El milagro del error

Es en el fondo no programable, magmático, de una mente sin transparencia posible donde surgen los milagros y los errores, escribe Montserrat Álvarez en esta breve columna que recrea nuestra antigua fascinación por los autómatas y se burla de los programas de «inteligencia artificial».

Grabado del folleto de 1789 de Joseph Racknitz sobre los mecanismos ocultos del ajedrecista autómata de William Kempelen, El Turco.
Grabado del folleto de 1789 de Joseph Racknitz sobre los mecanismos ocultos del ajedrecista autómata de William Kempelen, El Turco.

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Por los antiguos mitos de Dédalo, constructor del laberinto de Creta –el ingeniero mítico− o de Pandora, la imprudente, la curiosa –es decir, la investigadora primordial, arquetípica− sabemos que a los griegos de la Antigüedad ya les preocupaban los límites de la ciencia, los peligros que acompañan todos sus logros, como la sombra acompaña toda luz.

La posibilidad de jugar a Dios y crear no vida sino su siniestro simulacro ha sido tan deseada como temida desde que existe memoria. De esta oscura fantasía y este miedo dan cuenta también otros mitos, fuera de Grecia. Antes del triste monstruo del doctor Frankenstein está el sirviente maldito, sin habla ni volición, que recoge la leyenda medieval centroeuropea, de probable origen talmúdico, del Gólem. Antes de la pobre Dolly, la primera oveja genéticamente modificada por clonación en 1997, se adivina su premonición trágica en las vasijas que hacia el año 500 antes de nuestra era los griegos decoraron con pinturas que representan a Medea, la hechicera sacerdotisa de Hécate, revolviendo su caldero, del que salen una oveja, un carnero y un cordero.

Si no nos es dado crear como dioses la vida sino apenas, a fuer de mortales, su caricatura atroz, los actuales desarrollos en biotecnología y ahora especialmente en inteligencia artificial renuevan la creencia en la posibilidad de cruzar las fronteras que separan al ser humano de la máquina. Y es natural que la replicación de lo viviente resucite un sinfín de terrores arcaicos. Y que alimente disgustos, reflejados en otro mito, el del Doppelgänger –para usar el término inmortalizado por el aforismógrafo Jean Paul Richter–, disgustos que ya no solo expresan miedo, sino también deseo, el deseo universal de ser únicos e irrepetibles.

El misterio de las arcaicas fantasías sobre la ciencia y sus poderes ambivalentes se agudiza hoy. Mucho antes de que el genio de Garri Kaspárov fuera derrotado en aquella partida de ajedrez por la computadora autónoma Deep Blue en 1997, los autómatas habían maravillado a los hombres. Lo han venido haciendo al menos desde que, hacia el año 400 antes de nuestra era, el astrónomo y matemático Arquitas de Tarento, a quien se atribuye, entre otras cosas, la invención del tornillo y la polea –y cuya muerte recuerda Horacio en sus Odas−, llenara de asombro a la Magna Grecia con sus aves propulsadas a vapor y sus máquinas movidas por sistemas hidráulicos y neumáticos. Aunque tal vez el primer autómata conocido, el más antiguo, fue esa célebre estatua del mítico rey y dios egipcio Osiris cuyos ojos, según el relato clásico, arrojaban fuego. Y puede que fuera Herón de Alejandría, ya en el siglo I de nuestra era, el primer historiador que se ocupó del tema sistemáticamente.

Antes de que Karel Capek estrenara en 1921 su obra teatral R.U.R. (Rossum’s Universal Robots) y de que se popularizara el término robot, formado a partir del vocablo checo robota (esclavo), ya se decía del gran pensador del siglo XIII Alberto Magno que tenía a su servicio un autómata de hierro inventado y fabricado por él mismo –un rumor a la altura de su brillo−, y a su coetáneo, el erudito astrónomo e inventor Al Jazarí, también se atribuía la fabricación de una inteligencia artificial semejante, igualmente puesta a su servicio.

Siglos después, consta en los correspondientes documentos por él escritos e ilustrados con los planos de estos artilugios, que Leonardo diseñó un androide y un león mecánico. Y ya en el siglo XVIII –ah, ese Siglo de las Luces tan fecundo en tinieblas–, el ingenioso –y bromista– relojero Jacques de Vaucanson se hizo célebre con su Flautista y su Tamborilero y escandalizó con los productos de su Pato dotado de aparato digestivo.

Tanto como el de las Luces, será también el XVIII el Siglo de los Autómatas: el francés Jean Eugène Robert-Houdin, el húngaro Wolfgang Ritter von Kempelen, el suizo Pierre Jaquet-Droz, el alemán Friedrich von Knauss los harán escritores, dibujantes, jugadores de ajedrez, pianistas... figuras en las cuales la penumbra del misterio destierra sutilmente la claridad de la técnica, en las que ya se atisba el Romanticismo, seres mecánicos lo más próximos posible a esconder un alma.

Sobre el misterio de los autómatas, su imposible vida de materia inerte, su secreta o hipotética o amenazante o demoniaca o angélica y siempre incognoscible subjetividad escribirán Hoffmann, Poe, Capek, Verne, antes de que el siglo XX lleve al cine y a los diversos productos de la cultura de masas las fantasías sobre la inteligencia artificial de Brian Aldiss, Bradbury, Asimov, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick, Thea von Harbou y tantos otros, y antes de que, finalmente, el nuestro, el siglo XXI, las sume a las murallas del universo especular, narcisista, claustrofóbico entre las que, cada vez más cómodos con el eco algorítmico del consenso multiplicando la mediocridad, como sucede actualmente, nos encerramos con nuestra propia imagen prolongada en mil prótesis y con las sensateces del sentido común confirmadas por chatbots.

Aun concediendo que una inteligencia artificial pudiera existir (no puede, pero hagamos por hoy esa concesión para evitar digresiones), no cabría decir lo mismo de una estupidez artificial. Sobre las ideas «correctas» hay consenso en cada sociedad y época; por eso las respuestas correctas son predecibles, y lo predecible (que en este contexto se toma por «inteligencia») se puede simular. Pero es en la impredecible estupidez (entendida principalmente como antítesis de lo que se toma por «inteligencia»), es en la inevitable estupidez de una mente sin transparencia posible como la humana, en su fondo no programable, magmático, en el opaco sótano de sus amorfos y latentes contenidos sin codificar ni formalizar, donde surgen los milagros y los errores, y los errores que se convierten en milagros, e incluso, por así decirlo, el milagro del error.

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