Nuevas luchas populares arrecian y el gobierno global se verá en figurillas para centrar “una sola ley” contra el poder expresivo de las masas, salvo que aplique una dictadura representativa a través de los gobiernos nacionales. El tema de la libertad de expresión es muy complejo. Alemania por primera vez acaba de bloquear –en Twitter– la página de un grupo pronazi (solo lo menciono, ya que es un tema muy aparte. En Alemania, el uso de símbolos y eslóganes nazis puede ser juzgado penalmente. Contrariamente a EE.UU., donde la libertad de expresión está protegida en primer lugar, al menos eso dice su Constitución).
Nuestra región, que tiene sus peculiaridades por país, la regulación de las ofensas también va entrando bajo la potestad de programas humanitarios o de igualdad, sobre todo igualdad de género. ¿Qué palabras nos ofenden? El valor de las palabras está determinado por una comunidad, así por ejemplo decirle “corrupto” a una autoridad japonesa, no es lo mismo que decírselo a los políticos paraguayos, que ni cosquillas les hace y siguen mostrándose como referencia de robo institucionalizado. Sin embargo, otras palabras como “indio”, “negro” o “gorda”, entre otras, sí logran despertar enojos.
Dependiendo del emisor y de la intención los insultos tienen diferente tinte y eficacia. El cuerpo es un gran provocador también; por eso los gestos están incluidos en la lista de ofensas (en internet hay recomendaciones para que los viajeros no se vean en aprietos en otros lugares).
El tema en boga de evitar la discriminación pretende justicia, pero a la vez aplicaría gruesas y pegajosas vendas sobre todas las bocas, las más y menos educadas. ¿Quién debe determinar qué es una ofensa? ¿Nosotros, la gente, por lo que sentimos o los organismos que nos regulan? Los famosos del espectáculo, tantos tan liberales y defensores de vencer los tabúes sociales, también la tienen difícil en estos tiempos. Susana Giménez tuvo que pedir disculpas a las lesbianas, quienes se enfurecieron después de que ella emitiera una opinión muy espontánea sobre lo que sentía respecto a una relación homosexual. En otras palabras, su sinceridad se interpretó como un insulto. Mismo va ocurriendo con otros temas lanzados al ruedo de la relatividad ética y moral. De aquí al futuro, los planes sociopolíticos dicen querer convertirnos en seres más pacíficos, educados y amables a fuerza de ley.
Por su parte, los estudiosos (antropólogos, sociólogos, lingüistas, etc.) intentan ponerse de acuerdo acerca de las culturas, de las características particulares y generales de las poblaciones. Costumbres, tradiciones y vivencias son diferentes y se debe trabajar respetando la mentalidad colectiva del lugar.
Retomando la preocupación de Atkinson, que bien puede ser la de muchos otros humoristas y demás personas, ¿qué ocurrirá con el humor si sus recursos son prohibidos? El humor bien hecho es un espejo útil para la autocrítica y el crecimiento humano. El viejo refrán, siempre vigente, reza que la verdad puede doler pero no ofender.
Una generación de hombres y mujeres educados y respetuosos “a la carta”, quitaría a las sociedades el esfuerzo preciso para desarrollar naturalmente su humanidad.
lourdes@abc.com.py