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06 de Mayo de 2018

| Filosofía

Los errores de Marx

Por Guido Rodríguez Alcalá (*)

A dos siglos de su nacimiento en Tréveris, el 5 de mayo de 1818, Karl Marx destaca claramente hoy como uno de los filósofos fundamentales de la Modernidad y como uno de los que más pueden revelar sobre nuestro tiempo tanto con sus aciertos como con sus errores.

El aire es muy útil pero no es una mercancía, dice Marx en el capítulo I de El capital; no lo es porque una mercancía, además de ser un objeto útil y de tener un valor en el mercado, debe ser un producto del trabajo humano. En la versión inglesa del Capital, mercancía se dice commodity, palabra también usada en castellano, no sé por qué. De commodity deriva la palabra commodification (mercantilización), que Marx nunca utilizó y que, sin embargo, está implícita en su teoría. Según ella, el capitalismo no solo se caracteriza por la producción de mercancías en gran escala sino también por la tendencia a ver la realidad en términos de cosas que se compran y se venden. El proceso de mercantilización, hoy, está mucho más avanzado que en tiempos de Marx, para quien el aire no era mercancía. Ya lo es, y por eso la empresa canadiense Vitality vende aire limpio en China, donde el aire es sucio, a 24 dólares la botella (http://www.bbc.com/capital/story/20170515-the-entrepreneurs-making-money-out-of-thin-air).

Marx se equivocó al hablar del aire y jamás imaginó que se le pudiera poner precio al sol. Sucedió en España, donde el uso de paneles solares disminuía las ganancias de las empresas de electricidad privadas y, para aumentarlas, el Gobierno creó el llamado impuesto al sol, que afecta a quienes utilizan la luz solar con sus paneles. El aire y el sol con precio, ¿y el agua? Para Peter Brabeck-Leitmathe, ejecutivo de Nestlé, el agua no es un derecho, como sostienen las Naciones Unidas, sino que debería venderse en el mercado. Dicho sea de paso, la Nestlé tiene interés en el Acuífero Guaraní (http://www.resumenlatinoamericano.org/2018/01/29/encuentro-de-temer-y-ceo-nestle-revela-interes-en-la-privatizacion-del-agua-en-brasil/). Podemos suponer que busca una concesión para explotarlo, y debemos esperar que no sea como la que consiguió la empresa Bechtel para la provisión de agua de Cochabamba en el año 2000, que les prohibía a los cochabambinos recoger agua de lluvia.

Los ejemplos anteriores no son una mera expresión de la codicia de algunos empresarios, sino la expresión cabal de un sistema, el capitalista, que no ha dejado en pie… 

«…entre hombre y hombre, ningún otro vínculo que el interés desnudo […] Ahogó el sagrado paroxismo del idealismo religioso, del entusiasmo caballeresco, del sentimentalismo pequeñoburgués, en las gélidas aguas del cálculo egoísta. Ha reducido la dignidad personal al valor de cambio, situando, en lugar de las incontables libertades estatuidas y bien conquistadas, una única desalmada libertad de comercio. En una palabra, ha sustituido la explotación disfrazada con ilusiones religiosas y políticas por la explotación franca, descarada, directa y escueta».

Esto dice el Manifiesto comunista, publicado en febrero de 1848 y escrito por Karl Marx y Friedrich Engels, de 29 y 28 años respectivamente. En mi opinión, «la explotación franca, descarada, directa y escueta» resulta más evidente hoy que en 1848, porque entonces había instituciones, tradiciones y creencias que podían enmascarar los intereses económicos. En esto concuerdo plenamente con Yanis Varoufakis, el político y pensador griego: Marx anticipó nuestro futuro (https://www.theguardian.com/news/2018/apr/20/yanis-varoufakis-marx-crisis-communist-manifesto).

Con todo, se sigue enmascarando el hecho de que tanto la conciencia como un quilo de papas tengan precio, porque el hombre tiene necesidad de una ideología, como me decía Branislava Susnik. Para comprender qué es ideología en la obra de Marx, tema por lo demás muy complejo, debe leerse el apartado «El carácter fetichista de la mercancía y su secreto», en el primer capítulo del Capital. Simplificando en exceso, diré que el fetichismo consiste en asignar a la mercancía un valor absoluto, incursionando en el terreno de lo metafísico y de lo teológico, y me permitiré ilustrarlo con un ejemplo.

