El Tour se sube al vértigo

Imagen sin descripción

Voiron (Francia), 22 jul (EFE).- Dinamita para el final, el Tour de Francia afronta la traca definitiva, la más dura que se recuerda para poner fin a una edición en la que el organizador se empeñó en mantener el vértigo hasta el último kilómetro, pese a que el dominio del esloveno Tadej Pogacar anestesia el suspense.

"La última etapa es la más dura del Tour", asegura el director de la carrera, Christian Prudhomme, convencido de que los 5.450 metros de desnivel positivo a 24 horas del podio de París pueden dar un vuelco a la carrera.

Nunca antes había puesto tanta carne en el asador el Tour de Francia en su recta final, nunca antes había habido tanto empeño en mantener viva la incertidumbre, aferrada a tres etapas alpinas, tres subidas al Alpe d'Huez, elevado a la categoría de juez supremo frente al dominio del esloveno.

En tres días los organismos habrán superado casi 13.000 metros de desnivel, ascendido ocho puertos de primera categoría o especial y rodado por algunas de las cimas más míticas de la carrera, todo ello ya con más de 3.000 kilómetros en las piernas de los ciclistas, lo que les obliga a echar el resto.

El tríptico alpino se desarrolla de menos a más. El aperitivo en Orcières-Merlette, guinda de una jornada de resistencia, de 185,2 kilómetros que incluye otros cuatro puertos antes de afrontar los 7,1 kilómetros al 6,7 % que conducen a la meta donde hace seis años se impuso el esloveno Primoz Roglic.

Las cosas se pondrán serias con la llegada del Alpe d'Huez, un mito que llevaba cuatro años ausente del libro de ruta y al que había que recibir con una nueva pirueta, una más en una cima que se ha ganado como pocas el apelativo de mítica y que ha vivido ya multitud de posibilidades.

Sus 21 curvas, quizá las más populares de todo el Tour, han sido ya escenario de muchos ascensos, de una crono, de multitud de finales de etapa. Había que estirar la imaginación.

Por eso, para la edición de 2026 han querido combinar su perfil más legendario con una búsqueda de la novedad, siguiendo el objetivo de Prudhomme de rendir homenaje a lo viejo y buscar nuevos horizontes.

En dos días, el Alpe d'Huez se ascenderá en tres ocasiones, en busca de todas las caras posibles de su subida.

El viernes será una etapa clásica, con ascensos al Col du Noyer, de primera, antes de afrontar, casi de bruces, el Alpe d'Huez y sus 13,8 kilómetros al 8,1 %, final de una jornada de apenas 127,9 km.

La jornada promete ser festiva, vatios en la carretera, vatios en la cuneta, con todo el ambiente casi de festival que se vive en sus 21 curvas y que han contribuido a forjar la imagen de esa subida.

Al día siguiente se ha buscado la novedad allí donde parecía que ya no existían posibilidades. Y la dureza extrema.

La jornada comenzará ascendiendo el Glandon, 24 interminables kilómetros al 5,2 %, seguidos del Télégraphe y sus 11,9 kilómetros al 7,1 %, antesala del Galibier, otros 17,7 kilómetros al 6,9 %, como casi siempre techo del Tour con sus 2.642 metros sobre el nivel del mar. La suma: 47 kilómetros de ascenso.

¿Queda energía en el depósito? Habrá que guardar combustible y curiosidad para descubrir una nueva carretera, una pista que hasta hace poco era un sendero de ganaderos, vestigio de la trashumancia asfaltado hace unos años y que el Tour ya recorrió en 2013, pero como descenso del Alpe d'Huez que en aquella edición se ascendió dos veces.

Se trata del Col de la Sarenne, 12,8 kilómetros al 7,3 % de desnivel, otra forma de subir a la estación de esquí de Alpe d'Huez, que compite en dureza con la clásica de las 21 curvas, pero que se desarrolla en un entorno silencioso, casi monacal sobre una estrecha carretera.

Su cumbre, a 14 kilómetros de meta, abre la puerta a un primer paso por el Alpe d'Huez, antes de que se afronten seis de las clásicas curvas del mito.

Ya no quedará más. El Tour habrá declinado toda su potencia. Quedarán las subidas a Montmartre de la última jornada, pero ya nada hará cambiar la general. El Alpe d'Huez habrá dictado su sentencia.