Porque conviene recordar a quiénes, en concreto, dirige el presidente sus reconocimientos: a los senadores que, mayoritariamente, llevan el sello de Honor Colorado, el mismo movimiento que hoy se ve obligado a desprenderse en forma tarde, mal y solo cuando ya no queda otra salida, de figuras que durante meses defendió con entusiasmo militante.
El catálogo es elocuente. Javier Vera, ingresado por Cruzada Nacional, mutó rápidamente en pieza funcional del cartismo y terminó expulsado. Norma “Yamy” Aquino recorrió idéntico camino: de Cruzada Nacional a Honor Colorado, hasta su pérdida de investidura. Erico Galeano, condenado en segunda instancia a trece años de cárcel por lavado de dinero y asociación criminal en el operativo A Ultranza Py, vio cómo el propio cartismo, que en marzo le había concedido un permiso a medida, le revocó esa cobertura por unanimidad y prepara su expulsión para el martes 12 de mayo, si antes no renuncia. Hernán Rivas, cuyo sobreseimiento acaba de ser anulado por la Sala Penal de la Corte, irá a juicio oral por el caso del título de abogado presuntamente falso, ese mismo título con el que llegó a presidir el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, optó por renunciar este viernes antes de enfrentar el proceso destituyente. Y no olvidemos a Noelia Cabrera, salvada en su momento por la misma alianza líbero-cartista que hoy intenta lavarse las manos. La pregunta cae de maduro: ¿son éstos los legisladores cuyo “apoyo” el presidente celebra públicamente?
Que Hernán Rivas y Erico Galeano terminen fuera del Senado no absuelve al movimiento que los cobijó: los ampara hasta que el costo político se vuelve insostenible y después los descarta con la misma frialdad con que antes los protegía. Más grave aún es la vara dispar con la que opera ese Senado que Peña agradece. A Kattya González, quien no respondía a Honor Colorado, le aplicaron la pérdida de investidura en menos de veinticuatro horas y en pleno receso parlamentario, para ella no hubo la tan mencionada “presunción de inocencia” de la que se habló en estos días. A Galeano, ya condenado en dos instancias por delitos vinculados al narcotráfico, se le concedió un permiso “sine die” y se le otorgó la cortesía de elegir entre renunciar o ser expulsado, con plazos diseñados para preservar la dignidad del condenado antes que la del cuerpo legislativo. A Rivas se le permitió salir por la puerta de atrás de la renuncia voluntaria, evitando el juicio político que la causa por título falso hacía inevitable. La conclusión es difícil de eludir: el cartismo es implacable con los ajenos y comprensivo con los propios, incluso cuando ya no le queda más remedio que soltarlos.
El problema, entonces, no es solo de quiénes integran las bancadas oficialistas, sino de qué dice del presidente esa gratitud reiterada. Cuando el jefe de Estado agradece a un Congreso cuyos representantes más visibles terminan procesados, condenados o renunciando bajo presión por uso indebido de influencias, lavado de dinero o documentos falsos, está haciendo algo más que un gesto protocolar: está validando, por omisión y por elogio, el tipo de política que ese movimiento encarna. Honor Colorado le entrega los votos que necesita, sí, pero a cambio recibe del Ejecutivo un blindaje reputacional que llega hasta el atril presidencial. Las salidas apresuradas de esta semana no son un síntoma de autocorrección institucional: son el resultado del escándalo acumulado, no de la virtud. Y mientras el presidente siga agradeciendo en público a ese Congreso, seguirá siendo, a su manera, cómplice de lo que finalmente lo avergüenza.
Las pesadillas para la patria no se construyen únicamente en los despachos del Senado: también se incuban en los discursos de quien debería ser el primer guardián del decoro institucional y elige, en cambio, dar las gracias.
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