Émile Zola, en su novela El dinero, nos relata las andanzas de un personaje llamado René Saccard, un financista que se ha quedado sin un cobre, y sin embargo logra crear una empresa con dinero ajeno. Para Saccard, las finanzas son una cuestión de crédito, y el crédito es una cuestión de fe. Tengo la impresión de que, en ciertos casos, los economistas han reemplazado a los teólogos de la Edad Media en la venta de expectativas, como sucedió en tiempos de Napoleón III, porque Saccard es la versión novelesca del banquero Pereire. Volvió a suceder en la crisis financiera de 2008, cuando la fe permitió la creación de los llamados instrumentos financieros, que hacían rendir un dólar real como si fueran treinta , y eran puros valores ficticios, hasta que la pirámide invertida se vino abajo, y estuvo a punto de arrastrar consigo a toda la economía mundial, porque el capitalismo ya estaba entonces mucho más globalizado de lo que había anunciado Marx, quien por otra parte fue uno de los primeros en comprender la globalización, aún sin haber utilizado esa palabra: 

«La gran industria ha instaurado el mercado mundial preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial ha dado origen a un desarrollo inconmensurable del comercio, la navegación y las comunicaciones terrestres. A su vez, este desarrollo ha repercutido sobre la expansión de la industria […] industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles».

Agregando Internet y la aviación a este pasaje del Manifiesto comunista, tenemos el mercado mundial de nuestros días, mucho más globalizado que en tiempos de Marx; ¿quién hubiera podido prever entonces que China y Vietnam se volverían capitalistas? Y de nuevo cito a Varoufakis: Marx anticipó nuestro futuro.

El Capital se centra en el estudio del capitalismo industrial, entonces predominante: por especular demasiado, quebró monsieur Saccard/Pereire; sus mercancías virtuales no pudieron sobrevivir dentro de las limitaciones de la economía real. En nuestros días, el capitalismo financiero y el mercantil han adquirido un peso que no tenían al tiempo de escribirse El capital, y la mercantilización nos hace pagar por el aire, el sol y el agua. Marx erró al decir que el proletariado industrial tumbaría al capitalismo, pero no erró al denunciar las deplorables condiciones de vida del trabajador: lo que antes sucedía en Inglaterra, ahora sucede en Bangladés. La explotación laboral de las novelas de Zola y Dickens reaparece en las novelas de Arundhati Roy, Aravind Adiga y otros escritores orientales.

El proletariado europeo del siglo XIX se convirtió en clase media en el siglo XX. Sin embargo, es dudoso que el proletariado urbano, no industrial del siglo XXI de los países del Tercer Mundo se convierta en clase media por dos razones: porque no lo permite la urbanización caótica global (véase el libro de Mark Davis Planeta de ciudades miseria) y porque el crecimiento ilimitado, el consumismo capitalista, provocará una tragedia ecológica (véase No Logo y Esto lo cambia todo, de Naomi Klein). Por eso, sin soñar con la Revolución Rusa, es necesario tomar conciencia del fetichismo de la mercancía y de su hábitat, el mercado, y resulta pertinente la teoría crítica marxista, reivindicada por autores contemporáneos como David Harvey, Terry Eagleton, Mike Davis, Slavoj Zizek.

Referencias 

Karl Marx, El capital. Traducción de Pedro Scaron. Buenos Aires: Siglo XXI, 2009. Ocho tomos.

Karl Marx y Friedriech Engels, Manifiesto comunista. Introducción de Eric Hobsbawn. Barcelona: Crítica, 1998.

David Harvey, Guía para El capital de Marx. Madrid: Akal, 2016, dos tomos.

Terry Eagleaton, Por qué Marx tenía razón. Barcelona, Península, 2015.

Mike Davis, Planeta de ciudades miseria. Madrid: Akal, 2006.

Naomi Klein, Esto lo cambia todo. Barcelona: Paidos, 2015.

Naomi Klein, No Logo. Barcelona: Paidos, 2002.

guidoprodriguez@gmail.com

 
 

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