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29 de Junio de 2018 13:41

 

El negocio de hacer reír

Por Juan Cálcena Ramírez

Al pasar los años, la animación de los eventos infantiles obliga a un conocimiento detallado de un público difícil. Un veterano payaso y una joven animadora narran sus historias de trabajo y supervivencia en este mundo donde solo hay una meta: hacer reír.

A José Rolón, el bicho de ser payaso le picó tarde. Tenía 42 años en 1995 cuando Francisco Melgarejo, su compañero de banda en el Grupo Show Alegría, le preguntó:

— ¿No te animás a ser payaso?

— No hay problema, respondió.

Hoy, José Rolón tiene 66 años y unas gafas con gruesos lentes —culo de botella, le dirían los menos refinados— y hace 23 que vive con su alter ego, una identidad que solo asume cuando se lo contrata: el payaso Trompita.

“Yo, en mi vida particular, contaba chistes entre mis amigos, con buena onda. Por eso mismo el señor Melgarejo me dijo que tenía pasta para ser payaso. Empecé cuando mi vecino tenía el cumpleaños de su hijo y quería hacerle una fiesta y yo le dije: ‘te voy a hacer el show de payaso, gratis nomás, para ensayar’. Y mi compadre me prestó un feroz saco que tenía cuadros. Me pinté y empecé a hacer el show de payaso en la calle. La gente me dijo 'espectacular' y me animé y empecé con todo”. Así narra don José Rolón esta mutación que le permitió criar, junto con su esposa Cirila Zoilán, a cinco hijos, hoy todos adultos.

El tiempo pudo haber pasado, pero don José se resiste a cambiar su repertorio. ¿Cambió en algo la infancia en todos estos años? ¿Vino la tecnología y alteró el proceso natural de crecimiento de los niños? ¿Eran otras las formas de entretener a los más pequeños en 1995 en relación con el 2018? No. No. Y no.

“Opto por la música infantil tradicional. Cambiar no les gusta a los niños. Todas esas músicas que conocen los chicos. Cuando uno cambia no vibran los niños”.

Y las músicas que nunca pasan de moda son El payaso Plin Plin, al que se le pinchó la nariz; El tren de chocolate, el que viene cargado con pastel de cacahuate; Pinocho, el que llegó al Hospital de los Muñecos malherido, o la prolífica La gallina turuleca, la que puso nueve huevos.

Don José Rolón dice, con un dejo de duda, que de ser payaso se puede vivir. Que sus cuentas de la casa las paga con su trabajo de animación. Pero también la subsistencia debe ser reforzada, porque cuando no hay actuaciones la necesidad aprieta. Y es aquí en donde revela su trabajo alternativo, el que no lo vive como Trompita sino como José Rolón, de 66 años, el vendedor de rifas del Mercado de San Lorenzo, la ciudad donde vive. La venta se hace todas las mañanas y el sorteo, a las dos de la tarde. Y desde el mercado surgen más clientes para contratar el show de Trompita.

“Tenía una casita de madera. Todo conseguí con mi trabajo como músico y payaso y el trabajo en el Mercado de San Lorenzo. Del mercado también salen clientes, ellos me recomiendan. A ellos les tengo que agradecer mucho (…) Sinceramente, hay meses en los que hacemos 10 a 15 shows y hay meses en los que hacemos ocho. Ahora, por ejemplo, es poco lo que se hace, no sé qué pasó”. 

Rolón, yaguaronino de nacimiento, empezó su vida laboral como pintor de obras y hoy se pinta la cara para trabajar. Orgulloso, dice que prepara su propio maquillaje con óxido de zinc y una fórmula que solo él conoce. También se jacta de que una de sus hijas tuvo la suerte de viajar mucho por cuestiones laborales y en uno de esos viajes le compró unos zapatos gigantes de payaso. Su esposa, doña Cirila, es quien le confecciona sus atuendos.

Los zapatos de payaso de "Trompita". (Foto: Juan Cálcena, ABC Color). 

 

“Actúa conmigo mi hijo José Manuel. En la familia todos nos ayudamos. Antes, al empezar, tenía paquitas. Eran niñas a las que se les ponía polleritas, chaquetitas, botitas. Después de las paquitas tenía payasitos. Después, los payasitos y las paquitas crecieron todos, son señoritas, señoras ya. Ahora ya no tengo más, es difícil de encontrar. Es difícil encontrar criaturas que tengan pasta de payaso”.

Don José también recuerda que este negocio de hacer reír casi lo mató. “En la primera actuación hice el juego de las sillas y yo creí que yo como payaso, cuando los chicos estaban dando la vuelta, tenía que correr también con ellos. Mi corazón casi estalló”. Rolón ríe a carcajadas.

Al final, don José se pone serio. Para él, la clave de este negocio es ser responsable. “Hay que tener responsabilidad con la gente. Yo, por ejemplo, tengo responsabilidad en el sentido de lo que vas a hacer nomás tenés que comprometerte con la gente. Yo antes tenía un vehículo viejito y muchas veces tenía problemas por el camino, y yo tenía que llegar, tenía que pagar un taxi y llegar a hora. Capaz ese día no ganaba dinero, pero mi compromiso quedaba intacto. Y con la seriedad que uno trabaja uno tiene que decir lo que uno hace nomás”.

