El doctor Gustavo Fernández es un hematólogo de prestigio que ha puesto su vida y ciencia al servicio del IPS, hasta le tocó encabezar uno de los grandes hospitales en pandemia. Nada de esto sirvió cuando le tocó depender del mismo sistema al que ha entregado toda su vida profesional. Lo tuvieron en una salita de reanimación durante varias horas; cuando culminó la vigilia de la madrugada y el amanecer, comunicaron a sus familiares que la máquina que se debía usar para él… no funcionaba. Ante el desprecio del IPS, sus colegas, compañeros y familiares tuvieron que hacer una “vaquita” solidaria para retornarlo al centro privado de donde había salido por carecer del dinero suficiente para depósito de garantía. Lo que le pasó al doctor Fernández es el resultado esperable de un sistema deliberadamente abandonado.
Estamos todos locos. Tenemos un Presidente que predica ahorro en educación pública mientras educó a sus hijos en el sistema privado; es más, su hija menor va a una universidad privada estadounidense de la Ivy League (grupo de ocho universidades de élite). Pero además, Santiago Peña sostiene un gasto público personal en alza que financiamos los boludos a quienes él aconseja ahorrar.
Pasar sobre dos estúpidas lomadas en el medio de la nada y sobre la ecovía Luque/Sanber nos hizo aterrizar en algo que desconocíamos: la mansión de Santiago Peña ubicada en Ciervo Cuá, en el contrafrente de un local VIP de eventos especiales. Todo lo que vino después, nadie lo imaginaba.
