«Aunque no fuera amado»

La admiración y el respeto, hoy prácticamente universales, por Pier Paolo Pasolini son póstumos. En vida, las cosas fueron para él muy diferentes.

Roma, 22 de septiembre de 1962. Pier Paolo Pasolini fotografiado en medio de un violento enfrentamiento con un joven fascista frente al cine Quattro Fontane, tras la proyección de "Mamma Roma".
Roma, 22 de septiembre de 1962. Pier Paolo Pasolini fotografiado en medio de un violento enfrentamiento con un joven fascista frente al cine Quattro Fontane, tras la proyección de "Mamma Roma".

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Un’anima in me, che non era solo mia,

una piccola anima in quel mondo sconfinato,

cresceva, nutrita dall’allegria

di chi amava, anche se non riamato

Pier Paolo Pasolini («Il pianto della scavatrice», de Le ceneri di Gramsci, 1957).

La gente suele compartir en las redes sociales la fotografía principal que ilustra hoy esta página con el comentario: «Pier Paolo Pasolini golpea a un joven fascista», aunque Pasolini no se parece en absoluto al Pasolini de la foto, ese matón crispado que aprieta los dientes rechinantes, en alto el ridículo, apretado puñito; más bien se diría que ese desagradable desconocido tiene que ser el joven fascista, y que el cineasta es aquel a quien está a punto de golpear –esa figura que casi nos da la espalda, de la que apenas vemos el perfil y el brazo que extiende para defenderse del inminente golpe, y cuyos altos pómulos sí recuerdan tanto las facciones de Pasolini que parecería que, de volverse hacia nosotros, lo reconoceríamos de inmediato. De hecho, al día siguiente –el 23 de septiembre de 1962– esa fotografía apareció en el periódico Lo Specchio con un titular jocoso –pueden verlo también reproducido en esta página– que simpatizaba abiertamente con el joven fascista y que aprovechaba lo confuso de la imagen, lo irreconocible que está Pasolini en ella, para presentar al poeta y cineasta como el golpeado y no como el golpeador: «Hanno applaudito Mamma Roma sulla faccia del regista». «Aplaudieron Mamma Roma en la cara del director».

En ese entonces, al igual que lo hace ahora, esa foto dio a muchos la oportunidad de expresar su admiración por la violencia física –tan típicamente fascista, por cierto– encarnada inicialmente –pues la iniciativa fue suya, mientras que Pasolini solo le devolvió el golpe– por aquel frenético joven de ultraderecha que se había acercado a Pasolini para insultarlo y golpearlo la noche del 22 de septiembre de 1962, después de terminar la proyección de Mamma Roma en el cine Quattro Fontane.

Pasolini, in nome della gioventù nazionale, ti dico che fai schifo!

«¡Pasolini, en nombre de la juventud nacional, te digo que apestas!», fue el grito del joven, tras el cual abofeteó a Pasolini, que «no se dejó intimidar por la bravuconería del joven y le devolvió, con intereses, su ración de bofetadas», informaba el diario Il Messaggero del 23 de septiembre de 1962. «Los dos cayeron al suelo y continuaron peleando hasta que los presentes intervinieron y los separaron».

Otros testimonios y notas de prensa de ese año coinciden con Il Messaggero en que Pasolini le devolvió al joven el golpe con intereses, reacción bastante comprensible. ¿Pero por qué aquel joven lo golpeó? ¿Por qué alguien golpea a un cineasta después de la proyección de una película suya, cuando lo habitual en ese momento es acercarse a felicitarlo o pedirle autógrafos, y, sobre todo, por qué la prensa, o al menos buena parte de la prensa –el titular de Lo Specchio es solo un ejemplo–, no solo no condena al agresor sino que lo celebra, y además lo celebra sin recato? ¿Tan huérfano estaba de simpatías el artista así, públicamente, agredido, tan rodeado de recelos y de rechazo?

Mamma Roma se había presentado en agosto en el Festival de Cine de Venecia, ciudad cuyo jefe de Carabinieri la había denunciado ante el fiscal por supuestos «delitos contra la moral pública» (lo que él consideraba lenguaje ofensivo y contenidos obscenos). La denuncia no prosperó, pero puede darnos alguna idea del tenso clima que, al parecer, rodeaba a Pasolini en su tierra natal.

