Afortunadamente —para muchos de los aspectos de la historia de estos últimos cincuenta años— nueve de cada diez hispanoparlantes no son españoles, y la obra de Miguel Hernández se editó y se agotó reiteradamente en América, siendo en muchos casos (pienso en los poetas “invencionistas” argentinos) la influencia más decisiva de la moderna poesía castellana, al lado de nombres como Apollinaire, Cendrars o Dylan Thomas.
Como todo genio o tesoro largamente enterrado, la vida y la obra de Miguel Hernández corren el riesgo de manipulaciones excesivas en esta hora de su suntuosa exhumación. Ni la negación de Perito en lunas (como mero ejercicio gongorino) en beneficio de la rotunda poesía de combate de El hombre acecha, ni el acento puesto sobre ciertos sonetos a la Virgen (o sobre su notable auto sacramental, en tiempos de la gran influencia de Ramón Sijé sobre el poeta) para demostrar la extracción religiosa de su inspiración; ni una cosa ni otra: el tironeo entre izquierdas y derechas, en definitiva, para entronizar a Hernández de su lado, no ayudará a clarificar la figura y la obra de cada uno de los poetas más vastos y profundos que ha dado la literatura española. Como un aporte a esa necesaria clarificación —y siguiendo en todo a los mejores especialistas hernandianos— esta nota se propone situar al hombre y a la obra en el breve y turbulento tiempo en el que les tocó vivir y florecer.
¿Acaso no sorprende que en apenas quince años pueda construirse con suficiencia su obra de especial relieve para la posteridad literaria? Con premuras de vida y a golpe de adversidad sucesiva, ciertamente premonitoria, en esa brevedad de tiempo Miguel Hernández alcanzó a realizar de exitosa manera una producción dentro de los moldes genéricos de la poesía y del teatro a la cual, después de su tardía recuperación al levantarse la mordaza franquista, hoy la crítica atribuye por su laboriosa rigurosidad, dimensión elegíaca y consecuencia de firmes convicciones éticas, un lugar muy destacado entre las más genuinas contribuciones artísticas de la historia cultural española contemporánea. Y ello, además, porque ilustra paradigmáticamente la sincronía entre las circunstancias del acontecer de la España del primer tercio del siglo XX y un hombre fiel a sí mismo y a los distintos trasuntos artístico-literarios e ideológicos que conoció durante su exigua existencia.
Fue Hernández persona de piel curtida y broncínea por la libertad del campo, siempre con pelo al rape y cierta ingenuidad en el fondo de la mirada, tosco en ademanes y risa fácil, con nobleza y albarcas por aliño. La constancia y persuasión en el trabajo creativo, la capacidad para absorber influencias de vario signo hasta encontrar la voz propia, la evolución de sus posiciones contradictorias y un rebelde temperamento delinearon sin desajustes su personalidad lírica y dramático-poética.
Orihuela, su tierra natal, es una pequeña ciudad alicantina bañada por las aguas del Segura, y que por los tiempos del nacimiento del poeta —1910— tenía bien estratificada la división de clases, a través de una pirámide que iba desde los ricos y escasos propietarios de las feraces tierra oriolanas, hasta los jornaleros en paro más o menos endémico, pasando por los variados niveles de una burguesía que se proletarizaba al llegar al estadio de los cabreros y otros pequeños propietarios y trabajadores independientes. A este último nivel, precisamente, pertenecía Miguel Hernández Sánchez — su padre—, como lo aclara José María Balcells (en Miguel Hernández, corazón desmesurado), y el propio Hernández lo precisó un par de veces en entrevistas que se le hicieron, intuyendo acaso la simple velocidad con la que se fabrican las leyendas. El hogar de Miguel (“Sus ingresos proceden de la cría de cabras y ovejas —dice Balcells, refiriéndose al padre—, que pastorea por la huerta y la sierra con ayuda de su hijo primogénito, Vicente. Además, reparte leche por la ciudad”.) era por lo tanto pobre, pero sin privaciones, lo que no es poco decir en la España rural de aquellos años.
En lo que respecta a su formación autodidacta, poco importa traer aquí las discrepancias entre algunos de sus biógrafos (según Leopoldo de Luis, deja de asistir al colegio a los 12 años; para Balcells, acude a los jesuitas entre los 13 y los 15; María de Gracia Ifach sitúa esa asistencia entre los 12 y los 14), ya que parece incuestionable. Poco más que leer y escribir, y las cuatro operaciones, es lo que sabe Miguel cuando su padre —hombre pragmático y conservador— decide que vale más la ayuda del hijo en el trabajo, que lo que borrosamente pueda darle el estudio. La amistad con Carlos Fenoll, con los hermanos Martín Gutiérrez (que serían luego conocidos bajo los seudónimos de Ramón y Gabriel Sijé), con el sacerdote don Luis Almacha (quien llegaría a ser obispo de León), la propia voracidad intelectual y la intuición poética de Hernández, harían el resto.
