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23 de Enero de 2019 12:17

 

La profetisa del Cerro Verde

Por Juan Carlos Dos Santos G.

Los ejemplares de periódicos impresos que se encuentran en la Biblioteca Nacional en Asunción contienen historias de personas o hechos que inexorablemente el tiempo diluye físicamente y que también pueden desaparecer de la memoria popular. 

Una de estas historias que hallamos mientras hurgábamos en las noticias de 1930 cuenta la extraña aparición de una joven predicadora que logró reunir a tanta gente en la falda del Cerro Verde en Sapucái, como en las peregrinaciones de Caacupé. 

Augusto Roa Bastos, en una de sus más importantes obras literarias, menciona este extraño suceso de gran repercusión nacional, haciendo referencia a la publicación de un diario de la época.

Una misteriosa mujer 

“La silueta de la mujer se va diluyendo en la puesta de sol. Cuando cae la noche desaparece, no se sabe cómo ni por dónde. Debe haber alguna grieta o caverna desconocida en lo hondo del cerro”. 

El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos presenta en el Capítulo VII de su obra Hijo de Hombre a una joven y misteriosa mujer que desapareció tan fugazmente como apareció en los primeros meses de 1930, luego de predicar ante miles y miles de personas durante 90 días en la falda del Cerro Verde, Sapucái. 

En las primeras líneas del mencionado capítulo, el escritor hace mención a una publicación de la época, donde el periodista trata en vano de entrevistar a la joven, a quien la multitud, que llega de todas partes del país, ha bautizado como “La Profetisa de Cerro Verde” mientras otros la llamaban la “Señorita Santa” o “La Cuñataí del Cerro Verde”

Regresando de la muerte 

La protagonista de esta singular historia, María Epifania Britos, había nacido en Ybytymi en abril de 1909 y muy pequeña se trasladó con toda la familia a Sapucái, donde estudió apenas hasta el segundo grado en la escuela del pueblo. 

La historia de Epifania pasaría desapercibida de no ser por una extraña enfermedad que la estaba por llevar a la tumba en los días cercanos a la Navidad de 1929 y cuya milagrosa curación generó los cambios que la llevaron a predicar sobre diferentes aspectos de la vida y hasta a profetizar sobre el futuro del país y la humanidad misma. 

Ya postrada y agonizando, sus familiares agotaron las esperanzas con los tratamientos caseros, -en Sapucái de esos tiempos no había médicos ni la familia tenía los recursos como para traerlos de otros lugares-, cuando la aparición de un curandero y un espiritista del pueblo, que pusieron en práctica toda la sapiencia de la “medicina barata”, salvó la vida de la joven. 

Del difícil trance, Epifania solo recordaba su encuentro con el Espíritu Santo, quien le otorgó el don de poder transmitir un mensaje profético y otras enseñanzas a la humanidad.

Cuentan sus propios familiares y conocidos que no lograban entender qué pudo haber generado tamaño cambio en una mujer que apenas había concluido el segundo grado y que de un momento a otro pasó a convertirse en toda una persona ilustrada y con gran capacidad para la oratoria. 

Hurgando en la historia

Motivados por conocer qué tanto se preserva la historia de la profetisa de Cerro Verde, nos trasladamos hasta el lugar donde hace exactamente 89 años la gente dejaba de lado su preocupación por una guerra que se avecinaba y se ponía a disposición de la joven profetisa, quien durante tres meses, realizó sus prédicas de contenido moral y religioso, instruyendo al público con relatos en forma de parábolas y dejando un mensaje, a veces sombrío y otras veces esperanzador para el futuro. 

Tras dejar la ruta que une Paraguarí con Villarrica, nos adentramos casi 10 kilómetros en una calle perfectamente empedrada y casualmente llegamos hasta la casa de don Antolín Gaete, quien junto a su esposa De los Santa, son antiguos pobladores de la compañía que lleva el nombre del cerro.

Don Antolín barría tranquilamente su patio ya cerca del mediodía y era la única persona a quien vimos en todo el trayecto de la calle empedrada que a la derecha tiene una vista de las colinas y los cerros de la zona y al lado izquierdo solo se aprecia una densa vegetación. 

Él y su esposa nos demuestran que el Paraguay que a todos cautiva sigue vigente y tras saludarnos como si nos conociéramos de toda la vida, va hasta el fondo de la casa, trae dos sillas y su equipo de tereré para luego sentarnos bajo la sombra de un frondoso mango a charlar sobre la vida de una joven que en su momento causó furor en una sociedad muy apegada a las costumbres y las creencias religiosas.

