Si mencionamos solo algunos casos en nuestra sociedad tenemos los accidentes de tránsito; cuántas veces no fue el exceso de alcohol lo que provocó la desgracia, cuánto hace que se advierte que si se va a manejar no se debe tomar. Las medidas policiales para bajar las tasas de accidentes causados por borrachos no han conseguido disminuir este mal y todos los días tenemos una vida que lamentar. Igualmente los motociclistas imprudentes que manejan a gran velocidad, sin casco, llevando a otra persona, a niños, incluso bebés recién nacidos.
Los asaltos callejeros también mantienen un patrón: la víctima fue sorprendida cuando iba caminando sola, chateando o hablando por celular. Los más afectados son mujeres y muchachos que regresan del colegio, y esto es porque son presas fáciles para los motochorros, que, a pesar de ello clavan o disparan. Recuerdo que en un noticiero contaban como algo extraordinario que una mamá que acompañaba a su hija a hacer una denuncia porque le robaron el celular, en el trayecto también fue asaltada y por el mismo motivo. Lejos de ser algo “extraño”, ocurrió porque igual que su hija, llevaba el celular a la vista. (Me pregunto si debemos situar a las mujeres adultas a la misma estatura que a los adolescentes).
Otro caso calcado son los robos en las casas porque dejaron la puerta sin cerrar, sin echar llave. Siempre confiamos en que el otro cerrará en vez de asumir todos la misma responsabilidad respecto a la seguridad.
Los ahogamientos en lugares que están prohibidos. Bajar de los colectivos en movimiento, cruzar sin mirar a ambos lados. Los accidentes caseros, la imprudencia en nuestra forma de vivir, vestir, hablar. Los aneurismas por máximo estrés…
Luego, ahondando, toda la oscuridad e infelicidad que reina entre las parejas, las familias y que acaba en horribles crímenes con calcadas características (celos) unas de otras.
Así podríamos ir encontrando muchos otros casos en los que se repiten los errores o el mismo modus operandi.
¿Qué sucede hoy en nuestra sociedad? Está dividida entre los más pobres que pasan hambre física y cognitiva (ni se enteran de los accidentes, no se informan, leen y no entienden; si pasa fue porque “Dios quiso” o por “la mala suerte”).
Salvo casos de depresión profunda, creo que todos queremos vivir, entonces ¿por qué, si tuvimos un poquito más de formación, cometemos las mismas faltas que otros imprudentes?
Aún con mínima atención podemos dejar de sumar tanta muerte por irreflexión. Por favor, prestemos más atención; ahorraríamos aflicciones y pérdidas irreparables. Alguna vez alguien que tuvo mucho peso en la educación y la política (allá lejos, cuando los maestros paraguayos eran alto referente y los políticos no estaban tan corrompidos), nos describió como cretinos. Y dolió. Duele hasta hoy.
lperalta@abc.com.py