El estadio de Gelsenkirchen estalló en carcajadas. Durante años se contó la misma historia: aquel jugador, Mwepu Ilunga, desconocía las reglas del fútbol. Era una explicación cómoda, incluso paternalista. Pero era falsa.
Lo que realmente ocurría aquella tarde era mucho más serio. Mwepu no estaba confundido. Estaba aterrorizado. La selección de Zaire -la actual República Democrática del Congo- había llegado a Alemania'74 convertida en un proyecto personal de Mobutu Sese Seko, el dictador que gobernó el país con mano de hierro entre 1971 y 1997.
Como tantos autócratas antes y después, entendió el deporte como una formidable herramienta de propaganda y prestigio nacional. Para construir aquella selección invirtió grandes cantidades de dinero y prometió premios extraordinarios a sus futbolistas.
El equipo parecía responder a las expectativas. Apenas unos meses antes del Mundial había conquistado la Copa de África tras derrotar a Zambia por 2-0 en la final. Aquello alimentó una ilusión desmesurada en el entorno del régimen.
Pero el Mundial tenía otra escala. Zaire debutó con una derrota por 2-0 frente a Escocia. Un resultado digno para un equipo que afrontaba por primera vez semejante escenario. Sin embargo, Mobutu no lo consideró suficiente. Molesto, retiró salarios y castigos económicos alcanzaron tanto a los jugadores como al seleccionador, el macedonio Blagoje Vidinic.
La respuesta del vestuario fue una huelga encubierta. El siguiente partido terminó convertido en una pesadilla: Yugoslavia ganó 9-0, una de las derrotas más severas que recuerda la historia de los Mundiales. Entonces llegó la amenaza.
Antes del último encuentro de la fase de grupos, frente a Brasil, los jugadores recibieron un mensaje inequívoco procedente del régimen: si perdían por cuatro goles o más, habría consecuencias gravísimas. Algunos testimonios posteriores hablaron directamente de amenazas contra ellos y sus familias.
Brasil ya no era la selección luminosa de 1970, pero seguía teniendo jerarquía y nombres ilustres. Entre ellos, Rivelino. Necesitaba ganar para asegurar su clasificación y, a diez minutos del final, el marcador reflejaba exactamente un 3-0. El límite que separaba a los jugadores de Zaire de la ira del dictador.
Entonces llegó aquella falta. Rivelino colocó el balón. El estadio esperaba otro de sus cañonazos. Y Mwepu salió de la barrera para alejar la pelota antes de que el brasileño pudiera ejecutar el lanzamiento. El gesto recorrió el mundo como una extravagancia cómica. Durante décadas se utilizó para ilustrar la supuesta ingenuidad futbolística africana.
Años después, el propio Mwepu explicó que su intención era protestar por el trato recibido por parte de los dirigentes y, al mismo tiempo, romper el ritmo de un partido que amenazaba con terminar en tragedia. Aquella carrera desesperada no era fruto de la ignorancia. Era un acto de rebeldía y supervivencia.
Brasil ya no marcó más goles. El encuentro terminó 3-0. Justo en la frontera que había fijado Mobutu. Mwepu Ilunga falleció en 2015, a los 66 años. Su imagen sigue apareciendo en recopilaciones de momentos extraños de los Mundiales, aunque hoy sabemos que pertenece a una categoría mucho más profunda.
No fue el error de un futbolista que desconocía el reglamento. Fue el gesto de un hombre que jugaba con algo más importante que un resultado. A veces el fútbol cuenta historias de campeones. Otras veces cuenta historias de supervivientes. La de Mwepu pertenece a estas últimas.
