En una conversación con un intelectual ilustrado, se me ocurrió preguntarle a quiénes admiraba. Sin dudar me citó los nombres de cinco prominentes varones. Ni una sola mujer. ¿Alguna escritora? le pregunté. No leo a mujeres, me dijo sin pestañear.
Aunque me decepcioné no me sorprendió porque este es el común denominador: la mayoría de los hombres son fans de otros hombres, porque crecieron en la cis-hetero-normatividad basada en la masculinidad hegemónica.
No voy a generalizar. No es así con todos los hombres. Conozco algunos amigos que saben quiénes son y expresan gran admiración por Margarite Yourcenar, Juana María Dávalos, Serafina Dávalos, Madame Curie, Carmen Casco de Lara Castro. Pero desde muy chicos ellos aprenden a decir y a sentir que sus ídolos son Spiderman e Iron Man. Muchas mujeres también eligen como ídolos a figuras varoniles y es comprensible, ellos tienen más prensa y trascendencia que Virginia Woolf, la india Juliana, Emily Dickinson, Concepción Leyes de Chaves, Jane Austen, Hildegard Von Bigen, Juana de Arco, Hypatia de Alejandría, Enheduana y muchas otras personalidades femeninas de la historia y de la actualidad.
Pueden incomodar mis expresiones porque contradicen a una narrativa muy instalada: la de que la cultura masculina heterosexual está abierta, es universal y neutral. Cuando se mira de cerca se ve otra cosa. Un sistema de referencias donde los hombres consumen, validan y reproducen, principalmente, a otros hombres.
No es solo una cuestión cultural en abstracto. Tiene efectos concretos en cómo circula el poder, quiénes son escuchados y no quiénes quedan al margen.
No es que las mujeres no hayan alcanzado hitos impresionantes, sino que su reconocimiento ha sido limitado o ignorado por los libros de textos y el sistema social.
Romper con esta dinámica requiere un esfuerzo consciente y colectivo y un cambio más profundo en la estructura del sistema.
Es cierto que hoy hay más mujeres produciendo contenido, ocupando espacios y generando ideas, pero eso no garantiza que sean escuchadas en igualdad de condiciones.
Los hombres suelen tener una ventaja estructural: su palabra circula en un espacio donde otros hombres ya están dispuestos a escucharla. No tienen que romper esa barrera inicial.
El punto central no es si los hombres consumen o no contenido hecho por mujeres. Lo hacen. El problema es otro: a quién reconocen como autoridad.
Porque hay un componente de pertenencia. En muchos ámbitos, admirar a otros hombres es parte del código, construye identidad: el referente político, el líder de opinión, el deportista, el intelectual. Esa estructura funciona como una red de reconocimiento mutuo.
Las mujeres llevamos décadas elaborando los patriarcados que nos habitan, las relaciones con nosotras mismas, entre nosotras y con los hombres. Mientras tanto ¿Qué hacen los varones? ¿Cómo se sienten ante todos los cambios sociales, políticos, económicos, culturales, sexuales y emocionales que consigue la lucha feminista en todo el planeta? ¿Evolucionan?
¿Qué clase de debate público se construye cuando los interlocutores se parecen demasiado entre sí?