No tarda su esposa en acoplarse a la charla desde la cocina, interesada en el tema que nos llevó hasta la zona y momentos después ya aparecen Blanca, hija del matrimonio, acompañada de su esposo, para agregar más detalles a la charla sobre la vida de la profetisa. 

Un testigo privilegiado

De los Santa y Antolín, de 73 y 77 años respectivamente, conocen de buena fuente la historia de María Epifania, aunque ellos no habían nacido aún en aquellos días de la prédica junto al Cerro Verde. 

Juan Bautista Bogado, padre de ella, les había contado que él mismo formó parte de la gran cantidad de seguidores que llegaban de diferentes rincones del país y de poblados vecinos de la Argentina a escuchar las prédicas y las profecías de María Epifania e incluso, cuenta Antolín, que su suegro recibió curación de manos de la profetisa y nunca más sufrió de aquellos extraños e intensos dolores en la cabeza. 

La crónica periodística de la época da cuenta que la salvación de María Epifania se produjo de manera milagrosa, ya cuando ella estaba a punto de morir en la Navidad de 1929.

Sin embargo, don Antolín afirma que el milagro del curandero y el espiritista se produjo luego de varias horas del fallecimiento de la joven, mientras ésta ya estaba siendo velada sobre una mesa, siempre basándose en el relato de su suegro, que en aquel entonces era unos años menor a quien luego sería conocida como la profetisa de Cerro Verde.

Tras despertar súbitamente, María Epifania comenzó a hablar de su experiencia, de la misión que le fue encomendada y que comenzaría a cumplir días después, el 1 de enero de 1930 durante 90 días, dos horas luego del amanecer y dos horas antes del atardecer, todos los días, salvo los domingos, en la falda del Cerro Verde. 

Entre las prédicas de la joven, la gente podía oír condenas a los juegos de azar, la portación de armas, la infidelidad, el consumo de alcohol o el amancebado pero también realizaba profecías que, según ella, le fueron entregadas por el Espíritu Santo para ser transmitidas a la humanidad. 

De la prédica a las profecías 

En el artículo escrito por un periodista que fue al lugar, tras las insistentes versiones que llegaban a Asunción, aparecen algunas preguntas que vienen al caso. ¿De dónde viene esta imaginación asombrosa y esta verba inagotable y como irá a terminar toda esta historia?

Quienes pudieron dar testimonio de las prédicas cuentan que ella hablaba sin realizar pausas ni cansarse o sudar, e incluso sin moverse durante esas dos horas, algo muy extraño para el intenso calor de enero. 

Algunas profecías llamaron la atención de quienes la escuchaban día tras día en la multitudinaria romería a los pies del cerro.

En una de ellas advirtió que se avecinaba una pavorosa guerra con Bolivia, que además arrastraría a varios países del continente y poco tiempo después Europa sufriría el ensañamiento de los hombres contra sus propios semejantes, lo que llevaría al Viejo Mundo a revolcarse en una especie de "tea incendiaria" y solo sería sofocada con el “Viento del Sud”. 

La profetisa del Cerro Verde tampoco pudo escapar al influjo del año 2000 y ubicó en ese año al cataclismo que pondría fin a todo. 

Nos cuenta don Antolín que poco tiempo después de concluir las prédicas, toda la familia Britos se trasladó hacia Encarnación y con el tiempo pasaron a Posadas para nunca más tener noticias de ellos. 

Perdura su recuerdo

Más allá de la fe de la gente que acudía a sus prédicas, la creencia en su capacidad de sanar o de la interpretación de sus profecías, la historia de María Epifania Britos, la profetisa del Cerro Verde, afortunadamente se ha mantenido durante varias generaciones entre quienes viven en la zona de Sapucái y la crónica periodística ha sido rescatada tanto por la Biblioteca Nacional como por el célebre escritor paraguayo en su obra Hijo de Hombre

Y como bien lo dijo don Antolín, "me alegra saber que al menos hay algún lugar donde se pueda recurrir para conocer la historia de esta misteriosa muchacha".

El material que mantuvo informado a la población, prácticamente día tras día, de este suceso de gran connotación en 1930, corresponde a la edición de los meses enero, febrero y marzo del mencionado año del periódico El Diario, un desaparecido medio fundado en los primeros años del siglo XX por Adolfo Riquelme.

 
 

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