Ese día, como cualquier jornada de calor intenso - e incluso no tanto - millones de personas se refrescaron con esta bebida noble en el Paraguay de punta a punta. Desde el Chaco recóndito hasta las riberas del Paraná, en oficinas públicas, talleres mecánicos, estancias, facultades o veredas de barrio, el tereré circula. Y también viaja: acompaña a nuestros compatriotas en el exterior, donde la guampa y la bombilla sorprenden a la par de volverse símbolo de pertenencia.
Al tereré acceden todas las clases sociales. Desde el pituco con traje hasta el que calza alpargatas. Está en la mesa del empresario y en la pausa del albañil. Se prepara con yerba, agua fría y, si se quiere, algunas hierbas medicinales. No exige gran protocolo ni equipamiento costoso. Esa sencillez es, quizá, su primera lección democrática.
Tiene además propiedades y atributos positivos para la salud. La yerba mate aporta antioxidantes y estimula; las hierbas refrescantes alivian el cuerpo en jornadas pesadas. El tereré hidrata, despierta y, sin exagerar, ordena el ritmo del día. Es una pausa activa: obliga a detenerse unos minutos, a respirar y a conversar.
Prácticamente, no tiene contraindicaciones, salvo en casos de acidez o algún problema digestivo, donde conviene moderar o suspender su consumo. Pero, en general, es una bebida amable. No embriaga, no altera, no excluye. Se ofrece sin pensar demasiado y así mismo se acepta también.
El tereré también enseña reglas de convivencia. La ronda impone respeto: se espera el turno, se devuelve la guampa al cebador, se agradece. Nadie se sirve solo. Esa pequeña liturgia cotidiana, repetida miles de veces, moldea una ética sencilla pero profunda: los paraguayos compartimos lo mucho o poco que tenemos.
En tiempos de tantas divisiones - ideas, signos políticos, intereses - el tereré tiende puentes. En una misma rueda pueden coincidir personas de opiniones opuestas y, sin embargo, sostener un diálogo cordial. Tal vez porque la frescura del agua y el amargor de la yerba nos recuerdan que la vida misma es una mezcla a la par que un equilibrio.
Está el que lo toma apurado, como un trámite más; y otros con mucha ceremonia. El democrático tereré aguanta todo, acompaña siempre. No te pide casi nada, se adapta al estrés de la oficina y le gusta la tranquilidad del campo. Un compañero leal siempre.
Por eso me atrevo a decir que el tereré, una joya de nuestro acervo cultural, es un poderoso elemento igualitario. Al margen de tomarse en una guampa de plata o en un vaso de yogurt reciclado, aglutina – como poco símbolos - a quienes vivimos aquí y también a quienes, en la distancia, siguen influidos por nuestras costumbres. En la ronda de tereré de la vida, todos nos reconocemos iguales.