Tal vez quepa aquí este juicio del español Antonio Muñoz Molina, aplicado a su formación y personalidad: “Tenía desde que encontró su vocación, en la primera adolescencia, la desvergonzada capacidad de mimetismo de los grandes autodidactas, el amor agraviado por el saber de quien fue apartado demasiado pronto de la escuela. Una leyenda que él mismo se ocupó de alimentar ha exagerado la pobreza de sus orígenes, y contribuido fatalmente al malentendido paternalista y populista que hace de él un talento rústico, una especie de diamante en bruto. Es verdad que Hernández dejó la escuela a los 14 años y se puso a cuidar cabras, pero las cabras pertenecían a los rebaños de su padre, que era un hombre de cierta posición. Más que la pobreza, lo que debió de herirlo cuando tuvo que abandonar la escuela fue la vejación de verse a sí mismo pastoreando cabras mientras otros con menos inteligencia natural que él continuaban en las aulas; también la sinrazón de una brutal autoridad paterna que no por ser propia de la época era menos hiriente para su espíritu innato de rebeldía y de justicia. El padre despótico veía la luz encendida a altas horas de la noche en el cuarto del niño lector y lo castigaba a correazos y a patadas (20 años después su hijo estaba muriéndose de neumonía y tuberculosis en la prisión de Alicante y no se molestó en visitarlo)”.
La devota y huertana Orihuela, la alicantina Oleza que recreó Gabriel Miró, le había visto nacer el 30 de octubre de 1910 (que este año se cumplen, precisamente, 100 años), y crecer entre el estridor de hábitos y sotanas, efluvios de cabrería y fragancias colgadas en el pórtico de la vega del Segura, como ya lo hemos señalado. Tuvo breve instrucción escolar, pues aún adolescente fue requerido por las tareas paternas de cría, pastoreo y comercio de cabras. Entre estos obligados afanes, la curiosidad y la avidez lectora, saciadas en los anaqueles del Círculo de Bellas Artes orcelitano y de la biblioteca personal del canónico Luis Almacha, contribuyeron a su formación y le llevaron a la poesía. Junto al rebaño familiar ideó un mundo poético que pensaba prestigioso por sus resonancias bucólicas grecolatinas y proximidad con modelos contemporáneos —desde el modernista tardío de Gabriel y Galán a Bécquer o Juan Ramón Jiménez— y que, en realidad, se constriñó a una serie de bocetos costumbristas condensada en la descripción paisajística y en una extensa gama de percepciones sensoriales extraídas de su cotidianeidad huertana. Un centenar de poemas, algunos de ellos publicados en periódicos y revistas de ámbito local y provincial, constituye esta protohistoria poética cuya significación sin duda estriba en el esfuerzo técnico y el ligero despunte de temas que hallarán pronto más feliz tratamiento. Compelido por la vocación y la voluntad de su reconocimiento literario, el joven “poeta pastor” viajó en el otoño de 1931 a Madrid, pero a los escasos meses hubo de regresar con el desaliento de la incomprensión y la evidente necesidad de renovar su expresión.
La insistencia en la dureza de las condiciones de la infancia y adolescencia del poeta es otro de los mitos culturalistas y bienpensantes que lo rodean. Suele cargarse el acento sobre ese padre insensible que, al no comprender que albergaba bajo su techo a un genio, le dificultó el acceso a la cultura. Pero se olvida, al hacerlo, que la formación intelectual —la menos importante, para una poética como la que desarrollaría Hernández—se dio de todos modos con la naturalidad de los encuentros que él necesitaba y que buscó, y que —simultánea y afortunadamente— la vida pastoril lo dotó con las experiencias más acordes con su sensibilidad, y con lo que sería la original frescura y la sensualidad que distinguen a la poesía hernandiana entre todas las de sus contemporáneos. Hasta su encuentro con Carlos Fenoll —hijo de panaderos y repartidor de pan— Hernández había leído desordenadamente lo que le caía entre manos (“Lo primero que leí fueron novelas de Luis de Val y Pérez Escrich”, declara en una entrevista que le hacen en 1932), principalmente dramones versificados que publicaba la revista La Farsa (en cuya imitación escribió una pieza teatral titulada La Gitana, en cinco largos y grandilocuentes actos) y obras de Villaespesa, Ardavín y Marquina. La tertulia de la panadería, a la que asisten también los hermanos Sijé, abre su horizonte literario a otras lecturas, que pasan a mayores cuando tiene acceso a la biblioteca del padre Almacha. Según anota José Martínez Arenas, es en esa biblioteca donde Miguel descubre a San Juan de la Cruz, a Gabriel Miró, a Verlaine, a Virgilio —en la traducción de Fray Luis de León—, y La Eneida se convierte por un tiempo en inseparable compañera de sus pastoreos. Por el lado de Ramón Sijé le llegará el conocimiento de las figuras capitales del Siglo de Oro, y el acercamiento a los poetas y escritores modernos. Los testimonios de sus amigos, y sus propias declaraciones de los primeros años treinta, permiten enumerar entre sus autores más frecuentados a Rubén Darío, Antonio Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez y, sobre todo, “Góngora, Lorca y Gabriel Miró”, como declara en 1931.
