
Escasamente veintidós años vivió el joven poeta René Dávalos, pero dejó una breve obra lograda en madurez de reflexión e intensa imaginación. En un país como el Paraguay, el destino de sus poetas y escritores es, muchas veces, trágico. Si no mueren jóvenes (René Dávalos, Nelson Roura, Miguel Ángel Caballero Figún, Eladio Battilana de Gásperi), los envuelve un proceso tumultuoso que impide el acceso a la plena madurez creativa. Si no son frutos arrancados antes de tiempo, son frutos malogrados por el tiempo. Se trata de plantas de una tierra estéril, una sociedad indiferente a la labor creativa y adversa a la poesía. Por el contrario, se impone en la vida, antes que lo creativo e imaginativo, la aspereza de la monótona, el lugar común, la vulgaridad, la fealdad y lo convencional. René Dávalos palpitó con las inquietudes de su tiempo, una década de protestas y de agudos replanteamientos respecto a los problemas de la sociedad y de reivindicación de un colorido vital, con pletóricas divisas de amor y paz.