La cuantificación de la incertidumbre del riesgo

Todos estamos expuestos al riesgo. Es un acontecimiento latente que puede o no ocurrir. Nadie es capaz de predecir cuándo y cómo puede presentarse, y es allí cuando se convierte en incertidumbre.

En seguros, hablar de riesgo implica necesariamente hablar de incertidumbre. Si un acontecimiento fuera absolutamente cierto, conocido en su ocurrencia, momento y magnitud, dejaría de constituir un riesgo asegurable para transformarse en una obligación cierta. Precisamente por ello, una de las tareas esenciales de la actividad aseguradora consiste en cuantificar la incertidumbre, es decir, transformar hechos futuros e inciertos en estimaciones económicas suficientemente razonables para establecer primas, reservas, límites de cobertura y necesidades de capital.

La incertidumbre del riesgo no significa ausencia de información. Por el contrario, el seguro procura administrar esa incertidumbre mediante información estadística, experiencia histórica, modelos actuariales, análisis de exposición y conocimiento técnico. La aseguradora no necesita saber exactamente cuál vehículo sufrirá un accidente, qué establecimiento tendrá un incendio o qué persona padecerá determinada contingencia. Lo que necesita es poder estimar, dentro de una cartera suficientemente amplia, con qué frecuencia pueden ocurrir los siniestros y cuál podría ser su costo.

Allí aparece una primera dimensión de la cuantificación: la frecuencia, relacionada con la probabilidad de ocurrencia. La segunda es la severidad, vinculada con la magnitud económica del daño. Dos riesgos pueden presentar una frecuencia semejante y, sin embargo, consecuencias financieras completamente diferentes. Del mismo modo, determinados eventos de muy baja probabilidad pueden representar pérdidas extraordinariamente elevadas, como ocurre con terremotos, inundaciones severas, grandes incendios industriales o eventos catastróficos.

Por esta razón, la prima de seguros no puede concebirse simplemente como un costo comercial. En su esencia técnica constituye una expresión monetaria de una expectativa de pérdida por algún evento futuro. A esa expectativa deben agregarse márgenes destinados a absorber desviaciones de siniestros, gastos de administración, costos de adquisición, reaseguro y otros componentes necesarios para mantener la solvencia y el equilibrio entre prima y siniestros.

Existe además otro tipo de incertidumbre que deviene de las mismas estadísticas históricas ya que estas pueden dejar de representar adecuadamente el futuro. Por ejemplo, los cambios tecnológicos, inflación, fenómenos climáticos, modificaciones jurídicas, nuevas conductas sociales o alteraciones económicas que pueden transformar radicalmente el comportamiento de determinados riesgos y por ende cualquier proyección estadística. En consecuencia, cuantificar la incertidumbre exige revisar permanentemente estos supuestos para corregir “a tiempo” las tarifas y las reservas.

El cambio climático resulta el mayor peligro. La experiencia histórica demuestra el aumento de inundaciones, tormentas, tornados, sequías y fenómenos climatológicos que alteran cualquier estadística de previsión. Algo similar ocurre con el riesgo tecnológico, donde la velocidad de transformación de la tecnología hace difícil prever estadísticas de largo plazo.

Esta realidad explica la importancia del reaseguro. La aseguradora puede estimar correctamente la pérdida promedio de una cartera y aun así encontrarse expuesta a una desviación excepcional. El reaseguro permite transferir parte de esa volatilidad y proteger el patrimonio frente a pérdidas que exceden los parámetros normales esperados.

En definitiva, la verdadera técnica aseguradora no consiste en eliminar la incertidumbre, sino en tratar de medirla, valorarla, distribuirla o mejor cuantificarla adecuadamente.

Ahora bien, cuanto mejor sea la información, mayor será la capacidad técnica del asegurador y más precisa la estimación. Pero aun así persistirá un margen de incertidumbre. Y justamente allí reside la esencia económica del seguro: convertir una pérdida patrimonial incierta de una persona, potencialmente grave por un evento imprevisto, en un costo colectivo anticipado, administrable y cierto.

La cuantificación de la incertidumbre, por tanto, no es solamente una herramienta actuarial. Es el fundamento mismo del equilibrio técnico, de la suficiencia de las primas, de la constitución de reservas y de la solvencia de las compañías. Asegurar es, en última instancia, ponerle un valor económico a aquello que todavía no sabemos si ocurrirá.

Estimación económica

Una de las tareas de la actividad aseguradora consiste en cuantificar la incertidumbre, transformar hechos futuros e inciertos en estimación económica.

(*) Abogado