Despiertos a la vida

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Después del video que una actriz de teatro, con algunos golpes, puso en Facebook, se avivó el tema sobre la violencia de género.

Más allá de la primera impresión, que lógicamente es de rechazo a la violencia, el caso es útil para aclarar en nuestros conceptos y así comprender y corregir los graves problemas sociales que atravesamos.

El término violencia de género fue generado por el feminismo y aplica dicha calificación a toda relación de fuerza y dominación que, según esta ideología, parte del hombre hacia la mujer principalmente. El tema de la violencia es muy complejo y abarca estudios antropológicos y sociológicos. Pero centrándonos en el caso reciente, se acusa al profesor por esta causa de género. Es decir, se considera que él aplicó fuerza física sobre una mujer, que por serlo, no podía defenderse.

Unos días de silencio transcurrieron después de que la afectada contara, presa del llanto y el miedo, su versión. Un hombre me decía: “Pero esto se soluciona con un padre o un hermano que vaya a romperle la cara al tipo. Y punto, asunto cerrado, como se hacía antes”. Antes la sociedad no tenía programas, leyes, ni tribunales de género, basados en que la mujer no necesita un hombre que la defienda del machismo o la violencia masculina, sino que ella dispone –para bien y para mal– de un aparato legal para hacer su denuncia.

El profesor finalmente habló en ciertos medios e intentó detallar métodos psicológicos en teatro, aunque colegas suyos declararon que se debe respetar el cuerpo. El profesor está en problemas y el caso pasó a manos de abogados.

Este tema nos exige una mirada profunda si queremos ser justos. La mayoría dice que las cicatrices de los golpes son irrefutables. La actriz aseguró que el hombre la golpeó adrede. El acusado se disculpó y explicó que aplicó brutalidad para generar sentimientos extremos que necesitaba el personaje.

Ahora bien, las autoridades, se supone capacitadas y neutrales, considerarán los elementos y darán su veredicto. Ambas partes serán escuchadas como debe ser. Sin embargo, comparar el caso –como muchos están llevando hacia ese lado– con el de una pareja de vínculo pasional no es correcto, porque esta es otra situación y relación.

Por otro lado, y lo que me parece más importante a nivel prevención, es desmenuzar por qué la joven no se retiró si sintió que la violencia aumentaba, ¿no logró distinguir –ni sus compañeros– entre la ficción y la realidad? La misma pregunta surge para nosotros. Estar despiertos a la vida es un trabajo interior diario, esencial, sobre todo en tiempos en los que se impone la confusión, la ambigüedad, lo incierto como eje de dominación social. Tal como los cachorros juegan y se entrenan para ser adultos, los humanos debemos prepararnos, con razón, para crecer y transitar los altibajos que vendrán con seguridad.

Asuntos como el ocurrido abundan: del juego, la ficción o el chiste a una agresión mayor que puede descontrolarnos y/o anularnos. Nadie está libre de ser víctima ni victimario, y es bueno, más allá de cómo interpreten cada caso los medios masivos formales, informales o la justicia de turno, curar lo más que podamos nuestras debilidades y así potenciar nuestra fortaleza. Sentirnos seguros en nosotros mismos para evitar la vulnerabilidad.

lperalta@abc.com.py