La admiración y el respeto por Pasolini hoy son prácticamente universales. A tal punto, que lo ensalzan por igual –detalle significativo en su caso, ya que suele considerárselo un autor muy «político»– la izquierda y la derecha, ya como un intelectual comprometido y un genuino vocero de la clase obrera, ya como un esteta «políticamente incorrecto» y un gurú del trash, y siempre, por supuesto –aquí hay consenso–, como un gay antisistema, o sea, lo más cool que existe.

En vida, sin embargo, el pobre Pasolini, que gusta hoy a todos, a todos disgustaba, y si hoy se lo disputan derechistas e izquierdistas, fue incómodo para unos y otros mientras vivió. Hasta los altos dirigentes del Partido Comunista Italiano, al que se había adherido, le dieron la espalda –los primeros– cuando comenzó la interminable y humillante serie de procesos que lo atormentaría toda su vida, con una investigación policial por «rumores» (sí, toda una investigación porque, se declaró, había rumoresnunca confirmados, dicho sea de paso–) de «corrupción de menores» por parte de Pasolini. Rápidamente, lejos de apoyar al militante víctima de persecución policial, L’Unità, órgano oficial del partido comunista, informó el 29 de octubre de 1949:

«Expulsado del PCI el poeta Pasolini. La federación del PCI de Pordenone ha resuelto el 26 de octubre expulsar del partido a Pier Paolo Pasolini por indignidad moral. Nos inspiramos en los hechos que han conducido a tomar una grave medida disciplinaria contra el poeta Pasolini para denunciar una vez más las influencias nocivas de ciertas corrientes ideológicas y filosóficas de los Gide, los Sartre y tantos otros igualmente cacareados poetas y escritores que quieren hacerse pasar por progresistas pero en realidad reúnen los aspectos más deletéreos de la [de]generación burguesa».

Convendrán conmigo en que indignidad moral es una acusación bastante fea. En fin. La Agencia Fert de noticias, nada sospechosa de progresismo –ligada más bien a grupos monárquicos–, se hizo respetuoso eco, el 14 de julio de 1960, de las advertencias contra Pasolini del secretario del partido comunista, Palmiro Togliatti:

«El Excmo. Togliatti invitó a los dirigentes de los sectores cultural y periodístico del partido a ser cautelosos al considerar a Pasolini un partidario del partido y asumir su defensa […] Togliatti no considera, en su opinión personal, que Pasolini sea un gran escritor y, de hecho, su juicio en este aspecto es bastante duro. Por último, juzga mala propaganda, especialmente para las bases, que el PCI considere comunista a Pasolini después de que la atención del público, más que en las novelas del escritor, se polariza sobre situaciones escabrosas en las que se encontró al punto de provocar la intervención del magistrado…».

Indignidad moral. Mala propaganda. Hay que reconocer el talento de los miembros del partido comunista para destruir reputaciones. Peor aún: ¡he aquí que se culpaba al perseguido por serlo, por obligar, con su escabrosa vida, a intervenir a pobres magistrados! Pero basta de digresiones: lo que quise mostrar con esa cita de la Agencia Fert es que, si hoy compartir fotos, frases, memes de Pasolini está bien visto, y más aún presentarse como alguien que conoce su obra, es decir, si hoy Pasolini sirve como buena propaganda, en vida fue declarado justamente lo contrario, es decir, mala propaganda. El frío y cruel anuncio de su expulsión del partido por indignidad moral publicado en L’Unità fue el disparo de salida de la carrera de la prensa tras Pasolini como presa a la que sus ataques y burlas persiguieron hasta el fin de sus días, e incluso después. Según las ofensas vinieran de la izquierda o de la derecha, Pasolini era execrado por pequeñoburgués o por arribista, por reaccionario o por revolucionario, por decadente o por delincuente, y siempre por perverso, por ser un invertido cuyo violento final sellaría con sangre tan sórdido retrato.

