Luego de la muerte de Carolina Marín (14 años) en manos de su tutor, se revivió la antigua polémica del criadazgo. Este caso provocó una conmoción a la sociedad, luego de que la Secretaría de la Niñez y Adolescencia haya informado que, según datos del 2011, son casi 47.000 los niños, niñas y adolescentes sometidos a la práctica.
Aunque parezca difícil creer que una mamá pueda mandar a su propio hijo a vivir con personas extrañas, tal vez sea la única solución que encuentren algunos padres cuando pertenecen a estratos sociales de muy escasos recursos. Para una familia pobre con muchos integrantes y que vive en una aislada localidad del interior, enviar a su hija junto a personas que “la van a hacer estudiar y tener bien” puede ser la mejor idea a su alcance.
Sin embargo, hay que saber diferenciar entre una familia acogedora y una “patrona”. Mientras la primera protege al niño, le brinda cariño y trata como hijo propio, la segunda se aprovecha de la situación de vulnerabilidad del pequeño, evita el vínculo con la familia de origen y solo le mantiene a cambio del trabajo infantil.
La mayoría de los “criaditos” son traídos a la capital o a grandes ciudades para cumplir la función de empleados domésticos, a cambio de comida, ropa y, a veces, educación. Pero, luego, muchos de ellos padecen humillaciones, castigos físicos, daños psicológicos y hasta abusos sexuales. Si bien existen casos en los que los pequeños viven mejor con las familias sustitutas, son pocos los afortunados.
Estas prácticas violan los derechos del niño, pues el artículo 54 de la Constitución Nacional establece: "La familia, la sociedad y el Estado tienen la obligación de garantizar al niño su desarrollo armónico e integral, así como el ejercicio pleno de sus derechos, protegiéndolo contra el abandono, la desnutrición, la violencia, el abuso, el tráfico y la explotación". Con el criadazgo, los pequeños se vuelven más vulnerables y susceptibles a padecer todo tipo de maltratos, además de crecer en ambientes inapropiados para su formación psicosocial.
Entre los delitos que podrían darse en la situación de criadazgo y cuya sanción se prevé en la ley n.° 1160/97 del Código Penal, se mencionan: maltrato de menores, abuso sexual de personas bajo tutela, estupro, actos homosexuales con menores, proxenetismo y violación del deber de cuidado o educación (artículos del 126 al 140).
El criadazgo no es una solución a la pobreza. Aunque parezca una buena opción, existen pruebas claras de que el sistema no siempre tiene un final feliz. Quienes crecen en esas condiciones, normalmente, no reciben educación básica siquiera, por lo que, al ser mayores de edad, terminan desempeñándose en labores poco remuneradas, tienen muchos hijos inconscientemente por la falta de formación y, una vez más, la historia se repite.
Los infantes poseen el derecho de crecer con su familia biológica, jugar con sus amiguitos y no ser explotados. Los padres deben hacer el máximo esfuerzo para garantizar el bienestar del niño. Por su parte, la ciudadanía tiene que denunciar los casos de criadazgo abusivo llamando al 147, una línea gratuita y confidencial de la Secretaría de la Niñez y Adolescencia.
La preocupación crece cada día, pero aún no se plantean soluciones concretas al problema. La oenegé Global Infancia lanzó un “Diagnóstico cualitativo sobre la situación de niños y niñas criados”, en el cual detallan muchas posibles acciones a realizar a nivel social, gubernamental y estatal, entre las que se pueden destacar: “El trabajo de un niño de menos de 14 años en esas circunstancias no sería aceptable, y debería ser denunciado y desmotivado a partir de campañas de información, educación y control administrativo”. El documento completo debería ser tomado como guía para poder erradicar la problemática algún día.
A pesar de que son muchas las leyes que penalizan el criadazgo y existen varias soluciones al problema, los gobernantes no toman cartas en el asunto, pues no existe control seguro acerca de la situación de los miles de niños que se encuentran lejos de sus hogares. Mientras tanto, ellos siguen despertando en casas extrañas, alejados de sus familias, trabajando duro y soñando con un futuro mejor.
Por Ana Jazmín Lezcano (20 años)
