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17 de Febrero de 2019

| Crítica Social y Cultural

Los peligros del consumo irónico

Por Montserrat Álvarez

A propósito del escándalo por las respuestas del cantante en una reciente entrevista al grupo paraguayo de polca y cumbia The Fenders.

El señor Leonardo González, cantante del grupo paraguayo de polca y cumbia The Fenders, se ha convertido esta semana en centro de un escándalo mediático y, tras la denuncia de la ministra de la Niñez y de la Adolescencia, en objeto de investigación de la Fiscalía, por sus respuestas en un programa de televisión, interpretadas como «apología de la pedofilia». El señor González habló, en tono bromista, del supuesto «consumo» de drogas y de «mitakuñá (jovencitas) de quince años» de los miembros de The Fenders, y citó un ñe’enga –un dicho tradicional en guaraní– sobre las quinceañeras. Iban a tocar en un festival de rock celebrado ayer, pero los organizadores los retiraron del evento.

Víctimas de ese consumo tan cool que, irónico, consume lo no cool, los The Fenders, grupo del interior del país con treinta años de trayectoria, se volvieron virales recientemente, sin proponérselo, entre un público esnob asunceno que coquetea con la estética de las clases populares, por un lado, y, por otro, entre sectores retrógrados del mundo rockero local, que, en un intento de volver al machismo tradicional en el rock pero hoy cuestionado en ambientes urbanos de clase media, reivindicaron a los The Fenders, con su folclórica misoginia, como true rockers –con más «actitud rock» que «los propios rockeros (actuales)»– sin parecer por ello políticamente incorrectos sino, por el contrario, inclusivos y anti-clasistas, gracias al origen socioeconómico de estos músicos y su público de toda la vida.

Los primeros han chocado con la realidad de un país marcado por la misoginia y por unas estadísticas brutales de abuso y tragedia cotidiana normalizadas en chistes y ñe’enga, los segundos ven hundirse una oportunidad de resucitar el arcaico culto al constructo ideológico del rockstar encarnado en semidioses de pacotilla con pedófilo tufo veterano a lo Chuck Berry, y los que pagan por todo este circo no son ni los primeros ni los segundos sino, para citar otro ñe’enga, los «lapi mbyky», los «lápiz corto», los «ignorantes», esos mismos emblemas o representantes de las clases populares a los que unos y otros utilizaron mientras no fueron incómodos: los The Fenders.

El ñe’enga que citó el señor González y el que acabamos de citar son injustos. Con las niñas, prematuramente sexualizadas porque para una cultura misógina las mujeres maduran (y decaen) primero, el uno; con los pobres el otro. La idea de que a los quince años «ya se es mujer» va unida, expuso Susan Sontag en su artículo de 1972 «The Double Standard of Aging», al credo de que la mujer pierde valor con la edad en un doble mecanismo de menoscabo de la dignidad y de la condición de persona, sensu stricto, de los individuos de sexo femenino en nuestra cultura y en otras. En las bromas del señor González lo detestable, por eso, no es que impliquen una apología de la pedofilia, propia de monstruos, de excepciones –que es como se está presentando a los The Fenders–. Lo detestable es la normalidad; el problema es que no son excepciones. El ideal de belleza juvenil –pedófilo, si se quiere–, como explica Sontag, es un arma del poder: tenemos un solo modelo de belleza femenina, la joven («the girl»), y dos de belleza masculina, el chico y el hombre («the boy and the man»), por lo cual la mujer mayor es por definición sexualmente repulsiva y mantener la juventud es tan imposible como imprescindible para defenderse del rechazo social. Se acepta, dice Sontag, que a los hombres les gusten las chicas (y las bromas de los The Fenders no son, por ende, anomalías, añado yo) pero indigna que una mujer ignore que es vieja y por lo tanto demasiado fea para un joven: la mujer debe estar en «minoría» de por vida. Es clara para todos la rectitud estética de la pareja donde el hombre es mayor, y, complementariamente, los signos de edad en la mujer son para todos estéticamente ofensivos. La minoría de edad permanente de la mujer queda asegurada, así, por el gusto, pero el gusto nunca es solo «natural», sino que refleja e impone estructuras de poder: la repulsión por la mujer mayor y el ideal de la lozanía, del ser no del todo crecido, como sinónimo de belleza femenina son las dos caras de esta moneda que forma parte del poder masculino (1).

