Formales con los ingresos e informales con el gasto

El título de este comentario pretende reflejar la política fiscal aplicada en nuestro país. También podría llevar por denominación la equivocada política fiscal o sencillamente cuando la politiquería está por encima de los ciudadanos que trabajan e invierten.

Formales con los ingresos
 e informales con el gasto
Formales con los ingresos e informales con el gasto

La realidad es que en Paraguay los cuantiosos recursos obtenidos por el Estado a lo largo de estos años se han llevado a cabo con tal minuciosidad que resulta muy propia del pensamiento mainstream (el ortodoxo y dominante a la fecha) al que nos tienen acostumbrados los políticos, burócratas y técnicos que prefieren seguir apretando al contribuyente sin interesarles los efectos sobre la economía en general.

La extrema formalidad de esta línea de pensamiento aplicada sobre los que ya pagan sus tributos es tal que nada parece ponerse en su camino; excepto que de seguir así surgirá en su momento una verdadera “revolución impositiva” debido a que la economía no podrá crecer como bien podría hacerlo y algunos genuinos líderes empresariales y políticos se percatarán, por fin, que la causa está precisamente en quienes han depositado una confianza ciega como en efecto ocurre a la fecha.

Aquella “revolución impositiva” que no es más que decirle a los “formales con los ingresos” que termine la manifiesta informalidad con el gasto público, el cual ha pasado todo viso de racionalidad. Sin contraprestación, ni calidad ni rendición de cuentas, los gastos públicos se remiten a un barril sin fondo de donde solo unos pocos privilegiados saben lo que ocurre ahí dentro. Suficiente para explicar lo antedicho es el reciente informe del Foro Económico Mundial que prueba el mal uso del dinero público por parte de los gobiernos de los países de América Latina y el Caribe. El despilfarro, según se consigna, llega a la suma de US$ 220.000 millones, equivalentes al 4,4% del Producto Interno Bruto (PIB) de la región. Nuestro país desde luego está bien identificado. Ocupando el noveno lugar entre las naciones con peor gasto público que llega a la friolera suma de más de US$ 1.500 millones, correspondiente a 3,9% del PIB.

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Y cuando se habla de mal gasto público tal como dice este estudio no hay que tomarlo a la ligera como si no fuera un hecho más de los muchos que existen todos los días. Peor gasto público es igual a decir robo, despilfarro, riqueza mal habida, corrupción, re direccionamiento de los recursos para fulminar como un veneno al ahorro y la inversión y la inversión privada y además significa malas ideas con consecuencias que solo pueden ser también malas. ¿Acaso el peor gasto público es causado por los ciudadanos de a pie, las familias que se desvelan a diario por sus hijos y llevan el pan con sacrificio a sus hogares?

De ninguna manera, el peor gasto público tiene su origen en ese pensamiento mainstream de la que sus depositarios más fieles están consumando a diario el robo y el despilfarro por medio de una práctica contraria a los intereses de los contribuyentes que ya pagan sus impuestos y no reciben a cambio lo que debieran. El pensamiento dominante, el ortodoxo que hoy impera, es capaz también de llamar como “desarrollistas” a ciertas políticas públicas para supuestamente mover la economía, cuando que lo único que crean es más endeudamiento que terminan por afectar la política monetaria.

Lo que pasa es que el pensamiento mainstream está en los centros de estudios, en la academia y se lee a libro cerrado aprobándose con deleite en los diferentes poderes del Estado llegando a los municipios en todo el país. El gasto público no es más que un papel y número expresado técnicamente, pero que carece de importancia para los tecnócratas, aún cuando el saldo esté en rojo.

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A los protagonistas y hacedores del mal gasto que hoy tenemos no les inmuta el efecto “crowding out” sobre la economía, por el cual la capacidad de ahorrar e invertir por parte de los individuos y las empresas se reduce por efecto de la intromisión estatal, debido precisamente al mal gasto existente y constatado.

El Presupuesto de gastos del Estado es un cheque firmado por el pueblo contribuyente sin monto alguno, que, por cierto, es llenado con más dígitos sin el consentimiento expreso de los firmantes. Es lo que implica la violación de los preceptos del liberalismo republicano universal, por el cual se establece el “dictum” de lo que no hay impuesto ni carga al pueblo sin su debida y genuina representación.

La formalidad extrema en lograr más ingresos y la lacerante informalidad en el gasto es un tema fundamental para la economía en su conjunto y no solo para las finanzas públicas. El Estado, mediante el gobierno, debe tener objetivos claros en el correspondiente año fiscal de modo a aumentar la eficiencia y eficacia de su actividad.

Sólo acabando con el mal gasto que hoy se conoce, dónde y cómo opera, se podrá contar con una política económica genuina para el desarrollo del país. Para ello se necesitan ideas y liderazgo. Al final y al cabo es el sector privado el verdadero creador de riqueza, bienestar y empleo.

(*) Decano de Currículum UniNorte. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”; “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.

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