El 30 de diciembre de 1929 —y en el semanario El Pueblo, de Orihuela—Hernández publica su primer poema (“Pastoril”), al que seguirán “En mi barraquita” y “Marzo viene”, al año siguiente y en el mismo medio.
Por entonces —y a influencias del neogongorismo que se respiraba en Madrid—Miguel comienza a componer los poemas de Perito en lunas, crece su confianza en sí mismo y va desapareciendo su timidez. Puede decirse que ese año, auguralmente iniciado con su libro, comienza la vida pública de Miguel Hernández, que sólo interrumpirá la muerte una década después. Lee sus poemas en la Universidad de Cartagena y en el Ateneo de Alicante, y la revista Cruz y Raya publica su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, que tiene gran éxito en Madrid. Por entonces culmina la influencia mística y profundamente clásica que sobre él ha ejercido el pensamiento de su entrañable amigo Ramón Sijé, y que comenzará a declinar a partir del año siguiente. Ese año de 1934 será decisivo en la evolución de su la vida y la obra, por tres razones fundamentales: comienza su relación con la que sería su mujer, Josefina Manresa; escribe los poemas de El silbo vulnerado; realiza su segundo —y esta vez exitoso— viaje a Madrid.
En cuanto a El silbo vulnerado (escrito en este año, y que perfecciona Imagen de tu huella y anticipa El rayo que no cesa) es el libro que ofrece ya madura la “marca” hernandiana ante la poesía, como veremos más adelante, y su colaboración (aunque fue publicado póstumamente, por José M. de Cossío, en Espasa Calpe, 1949), participa a dos puntas de la depuradísima técnica de Perito en lunas y de la pasión humana de su poesía posterior.
El segundo viaje a Madrid, por su parte, puede considerarse como un traslado del poeta al centro de la vida intelectual castellana: ya no volverá a Orihuela sino por vacaciones, para casarse, o por la muerte de su querido Ramón Sijé; la guerra, dos años después, y las prisiones, en lo que le queda de vida, lo trasladarán por su cuenta de allí en adelante. Luego de unos meses de inseguridad, que amenaza con la repetición de su primera aventura, Miguel consigue trabajo en la enciclopedia taurina que prepara don José María de Cossío, consolida su amistad con García Lorca y Rafael Alberti y —a través de ellos— conoce al hombre que suplantará a Ramón Sijé como maestro e ideólogo: Pablo Neruda, por entonces a cargo del consulado de Chile. Por medio de sus nuevas amistades, Hernández descubre el surrealismo (que parece haber pasado por alto en su primera estancia madrileña), y las ideas sobre el “compromiso” y la responsabilidad del intelectual y el poeta, tan distantes del rígido catolicismo de Sijé y de las charlas estéticas de la tertulia de la panadería oriolana. Dos concepciones ideológicas irreductibles, libran batalla ese año en el ánimo de Hernández, y lo ponen al borde de situaciones patéticas: durante las vacaciones, por fidelidad al amigo, participa de las tareas fundacionales de El gallo crisis, revista capitaneada por Sijé; pero en el otoño, en Madrid, no consigue hacer circular sus números entre sus nuevos amigos, interesados en otro espectro de lo poético y de lo real. Es posible que la huelga de los mineros asturianos —ferozmente reprimida por el gobierno en octubre de 1934—acabe de decidir el conflicto interno de Miguel: en todo caso sabemos que le inspira el drama en tres actos Los hijos de la piedra, y que por esas fechas recibe también una carta apesadumbrada y plena de advertencias de su amigo Sijé, sobre lo que éste juzga como su deserción intelectual. La amistad con Vicente Aleixandre —la más importante junto a la de Neruda—termina de definir la madurez ideológica del poeta, a la que ya no hará vacilar ni siquiera el profundo dolor que le causa la muerte del “compañero del alma” en diciembre de 1933. La realidad se impone y lo devora todo: la muerte de Sijé es casi contemporánea del asesinato de García Lorca; del triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero del 36; del alzamiento del general Franco, que abre la puerta a tres años de guerra despiadada, y a una larga posguerra de la que el poeta sólo alcanzará a conocer los prolegómenos.