Quizá la insistencia en negar que una niña es una niña cuando ese hecho se vuelve visible, como ahora con el lío de los The Fenders, pueda explicarse por lo que dice Sontag. Es sintomático que tanto esa insistencia como las loas a los The Fenders en tanto true rockers procedan sobre todo de los sectores retrógrados mencionados antes. Simon Frith expuso el machismo del rock, notorio «en sus letras, en sus afirmaciones de supremacía masculina, narcisismo y autocompasión» (2). Teatro de masculinidad, dice Meggan Jordan, «fuente de estatus, prestigio, instrumentos y poses que simbolizan la sexualidad y el poder masculinos» y en el que la misoginia –confirmando la tesis de Sontag– está unida al ideal juvenil en las músicas, a las que –aunque «no es raro ver músicos de treinta y más»– muchas veces «las puertas se les cierran después de la treintena» (3). Hay que analizar, pues, estas inequidades en todos los sectores, y no solo entre los cumbieros o los lapi mbyky, aunque sean ellos los que más incautamente expresen los valores que las perpetúan. Al expresar sin cautela esos valores repudiables que otros maquillan o callan aun cuando los compartan revelan lo lejos que se encuentran aún de todos los cuestionamientos con los que tantos de nosotros estamos hoy más que familiarizados.

Porque el modelo de belleza es doble en el caso de los hombres pero único, y adolescente, en el caso de las mujeres, la apología de la pedofilia (sí, es «apología de», no «apología a», amigues periodistes; de nada) no es una anomalía sino una parte nuclear de las estructuras de jerarquización y dominación de nuestra sociedad. Merece crítica, pero no una crítica que perdone a unos y se ensañe con otros y que refuerce así esas mismas estructuras discriminatorias y opresivas, en este caso contra las clases populares que no saben cuándo lo que dicen puede dejar de parecerle «inocente y simpático» a ese esnobismo que tal como te viraliza puede hundirte. El penoso espectáculo del ensañamiento clasista –«manga de ignorantes», «pobres indios», «viejos vairos asquerosos»– contra unos músicos cuyo machismo y estética pedófila eran obvios –basta ver un video suyo, como no dudamos que lo habrán hecho los ahora de pronto «sorprendidos» organizadores del festival– hace que la palabra barbarie se quede corta. Nos asquea el ñe’enga que citó el señor González, pero escuchamos sin asco los clásicos chistes de los asuncenos de clase media («Si pesa más de treinta, ya está», etcétera) sobre la disponibilidad sexual atribuida a niñas y adolescentes. Los The Fenders no son los villanos de este cuento, sino el chivo expiatorio de toda una sociedad que decide linchar a alguien para no tener que mirarse al espejo. Dijeron lo que otros dicen con más disimulo o piensan pero no dicen porque saben que no hay que decirlo: su falta es la del huésped que ignora los usos de los anfitriones y en medio de la cena lanza el ruidoso eructo que los demás comensales reprimen.

Los The Fenders no son –por desgracia– excepciones perversas, anomalías monstruosas. Como muchos, solo repiten, reproducen y ayudan a perpetuar creencias nefastas para las que no siempre hay alternativas fácilmente accesibles y socialmente aceptadas. No todas las personas del interior del país o de las clases populares comparten esas creencias, pero su caso difiere del nuestro, urbanícolas expuestos todo el tiempo a cuestionamientos de las mismas. Muchos, al repetir que una quinceañera está disponible sexualmente, pueden ignorar que esa creencia no es incuestionable y está cuestionada; pero si nosotros lo decimos, es a sabiendas. No todos viven, como nosotros, entre los ecos de las tesis de Sontag y otros autores y sus repercusiones en el habla, en la publicidad, en las relaciones, en la moda, en la vida cotidiana. Muchos, al citar un ñe’enga, quizá no han tenido oportunidad de pensar que es solo un producto sociocultural y no algo eterno, natural ni inmutable. Pero si yo, persona de clase media urbana con formación e información sobradas para saber todo esto, insisto en afirmar este mundo como un mundo para machos (y lo mismo el mundo de la música —tal como lo pinta la versión hegemónica de una historia que es hora de revisar, dicho sea de paso–); si yo me burlo de críticas justas, si yo ridiculizo cuestionamientos necesarios presentándolos como moralismo de snowflakes o de social justice warriors, tomando, o no, como bandera a los The Fenders, entonces yo sí refuerzo el machismo y la misoginia por elección y conscientemente; yo sí merezco repudio. Y sabemos que muchos lo hacen, y que no son ni pobres ni cumbieros. Si vamos a criticar a los The Fenders, hay que comenzar por casa, criticando a muchos otros y autocriticándonos, o será una injusticia. Y hay que thefendernos de sus thefensores para poder abordar el caso de los The Fenders tanto desde la crítica al clasismo, que evidentemente los discrimina, como desde la crítica al machismo, que manifiestamente representan.

Notas 

(1) Susan Sontag: «The Double Standard of Aging», en: The Saturday Review, 23 de septiembre de 1972, pp. 285-294.

(2) Simon Frith: Sound Effects: Youth, Leisure, and the Politics of Rock ‘n’ Roll, Nueva York, Pantheon Books, 1981, p. 85.

(3) Meggan Jordan: 10x The Talent = 1/3 Of The Credit: How Female Musicians Are Treated Differently In Music, 2006. Disponible en: https://stars.library.ucf.edu/etd/946/

montserrat.alvarez@abc.com.py 

 
 

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