¿Y el público? Exigente, sin dudas. Cuanto más tosco es, más payaso tiene que ser uno. Esa es la fórmula de Trompita. “Hay partes a los que uno va y tenés que tener pasta de payaso. Decís: ‘Hola, chicos’ y ni uno te habla. Y ahí hay que ser payaso. Tenés que ver hacia dónde vas a entrar para levantar. Busco la forma. El del payaso no es un libreto preparado. Es algo que sale de forma instantánea. Tenés que buscar dentro del ambiente para mover a los chicos. Y terminamos con un show espectacular”.

**

En los estantes de Soledad López, de 28 años, hay unas enormes cabezas de muñecos de diferentes personajes. A diferencia de Trompita, ella se dedica a la animación con temáticas distintas. Tiene trajes de superhéroes, princesas, príncipes, animales. Todo lo que uno podría imaginarse. Sol, como le gusta que se la llame, se identifica como una persona alegre que desde el colegio ya animaba diferentes eventos.

La joven menciona que comenzó como payasita con unos payasos uruguayos, pero vio un nicho sin explotar en el sector de la animación y la temática de personajes. Aprovechó sus ahorros y se independizó. Hoy, vive de esto. Tiene a su disposición unos 100 muñecos y, aunque cuenta que las contrataciones como payasos ya casi no se hacen, hay algunos padres que sí se lo piden. Es entonces cuando desempolva su traje importado desde Brasil y vuelve a sus raíces.

Uno de los estantes de la casa de Soledad López. (Foto: Kiara Coronel, ABC Color). 

 

Si Sol, cuyo espectáculo se llama “Sol y alegría”, no tiene el pedido concreto hecho por el cliente, lo cumple. Transforma los muñecos en distintos personajes. Expone que ya prácticamente nadie quiere a Barney, el dinosaurio. Al parecer, ya no vive en nuestra mente —como dice su canción— pero sigue siendo realmente sorprendente cuando algunos padres retro se lo piden. “Barney y sus amigos, por ejemplo, se quedaron hace años ya. Fuimos casi los primeros en trabajar con ellos, pero aún hay gente que pide. Los adultos piden, y cuando los niños cuando le ven a Barney, es un suceso todavía”, precisa.

Y cuando sus clientes piden otros personajes, ella cumple. A Barney le transforma en un dinosaurio “convencional”, que sí es más requerido. A los Power Rangers les puso unas ruedas, les cambió las telas y las cabezas y los convirtió en los personajes de Transformers. A Robbie Rotten, el malvado personaje de Lazy Town, le levantó las cejas y lo convirtió en un príncipe.

Sol comenzó con este negocio hace 12 años y confiesa que puede vivir de él. Tiene agendados eventos hasta diciembre e inclusive uno para febrero del año que viene. Los personajes que más piden los padres y sus hijos son Peppa Pig, la princesa Elsa de Frozen y Masha y el oso. Aunque algún papá clásico aparece y, como Barney, pide por Los Pitufos.

Como Trompita, la animadora también ofrece servicios adicionales como globo loco. Pero a las caritas pintadas le suma, dependiendo de la capacidad de pago del cliente, el moderno servicio de spa de niñas, peinados especiales, regalos y recibidores. “Tengo 16 ayudantes a disposición entre 14 y 18 años. Prácticamente vivo de esto”. Ella coincide con don José Rolón en el sentido de que es difícil encontrar personas responsables, especialmente jóvenes, en este negocio.

“Este trabajo es ser perseverante. Trabajamos con seña; sin seña no nos movemos. Los clientes así están seguros y nosotros ya tenemos la fecha agendada”, pormenoriza.

La responsabilidad y el boca en boca son las claves del éxito de las animaciones infantiles, dice Sol, que destaca su cariño hacia los niños como una de sus cualidades más destacables. “Me meto mucho en lo que es mi trabajo de animación. Eso se ve reflejado en lo que es la aceptación del trabajo por parte de los niños y adultos. Hay gente que llama, pregunta, hago mi trabajo con cariño y eso se refleja, tiene sus frutos”.

Aparte de animar a los jóvenes a emprender y animarse a trabajar en lo que les gusta, Sol puntualiza que para este tipo de trabajos es necesario mucho cariño hacia los niños. “Lo que percibo es que los niños siguen siendo inocentes. En el show, que dura unos 40 minutos, logro que los niños dejen el globo loco, el futbolito. Atraigo a los niños”, sostiene.

Y, para cerrar, cuenta una anécdota: fue a animar una fiesta de cumpleaños vestida de Luna, de Soy Luna, de Disney. La niña, de 4 años, realmente creyó que se trataba del personaje de televisión y no se apartó de su lado durante todo el cumpleaños. Hace poco, recuerda Soledad, la niña se internó y se rehusaba a comer. Dijo que solo lo haría si Luna se lo pedía. Así, su mamá tuvo que llamarla y Luna —Soledad— le dijo a la niña que se alimente. La nena así lo hizo y pudo recuperase pronto. Esas cosas —cierra Sol— no tienen precio.

 

 
 

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