Son días estos los de la prisa, los nervios, el ímpetu para finiquitar trámites y cerrar acuerdos, por despachar pequeños e intrascendentes asuntos pendientes, por ordenar lo desorganizado, dejar todo arreglado, reconciliarse, quedar listo y acicalado, como si el primero de enero fuese a acaecer el fin del mundo. Nadie hace planes para este día primero. Otro año comenzará, si Dios quiere y la Virgen le permite, al segundo día del incierto nuevo año existencial.
¿Es que acaso morimos un poco la noche del 31 de diciembre? Entre los mayores, en cierto modo, sí. Mientras los jóvenes planean eufóricamente la fiesta de recepción del nuevo año, para los de edad provecta se trata más bien de un rito de inhumación para el año de menos en la deprimente contabilidad inversa del calendario personal. Nuestra memoria vuela inevitablemente hacia quienes ya no están, en evocaciones que no se esquivan con las copas y los petardos de la celebración.
Estos últimos días son los únicos en los que la Filosofía gana alguna popularidad social; expande sus oscuras alas sobre párrafos, citas, versos y mensajes que nos intercambiamos armoniosamente con la finalidad de proporcionarnos recíprocamente aliento, resignación y afectuosidad; o insuflarnos optimismo. Nada de malo tiene, por supuesto; excepto cuando la redundancia, la cursilería o los lugares comunes hacen sonar el gong del fastidio.
Está bien destinar estas festividades a la aproximación, al avenimiento, al perdón recíproco, a la exaltación de lo espiritual, a la niñez; es conveniente en estos días ceder al buen consejo de la emoción sentimental, tanto como en afanarse en los obsequios que la testimonien. Porque, como todo el mundo sabe, no es suficiente sentir en lo íntimo, es preciso dejar constancia material, sensorial, de ello; y constancia oportuna, no tardía. Hay que seguir el consejo del viejo dicho inglés: “Envíame flores cuando las pueda oler”.
Si es inevitable para los “adultos mayores” (eufemismo inventado para que los viejos necios no se incomoden) asociar el fin de año con el fin de la vida, más conveniente sería hacerlo alegremente.
Algunos buenos chistes, dichos en el momento apropiado, suelen servir magníficamente a este propósito, porque para lo inevitable no se conoce mejor antídoto que el sarcasmo o la irreverencia. Un personaje que pasó muchos años haciendo entretenida vida social en velorios de familiares, de amigos, de conocidos e, incluso, de ciertas personalidades, aun siéndoles desconocidas, siendo él mismo ya viejo, en cierto funeral manifestó: “Algo me dice que esta es una de las últimas veces que asisto como espectador”.
Son también estos los días de las autopromesas. Gastaremos menos, amaremos y rezaremos más, haremos ejercicios físicos, consultaremos con el médico, bajaremos de peso, cumpliremos con los buenos amigos, saludaremos puntualmente al vecino, practicaremos la caridad, comeremos y beberemos ordenadamente, seremos disciplinados con nuestras obligaciones, cuidaremos a nuestros ancianos, mimaremos a nuestros niños y no insultaremos a los demás conductores. Ningún estado anímico es más agradable que el que sigue a la toma de una excelente decisión.
No es buena época esta, no obstante, para desvelarse. Salvo las personas que pasan por momentos dramáticos inevitables, las demás han de enterrar inquietudes y aflicciones bajo la prodigalidad de las sonrisas, la efusión de los abrazos, la profusión de los brindis y el intercambio de buenos deseos. No hay que inquietarse por lo incierto e indeterminado; hay que aprender de aquel anciano que se lamentaba de que hubiera pasado la mitad de su vida preocupándose por cosas que jamás ocurrieron.
No hay que escuchar a los que anuncian el fin del mundo; solo buscan angustiar a sus acreedores.
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