el éxito de Star Wars o cambiando totalmente a una versión más “realista” del personaje en la era Daniel Craig siguiendo el éxito de thrillers más modernos de espionaje como la saga Bourne.

En los '70, el cine estadounidense de acción respondió con una seguidilla de héroes urbanos, evoluciones de los duros detectives privados de décadas atrás, convertidos en avatares de la justicia a puro plomo. Steve McQueen o Clint Eastwood no recorrían el mundo peleando con supervillanos en guaridas volcánicas; salvar el mundo era una idea ridícula para estos samuráis de calle y pistola, cowboys que montaban automóviles. Era la era del renegado que no seguía las reglas, o en una versión más extrema el Charles Bronson, el civil que decidía convertirse en juez y verdugo.

Esta fue también la década en que los filmes de artes marciales de Hong Kong comenzaron a ganar tracción en Occidente, trayendo nombres como Bruce Lee o Jackie Chan a la notoriedad.

Las complicaciones morales y logísticas de la guerra perdida en Vietnam parecieron alentar al cine norteamericano de acción a recurrir a otro tipo de fantasía: semidioses ultramasculinos de físicos imposiblemente musculosos, metiéndose en la selva con pintura de camuflaje en la cara y ametralladoras gigantescas para recuperar el honor de Estados Unidos, perdido en el conflicto asiático como el mítico estandarte de la Novena Legión romana.

John Rambo literalmente volvió a Vietnam para rescatar prisioneros de guerra, Schwarzenegger se las vio no una sino dos veces con guerrilleros latinoamericanos, en Comando y luego en Depredador, donde ese enemigo incidental de la Guerra Fría daba lugar a otro tipo de “alienígena” más inescrutable y peligroso, que literalmente podía desaparecer en la jungla pero que igual podía ser derrotado con suficiente ingenio y perseverancia (y una montaña de músculos austriacos).

Hacia finales de esa década, otro cambio crucial: la consagración del hombre común como héroe de acción, con su santo patrono John McClane en Duro de Matar. McClane, interpretado por Bruce Willis, es un policía, por lo que se entiende que sepa defenderse, pero en ningún momento es presentado como el extraordinario ejército de un solo hombre clásico del género: es de estatura promedio a diferencia de Harry el Sucio, está en buena forma pero no tiene la definición muscular de un superhéroe de cómics como Stallone o Schwarzenegger. Está tratando de salvar su matrimonio y viajó al otro lado del país para eso, por lo que está fuera de su elemento, cansado y perdido cuando terroristas toman el edificio Nakamura de Los Ángeles y él logra evitar convertirse en rehén.

John McClane es el héroe que nunca parece estar por encima de las circunstancias, pero que de alguna manera logra imponerse a un grupo de criminales mejor armados que además cuentan con la ventaja de los números y la preparación. El paradigma había vuelto a cambiar, y aunque los Stallones, Van Dammes y Schwarzenegger seguirían gozando de carreras saludables, el cine de acción le pertenecía a McClane, a Riggs y Murtaugh de Arma Mortal y a sus múltiples imitadores.

El próximo gran cambio del cine de acción no llegaría hasta 1999, cuando Matrix llegó con sus revolucionarios efectos especiales y su narrativa de ciencia ficción en que la realidad misma era una expresión de la opresión de figuras invisibles, una realidad que podía ser manipulada a voluntad si uno alcanzaba el nivel de iluminación necesario para ver y entender la Verdad. Repentinamente todos querían parecerse, al menos en lo visual, a Neo y Trinity, y llegó una era de héroes y heroínas en largos abrigos oscuros, lentes de sol (aunque sea de noche) y un gran manejo de las artes marciales acompañado de fuerza sobrehumana y una enemistad jurada contra el Sistema.

En la siguiente década, con los imitadores de Matrix, la “humanización” del cine de espías tras el 11 de setiembre y el surgimiento titánico del cine de superhéroes moderno, el cine de acción no tuvo una figura icónica específica en la primera década del Silglo XXI; había nuevos íconos como Jason Statham y su implacable Transportador, pero nada inmensamente dominante que engendre imitaciones por doquier.

Al menos hasta 2009, cuando un nuevo tipo de héroe de acción surgió de sorpresa: Bryan Mills, el padre protector que por casualidad era un agente secreto que Liam Neeson interpretó en la primera Búsqueda Implacable. Mills es la fantasía del papá americano que sabe lo que es mejor para su hija, quien quizá no habría sido secuestrada por traficantes de personas en París si tan solo hubiera hecho caso a las advertencias de su papá antes de viajar a Europa.

Con la habilidad de dar una paliza a cualquier jovencito a pesar de sus años, y la inteligencia para saber exactamente cuántas horas tiene antes de que el rastro de su hija se desvanezca, el Bryan Mills de Neeson se había vuelto el nuevo superhombre, y el veterano actor se convirtió no solo en un ícono de acción, sino en el nuevo ejemplo que otros actores entrados en años comenzarían a seguir: desde entonces hemos visto a gente como Sean Penn o Michael Caine probar suerte con el cine de acción, y el regreso al ruedo de gente como Keanu Reeves con las excelentes películas John Wick.

 
 

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