Cuando la horda condena

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No producen sensaciones esperanzadoras las expresiones despectivas y criminales referentes a casos en los que se ven involucradas personas en situación de miseria. Preocupa la propaganda deshumanizadora. A modo de ejemplo menciono el caso del joven que, al ingresar por la muralla a una casa, fue atacado por varios perros que resguardaban una propiedad privada. En su mayor parte hubo comentarios con saña, que no aportan nada bueno a nuestro lentísimo transitar hacia la justicia. Se promueve la insensibilidad deseando la muerte a personas que, por peores condiciones en las que se encuentren, tienen derechos inalienables.

A días de esa noticia que dio de comer al morbo y la justicia por mano propia, deseos de que el joven “aprenda” y sirva “de lección para otros delincuentes”. Este es un pensamiento cómodo, malintencionado e inútil a corto y largo plazo. El muchacho era pobre, desocupado, adicto, no estaba en sus cabales, su madre confirmó esto, en esas condiciones trepó la muralla de la casa. Que los perros no son culpables es obvio, pero sí hay culpables. Ni ministerios, secretarías incluso ONG que dicen velar por el bienestar de las personas (también las parroquias que antes trabajaban por los pobres, hoy tiran la toalla y se quedan en sermones aburridos y desconectados de la realidad) va a decir: Esto pasa porque el joven es uno de los millones que en nuestro país, que no llega a los 7 millones de habitantes, viene de una familia disgregada, sin oportunidades, sin futuro más que sobrevivir el día a día, no tiene capacidad de pensar “positivamente” como rezan tantos videítos en las redes ni servirse de ejemplos de vida de magnates que fueron pobres. De esta gente nadie se hace cargo, solo desprecio cae sobre ella. Cuántos condenan y creen ser mejores porque tienen –todavía– ciertas comodidades de vida. Los que deberían trabajar para proteger al pueblo, a todos por igual, permiten convenientemente que reine la división, mientras ellos disfrutan de privilegios y se pasan en charlas sociales, no políticas, infructuosas desde del inicio.

Asunción, como otras ciudades con cinturones de pobreza, no estará exenta de la delincuencia provocada por la falta de políticas socioeconómicas para que las personas primordialmente permanezcan y se desarrollen en su lugar de origen.

Cuando emitimos comentarios condenatorios, cuando deseamos la muerte a una persona caída en la delincuencia en vez de su rehabilitación a la sociedad, nos alejamos del bien común, únicamente posible comprendiendo claramente las causas y consecuencias.

No importa quién, si hubiera sido una mujer embarazada o un anciano quien saltaba la muralla, la horda virtual los hubiera condenado igual, pero mucho más lo hace con un joven porque dan por hecho que no quiere trabajar y prefiere drogarse. Esforcémonos en pensar un pasito más hacia adelante.

La miseria económica es la madre de los peores males. Cuidemos de nosotros sin perder el norte respecto a los demás. Decía un mochilero al que le habían robado su bicicleta y otras pertenencias, y las había recuperado: “En mi recorrido mantengo vivo el pensamiento de que hay más gente buena que mala, solo que los malos hacen más ruido”.

lperalta@abc.com.py