Fueron dos los jóvenes fascistas que aquella noche de septiembre, al terminar la proyección de Mamma Roma en el Quattro Fontane, buscaron a Pasolini para insultarlo a gritos y golpearlo: se llamaban Fulvio Campo y Serafino Di Luia, y eran estudiantes universitarios y miembros de los movimientos de ultraderecha Giovane Italia y Avanguardia Nazionale. Di Luia fue además uno de los fundadores de la organización nazi-maoísta Lotta di Popolo.

A lo largo de su vida, Pasolini sufrió muchas agresiones. Según Simona Zecchi, «Con ocasión del encuentro de 1974 en la universidad parisina, se proyectó el filme Fascista de Nico Naldini, producido por Pasolini y Alberto Grimaldi. La película, construida con retazos de documentales del Instituto Luce, recibió aplausos pero también insultos. Una parte del público, formado por una muchedumbre de rojos y fascistas, franceses e italianos, tilda de asesino al escritor». No es el único ejemplo que da Zecchi: «En 2005, al comienzo de la apertura de una nueva investigación, el abogado Nino Marazzita, que es quien presenta la petición de reapertura, declara al diario L’Unità que, pocos meses antes de ser asesinado, Pasolini había sido agredido por un grupo de fascistas: “Lo quisieron tirar desde el puente Garibaldi, pero se paró un coche y algunas personas acudieron a ayudarle”. Se trata de un episodio poco conocido y significativo por la cercanía temporal al homicidio» (1).

Esa noche de 1962 faltaban trece años para que toda la sorda violencia que rodeó a Pasolini en vida cobrara su forma más siniestra en el misterioso encuentro final con el destino en la playa de Ostia. Sucedería en noviembre de 1975, habiendo concluido ya su colosal Trilogía de la VidaEl Decamerón (Il Decameron, 1971), Los cuentos de Canterbury (I racconti di Canterbury, 1972) y Las mil y una noches (Il fiore delle Mille e una notte, 1974)– y su Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975) –que le valió simétricos repudios, una vez más, tanto desde la derecha (por ser un pervertido y un enemigo de toda autoridad) como desde la izquierda (por pintar a las clases trabajadoras como una masa inerte y pasiva)–. El asesinato de Pasolini, perpetrado en las afueras de aquel balneario, nunca fue esclarecido.

Al día siguiente, el partido comunista publicó un mensaje sobre Pasolini en su órgano oficial, L’Unità: «La vida violenta sobre la que indagó con una vivacidad intelectual sin parangón en nuestro país se ha convertido ahora en la causa terrible de su desaparición. Como si se hubiera encaminado a buscar este epílogo». Vamos, que en pocas palabras, como diría posteriormente Giulio Andreotti en una entrevista, «Él se lo buscó» (2).

Pero, como es costumbre de los muertos, Pasolini dejó de fastidiar. Y los que otrora hubieran sido –y, en algunos casos, los que fueron– sus enemigos se lanzaron a la apropiación de un legado por el que aún compiten. Esa admiración y ese respeto por Pasolini que, decíamos al comienzo, hoy son prácticamente universales, fueron póstumos. Como suele suceder en estos casos (en Paraguay, un ejemplo es el culto sentimental a la imagen blandamente humanitaria de un Rafael Barrett «rehabilitado» para consumo masivo), fue necesario algo de tiempo, no para «comprenderlo mejor» sino, por el contrario, para ir dando paso a cierta «neutralización» de su figura gracias a la cual el pobre Pasolini, en vida tan repudiado por los unos y los otros, parezca al fin gustar por igual a todos.

Un alma en mí, que no era solo mía,

alma pequeña en el mundo ilimitado,

crecía alimentada por la alegría

de quien amaba, aunque no fuera amado

Pier Paolo Pasolini (3).

Notas

(1) https://ctxt.es/es/20151118/Culturas/3015/Pasolini-Asesinato-Idroscalo-Ostia-a%C3%B1os-de-Plomo.htm

(2) Ídem.

(3) «Il pianto della scavatrice», de Le ceneri di Gramsci, 1957. (Traducción: Montserrat Álvarez).

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