Dice Karl Marx que Hegel dice en alguna parte que todos los grandes sucesos y personajes de la historia universal se repiten, como si dijéramos, dos veces. “Pero”, apostilla el panfletario renano, “Hegel se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”.
El ruido mediático provocado por la reforma migratoria que el Gobierno cubano promulgó recientemente subraya sobre todo el carácter anómalo de las leyes que pesan sobre la población de la isla. Desde 1959 y por más de medio siglo, el régimen castrista se ha arrogado el derecho a decidir quién puede salir de Cuba y regresar a ella. Y lo que es aún peor, esas decisiones se basan en un conjunto aleatorio de reglas no escritas, circulares confidenciales y criterios policíacos perfectamente opacos para el ciudadano de a pie.
El triunfalismo crónico de la prensa cubana ha glosado los éxitos deportivos nacionales en los trigésimos Juegos Olímpicos en Londres. La delegación obtuvo 14 medallas –5 de oro, 3 de plata y 6 de bronce– y terminó entre los primeros 20 países, cualquiera que sea el baremo con que se mida su desempeño.
