El presidente Horacio Cartes preguntó qué era Acosta Ñu, durante un recorrido por la ciudad de Eusebio Ayala y ante el pedido de un joven para que su gobierno construya un camino de todo tiempo hasta ese sitio histórico. Justamente el lugar en el que ocurrió aquel trágico episodio, cuando un ejército de niños se batió heroicamente contra el invasor brasileño, durante la Guerra Grande.
No fue un simple desconocimiento de la historia del Paraguay de parte del Presidente. Como no fue, en su momento, solo un desatinado intento de mostrar el país como atractivo para la inversión extranjera para terminar presentándolo como “una mujer fácil y bonita”. Y tampoco fue, el año pasado, simplemente una muestra de la imposibilidad del Mandatario de improvisar un discurso sin la ayuda de un teleprompter, frente a un auditorio de profesores y jóvenes universitarios.
No fueron episodios inconexos y aislados sino que todos juntos y algunos más revelaron el perfil de una persona poco preparada para ejercer la primera magistratura del país.
Al iniciar su mandato, Cartes tenía el halo de ser el “outsider” que, sin experiencia política y con una campaña de pocos meses, se impuso en la interna colorada. Ya siendo Presidente, consiguió una holgada mayoría en el Congreso, con sus partidarios y los “amigos” de otros partidos, para aprobar las leyes que necesitaba. Tenía además la ventaja de no deberle favores a nadie, en el sentido económico del término, para llegar al cargo. Tuvo las “manos libres”, como ningún otro gobernante anterior.
Muchos auguraban que esas condiciones prácticamente garantizaban que Cartes haría un buen gobierno, una administración exitosa, sin tener que cargar con el “lastre” de los políticos, sin la obligación de rendir cuentas a la ANR, que más bien “gracias a él” retornó al poder, sin la necesidad de justificar “errores pasados” de un partido que realmente no era el suyo. Con la libertad de elegir colaboradores solo con base en sus méritos y aptitudes y no por ser “ahijados de”, “parientes de” o “amigos de”.
Las únicas dudas estaban referidas a su inexperiencia en la función pública. Pero inclusive eso era visto como otra ventaja: no estaba “contaminado”, no debía rendirle pleitesía a un funcionariado público con la fama de ser parasitario, privilegiado y con miles de planilleros.
Decían algunos que, como experiencia, era suficiente la de sus empresas “exitosas” y su paso ganador por la dirigencia deportiva. ¿Y qué del origen de su fortuna, sus vínculos con personas de dudosa reputación? Eso no importaba, decían sus simpatizantes (muchos de los cuales, después, decepcionados por no recibir dádivas, se volvieron sus más férreos detractores). Había que mirar para adelante y aguardar todo lo bueno que haría por el país, decían. Pasaron más de dos años y medio y sigue la espera.
Las supuestas ventajas no se tradujeron en resultados. Evidentemente, un gobernante puede contar con un buen escenario, buenas perspectivas y hasta, tal vez, tener buenas intenciones. Pero si no se ha preparado y formado para gobernar, si es incapaz de expresar con claridad sus ideas y proyectos, si su tiempo libre no lo dedica a la reflexión, a la lectura y al estudio sino a otras aficiones menos edificantes; si tampoco muestra tener facilidad para el diálogo y la comunicación y no muestra suficiencia y seguridad en el trato diario; si ni siquiera es dueño de esa intuición o sexto sentido que les permite aun a los políticos con escasa formación cultural saber elegir a sus colaboradores y tomar las medidas adecuadas en los momentos de crisis, es improbable que de ese cóctel de carencias surja el estadista que el país necesita desde hace mucho tiempo.
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