Crisis de amor

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Todos los días hablamos de amor entre las parejas, de una u otra manera, posteamos o vemos fotos de personas que precisan contar que no están solas, que están con alguien, que tienen un proyecto, un horizonte sentimental. La presión social, en su justa medida, sirve para recordarnos que el amor, por más cursi que suene en sus diversas y populares manifestaciones, sigue siendo la gran fuente de energía de la humanidad hasta que el mundo acabe, se transforme o renazca.

Cada pareja tiene su historia, un tema en el que solo esas dos personas saben o pueden saber cómo se sienten y qué necesitan. Y, en caso de que lo precisen, busquen la ayuda que ellos consideren. Asusta ver cómo terceros, ligados afectivamente o no (parientes, amigos, conocidos y desconocidos), afirman saber sobre las parejas más que ellas mismas. Cada pareja merece respeto a sus tiempos e intimidad, como dice la Sabina de Kundera: “La persona que ha perdido su intimidad lo ha perdido todo”. Tampoco esa mitad de la naranja dolida debería andar exponiendo sus lamentos personales, tirando sus valiosas perlas de aprendizaje al chiquero masivo. Siguiendo al gran autor checo: “El amor cuando se hace público, aumenta de peso, se vuelve una carga”.

Lamentablemente, hay una gran cantidad de matrimonios o uniones de hecho que permanecen juntos por los hijos, por los bienes, por la reputación, por el trabajo. Dejar que muera el amor en los amantes suena contradictorio, y es perder el motor principal de la felicidad construida en común; no en balde el matrimonio en vínculo sagrado llama a convertirse en “una sola carne”. Un sacerdote decía: “Yo les creo a los novios cuando vienen y me dicen que aceptan casarse para toda la vida… pero ¿por qué el amor les dura tan poco?”. Aún sin intervención de lo religioso, todo matrimonio o unión de hecho tiende a mantenerse unido no solo por una satisfacción personal, también porque existe un tácito compromiso de continuar la sociedad a través de los hijos, y de hacer más llevadera la inexorable vejez.

También, cuando una unión es seria no existe la doble moral; tener una pareja no se esconde, todos en la comunidad saben que tales hombre y mujer conviven, que son los padres de tales niños.

Todo se hace cuesta arriba cuando se acaba el amor; mucho tiene que ver la progresiva pérdida del noviazgo, ese paso previo tan importante para conocerse durante uno o dos años y saber si hay coincidencia en el enfoque de vida, si hay virtudes que se complementan, defectos que se superan.

Ciertamente se aprende a amar en la casa, aprendemos de lo que vivimos con nuestros padres. Si entre ellos faltaron diálogo, comunicación, demostración afectiva, cuando somos adultos repetimos el analfabetismo o lo superamos. Hay padres que insisten en preguntar a sus hijos de 5 años si “tienen novia/o”, pero cuando a los 10 adelantan su adolescencia, se espantan y desesperan. Los padres deben preparar a los hijos para que, llegado el momento, sepan amar, no mendigar, sepan hacerse amar y no obligar a nadie a quererlos. Esta sería la sociedad avanzada, soñada, limpia de maldad y estrechez sentimental. Seamos partícipes, pues, de la restauración del amor; sin él, no hay posibilidad de avanzar humanamente.

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