Lo de Múnich fue el último acto, y también el más doloroso. Con el equipo aún en pie, intentando discutirle al Bayern el pase a semifinales, apareció la jugada que lo cambió todo. Camavinga, después de una falta sobre Harry Kane, se llevó el balón unos pasos, como si el tiempo fuese suyo.
No lo era. El árbitro Slavko Vincic entendió que aquello merecía castigo máximo y le enseñó la segunda amarilla. Puede que ni siquiera recordara que antes le había sacado otra. A lo mejor, entonces, se habría frenado. Hay decisiones que se pueden discutir -y esta lo es-, pero no hay escapatoria cuando uno se mete en ese tipo de enredos.
Minuto 86. Tres después, Luis Díaz terminó de inclinar la balanza y, ya en el añadido, Michael Olise cerró la persiana. El Real Madrid se cayó en el tramo final y la expulsión dejó al equipo de Arbeloa sin aire. El técnico criticó a Vincic: "Nadie entiende la expulsión, se han cargado una eliminatoria bonita". Puede que tenga razón, pero también es de esas jugadas que nacen antes del silbato.
El problema para Camavinga es que lo de Múnich no fue un accidente aislado, sino el último capítulo de una serie que empezó en Mallorca. Entonces el Real Madrid aún miraba de reojo a la Liga, a cuatro puntos del Barcelona, con ilusión. Arbeloa dio descanso a Thiago Pitarch y el francés apareció en el once, acompañado de Tchouaméni, Manuel Ángel y Güler. Era una oportunidad.
Y sin embargo, salió cruz. En el 1-0 de Manu Morlanes quedó señalado. No siguió la jugada con la intensidad necesaria y terminó como espectador de un gol que pedía algo más de oficio. El Real Madrid perdió 2-1 y, con ello, buena parte de sus opciones. Arbeloa, sin nombres pero con mensaje claro, dejó una de esas frases que pesan más por lo que insinúan: "En un desajuste ellos han marcado un gol. Y aquí te despistas un momento, no ajustas bien, pierdes una marca, no la sigues y te cuesta un gol".
Entre Mallorca y la vuelta de Múnich hubo una parada intermedia en Girona, que terminó de redondear la semana torcida. Camavinga volvió a gozar de minutos y mando en el centro del campo, y de nuevo apareció en la foto equivocada. Thomas Lemar encontró el empate mientras el francés llegaba tarde a tapar el disparo desde la frontal. Ni la urgencia ni la energía fueron suficientes, y el Real Madrid dejó escapar otros dos puntos. El Barcelona se fue a nueve y la Liga bajó definitivamente el telón para los blancos.
Por el camino, además, se había jugado la ida ante el Bayern, con derrota (1-2) y una amarilla de Tchouaméni que abría una puerta en la vuelta. Parecía el momento de Camavinga, pero Arbeloa eligió a Brahim de inicio en Múnich. El francés entró en el 62. Salió en el 86. Entre medias, lo justo para volver a quedar marcado.
Tres partidos, tres acciones, tres imágenes. Demasiado ruido para un jugador que suele ofrecer muchas más soluciones que problemas. Pero el fútbol, que simplifica sin piedad, tiende a resumir en instantáneas lo que en realidad es más complejo.
Quizá por eso estos once días se le harán largos a Camavinga, más de lo que marca el calendario. Tal vez hayan sido los peores desde que llegó al Real Madrid hace cinco temporadas. O tal vez sólo sean eso que todos los futbolistas atraviesan alguna vez: un tramo en el que todo lo que puede salir mal y, además, se ve.
