Una pausa necesaria

Hay semanas en las que el paraguayo se despierta, agarra su teléfono y, antes de tomar el primer café, ya está cargando el peso de al menos tres escándalos, dos crisis y una indignación que todavía no terminó de procesar. Es que el flujo informativo no para nunca.

Una noticia empuja necesariamente a la otra. El ruido se acumula y, sin que uno lo decida, el día empieza mal. Tal vez no por lo que pasa en la propia vida, sino por lo que pasó, lo que se vio o escuchó en la pantalla. Esa es, quizás, la forma más silenciosa y más extendida del malestar paraguayo: no es solo lo que ocurre, es la imposibilidad de escapar de ello.

Pero, sin embargo, esta semana también pasaron otras cosas, y buenas. Por ejemplo, un tenista joven paraguayo de 21 años, Dani Vallejo, ganó en Madrid a un ex número tres del mundo y ayer a un número 21 del mundo, sigue avanzando, y jugará el torneo Roland Garros, donde Paraguay no llegaba desde hace 28 años.

Alguien emprendió; alguien terminó una carrera que empezó tarde; alguien construyó algo con sus manos en el interior del país que nadie va a difundir masivamente, pero que igual existe. Las buenas noticias están y no desaparecen: simplemente no tienen el mismo motor de difusión. No generan el mismo clic, no alimentan la misma urgencia, no encienden las mismas conversaciones. Flotan un momento y se hunden. Son con el humo que se dispersa con el primer viento.

El problema no es solo de los medios de comunicación ni de los algoritmos, aunque algo tengan que ver. Es también un hábito colectivo que vale la pena revisar. Consumir solamente el relato de lo que falla tiene un costo que no siempre se nombra: erosiona la autoestima de la gente, del pueblo. Instala la idea de que nada funciona e inmediatamente genera una resignación que termina siendo hasta cómoda para quienes prefieren que no exijamos demasiado. Pero ojo, la indignación permanente, paradójicamente, puede volverse tan paralizante como la indiferencia.

Y en el fondo, también hay algo más profundo que explica por qué, a pesar de todo, el paraguayo sigue avanzando. Sale adelante porque es guapo, porque se esfuerza, porque se sacrifica en silencio, con una constancia que no se quiebra. Es un país que ha sobrevivido a dos guerras y que sigue librando otras más cotidianas, más invisibles, todos los días. Hay una fuerza heredada, una memoria de resistencia que empuja a levantarse incluso cuando el contexto no acompaña y que sostiene historias de esfuerzo que algunas veces ocupan titulares.

Pero deberá llegar el momento en el que ese orgullo no tenga que sostenerse solo en la capacidad de resistir. Que también podamos ver que el país acompaña, ordena, potencia. Porque el talento paraguayo está, pero necesita un entorno que lo impulse: infraestructura, oportunidades, condiciones dignas en lo cotidiano. El verdadero desafío es pasar de sobrevivir a construir, de aguantar a crecer, y lograr que ese talento encuentre el camino para proyectarse mucho más allá de nuestras fronteras.

El paraguayo tiene todo el derecho a enojarse, pero también el derecho a algo que pocas veces se le reconoce: recibir y acceder a buenas noticias. Tiene derecho a festejar sin culpa las buenas noticias. A leer o escuchar algo que le alegre el día, sin necesidad de mirar para otro lado. Tiene derecho a dejar el teléfono un momento, a respirar y, sobre todo, a recordar que el país no se reduce en los peores titulares.

Eso no es ingenuidad. Es, en realidad, una forma de resistencia.

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