A Miguel Hernández todo le pasó en un tiempo muy breve, pero su vida es una larga cadena de esperas. Habría que sustraer, de los pocos años que vivió, todas las horas, los días, los meses que se pasó esperando algo, desesperando de que no llegara, enviando peticiones de ayuda a personas siempre mejor situadas que él que no tenían el tiempo o las ganas de contestar a sus demandas. Otros disfrutaban el resguardo de una posición social o de un privilegio literario o político: Miguel Hernández se supo siempre a la intemperie, en la paz o en la guerra, en la literatura y en la vida, en la cárcel y en la cercanía de la muerte. Esperó tanto, hasta el final, que los últimos días de su vida los pasó esperando que lo trasladaran a un sanatorio antituberculoso, que le trajeran a su hijo para poder verlo por última vez.
Antonio Muñoz Molina escribe: “Recibía cartas y aguardaba respuestas con expectación angustiada: cartas a su esposa, Josefina Manresa; cartas a los amigos, a los que pedía favores apremiantes, dinero prestado, influencias; cartas a los poetas célebres, a los que asediaba con una mezcla de orgullo insensato y tosco servilismo; cartas desde la cárcel, en los últimos años de su vida, solicitando avales políticos, gestos de clemencia, noticias sobre el hijo demasiado pequeño y demasiado frágil que tal vez acabara teniendo el mismo destino del hijo anterior, muerto a los 10 meses, amortajado con los ojos abiertos, con el mismo gesto atónito que se le quedó a él mismo cuando velaban su cadáver: unos ojos muy grandes, desorbitados por la enfermedad de la tiroides, sobre cuyo color exacto no hay acuerdo entre los testimonios de quienes lo conocieron. Qué podemos saber de verdad sobre la vida de alguien que murió no hace tanto, en 1942, si los testigos ni siquiera concuerdan en el color de sus ojos: Miguel Hernández los tenía verdes y muy claros, o muy azules, resaltando más su cara morena; o los tenía pardos, según dice uno de sus biógrafos, Eutimio Martín, aportando la prueba de su ficha militar y la de su filiación de prisionero”.
Para la correcta valoración de El rayo que no cesa como obra destacada en la producción hernandiana ha de considerarse su proceso de composición, equilibrada estructura y solidez de un mundo poético que, desligado de ataduras estéticas precedentes o ya apenas residuales, se configurará resueltamente mediante una expresión neorromántica. Un notable y logrado esfuerzo de vertebración orgánica ordena las treinta composiciones que contiene, en la cuales predomina el soneto. Entre un poema en redondillas a modo de prólogo y los tercetos encadenados de la “Elegía” a Ramón Sijé, final del libro, se disponen dos partes de trece sonetos, cada una en torno a un eje significativo, la silva consonántica cuyo primer verso comienza “Me llamo barro, aunque Miguel me llame”. La unidad y su coherente estructuración temática, así como el lenguaje conceptista, son sin duda, las peculiaridades más interesantes del poemario. Se trata de un exaltado canto íntimo de amor, enraizado en una tradición hispana cuyo origen se remonta a los cancioneros del siglo XV, al amor cortés de la lírica trovadoresca y, en su configuración de Petrarca, a Gracilaso de la Vega, Francisco de Aldana y a los poetas barrocos, especialmente a Francisco de Quevedo.
Miguel llega ya seriamente enfermo a Alicante, donde el hambre, el frío y las aguas contaminadas de la prisión, acaban de minar su salud. Sin embargo, no se deja derrotar por la adversidad: aprende inglés, trabaja con sus compañeros, y escribe el asombroso y destilado Cancionero y romancero de ausencias. El último poema que, según todas las evidencias, Hernández escribió son dos versos que resumen la conmovedora intensidad y economía que había alcanzado en sus postreros años: “¡Adiós hermanos, camaradas, amigos: /despedidme del sol y de los trigos!”.
En la mañana del 28 de marzo de 1942 —sábado y vísperas del Domingo de Ramos— a Josefina le rechazan la cesta de comida que llevaba para su marido: la amada se va “sin preguntar nada, porque no tenía valor de que me aseguraran su muerte”. Efectivamente, Miguel estaba muerto, y en su último momento la había recordado: “Josefina, hija, qué desgraciada eres”, fueron sus últimas palabras.
Miguel fue enterrado al día siguiente, en el nicho número 1009 del cementerio de Nuestra Señora del Remedio, donde reposa todavía. En su sencilla lápida no hay fechas ni testimonio alguno; solamente se lee: “Miguel Hernández, poeta”.