13 de Junio de 2017 08:07

 

Entre el exilio y la gloria

Por Héctor Fretes

Sus vivencias de la niñez, su paso por el ejército, el infortunio del exilio y la gloria del reconocimiento, marcaron la vida de Augusto Roa Bastos, el escritor más importante de nuestra historia. Aquí recordamos algunos momentos cumbres.

Con solo 13 años publica su primera obra enfocada al teatro con ayuda de su mamá, dando muestras palpables de que en las letras estaba el futuro del pequeño Augusto en los primeros años de la década del 30.

Los negros nubarrones de la guerra se posarían nuevamente sobre nuestro país, tras la debacle de la Guerra Grande, la edad no fue impedimento para que Roa Bastos acuda a la defensa territorial, aunque no empuño armas según los historiadores, mas bien se enfocó en labores humanitarias, la experiencia de la contienda también aportó inspiración para su legado literario.

Con la paz firmada en papeles, Roa afianzó su pluma explorando todos los géneros posibles, mucho ayudó su acercamiento a los referentes culturales de la década del 40. Sus dotes con lo llevaron a cubrir la parte final de la Segunda Guerra Mundial por la reconocida BBC de Londres, Roa fue testigo del final de la Alemania nazi.

A su retorno nuestro país, la convulsión política lo llevaría al largo y penoso exilio de 30 años, debido a su aguda crítica a las injusticias a la explotación de los trabajadores y los abusos del poder político de turno.

Sufriendo la lejanía, pero con su tierra siempre en mente, Roa Bastos echa a rodar su maquinaria interpretativa, reflejando en su obra, parte de nuestra historia y nuestra realidad, entremezclándolas por momentos. Buenos Aires vio el nacimiento de sus obras más representativas como Yo el Supremo e Hijo de Hombre, títulos que lo llevaron al reconocimiento dentro de la literatura latinoamericana.

Al reconocimiento le sobrevino la persecución, puesto a que para los gobiernos autoritarios, todo atisbo de cultura e ilustración que pudiera estar al alcance del pueblo, era mal visto por los sistemas dictatoriales que en base a la dominación y la supresión de las garantías constitucionales basaba su modelo de gestión.

Los régimenes autoritarios comenzaron a extenderse por nuestra América, en Paraguay desde la década del 50 y en Argentina a mediados del 70 con el nefasto Proceso de Reorganización Nacional, que empujaría a nuestro protagonista a un nuevo exilio y la prohibición de Yo el Supremo en el país vecino.

Para aquel entonces, recibir a una figura como Roa Bastos podría considerarse como un privilegio reiterando una vez más el axioma de que nadie es profeta en su tierra. Francia lo supo acoger para que de a conocer su vida y obra, como también enseñar los aspectos de la cultura guaraní.

No obstante, en la cabeza de Roa Bastos ningún elogio era comparable con el privilegio de pisar la tierra colorada que lo vio nacer, es así que en pleno estronismo en la década del 80 emprende un nuevo regreso al Paraguay. Pero la dictadura que se resistía a ceder lo devuelve con una cruel deportación a Clorinda, imagen que quedaría inmortalizada en la cámara de Jesús Ruíz Nestosa, que lo refleja en la soledad de un frío paso fronterizo, con el infortunio de no poder regresar... aún.

En 1989 sucedieron dos hechos fundamentales en la vida de Roa Bastos y del Paraguay, primero la caída del régimen de Alfredo Stroessner, significando el fin de su exilio y la gloria traducida en el premio más importante que pueda entregarse a un escritor de habla hispana: El Premio Cervantes, gracias a Yo el Supremo.

El galardón lo recibiría al año siguiente de manos del Rey Juan Carlos de España, como rubrica a una vida consagrada y comprometida con sus ideales a los que nunca renunció a pesar de los golpes del exilio. A esta distinción se sumarían otros 15 tanto nacionales como internacionales a lo largo de su recorrido literario.

El monarca español fue tan solo una de las personalidades políticas que conoció Roa Bastos a lo largo de su vida, entrevistó al mismísimo general Charles de Gaulle, compartió momentos con autoridades de la talla de Jacques Chirac y Fidel Castro. En lo que respecta a los vínculos con figuras del arte, se puede destacar su amistad con el escritor argentino Ernesto Sábato, el portugués José Saramago, Elvio Romero, Josefina Pla, Heríb Campos Cervera, y muchos otras.

Su retorno definitivo se daría recién a mediados de los 90. Continuó escribiendo y compartiendo su sabiduría con los más jóvenes, hasta que la muerte lo sorprende tras una caída en su domicilio y lo catapulta a la eternidad.

 

 
 

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