A través de este texto, todos comprenderán perfectamente cómo se llegó en pocas horas a dominar al gobernador español para que el Paraguay viviera un amanecer diferente.
Beatriz González de Bosio relata con sencillez y efectividad ese acontecimiento trascendental.
La guerra de la independencia llegó a su culminación en la madrugada del 15 de mayo de 1811, cuando los jóvenes oficiales aún en ausencia del jefe de la revuelta, brigadier Fulgencio Yegros, decidieron presentar batalla. Para ello contaron con la lealtad del capitán Mauricio José Troche al mando de 34 curuguateños, que estaban de guardia en el Cuartel de la Plaza.
El jefe de la revuelta, capitán Pedro Juan Caballero, ordenó el emplazamiento de cañones apuntando a la casa de los gobernadores, residencia de Bernardo de Velasco, listos para hacer fuego en caso de resistencia.
La preparación bélica era completa y las tropas estaban prestas para entrar en acción, apuntando al logro de sus objetivos. El hecho de que la otra parte no reaccionara no disminuye el contorno belicista de la acción y la decisión de los líderes.
El capitán Caballero, seguro de su preponderancia militar, negoció una capitulación del gobernador, para lo cual envió escritos a Velasco a través del alférez Vicente Ignacio Iturbe. Esa misma madrugada llegó Iturbe con la nota de intimación, en la que Caballero “por sí y subalternos”, exigía la entrega al Cuartel de la Plaza y del armamento y que el Gobernador aceptara de asociados a dos diputados nombrados por el Cuartel para que más adelante se estableciera la forma de gobierno que conviniera a la Provincia y que no salieran de la ciudad los portugueses que habían entrado con “diputación clandestina”.
El gobernador trató de ganar tiempo para que los soldados españolistas miñones cercaran el cuartel, pero al ser tiroteados, huyeron.
La guerra estaba en ejecución. Al romper el alba salieron del cuartel 80 soldados arrastrando hasta el centro de la Plaza seis cañones. Dos de ellos apuntando directamente a la residencia del Gobernador. La descripción más fidedigna sería el cuadro de Jaime Bestard: Intimación al Gobernador Velasco, del Museo Casa de la Independencia.
A esta altura muchos vecinos y curiosos se apostaron alrededor de los soldados rebeldes. Iturbe nuevamente se presentó ante Velasco con una exigencia terminante amenazando con disparar los cañones.
Viendo la decisión de los rebeldes de llevar adelante el objetivo de la causa, el gobernador manifestó que no quería derramamiento de sangre y que no tenía inconveniente en entregar el bastón de mando.
La propuesta causó júbilo entre los revolucionarios, se izó una bandera azul, blanca y roja –de los colores de la Revolución Francesa– y se dispararon 21 cañonazos, al difundirse un bando estableciendo nueve horas de queda, y ordenando la recolección de todo el armamento.
Todas estas medidas fueron de carácter militar tras la escaramuza en la que hubo vencedores: los soldados paraguayos que de haber encontrado resistencia, hubieran desatado un choque violento.
