BOGOTÁ (AFP, EFE). El anuncio supone el mayor revés a los acuerdos negociados en Cuba y suscritos en 2016 bajo el gobierno del exmandatario y nobel de Paz, Juan Manuel Santos, que condujeron al desarme de unos 7.000 combatientes y que pretendían acabar con la mayor rebelión de América que dejó cientos de miles de víctimas.
Y a su vez lanza un enorme desafío para el presidente colombiano Iván Duque.
Duque aseguró que el regreso a las armas de exjefes disidentes de las FARC no supone el surgimiento de una nueva guerrilla sino de una banda narcoterrorista apoyada por el mandatario venezolano, Nicolás Maduro.
Márquez –que no se presentó como comandante de las disidencias– anticipó que el nuevo grupo armado buscará “coordinar esfuerzos” con aquellos “compañeros y compañeras que no han plegado sus banderas”, así como con el ELN, la última guerrilla activa en Colombia con un número similar de tropas.
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Uriel, comandante del Frente de Guerra Occidental del ELN, saludó la rebelión.
¿Qué tan seria es la amenaza? Aunque el ex número dos de la disuelta guerrilla reapareció vestido de militar con una reducida tropa, la amenaza está en su anuncio de “coordinar esfuerzos” con el resto de disidentes y los rebeldes del ELN.
Su mensaje podría calar en los 4.600 combatientes que según inteligencia militar componen por separado ambos frentes, el de los grupos que sin un mando unificado se apartaron del acuerdo de paz con las antiguas FARC y el del Ejército de Liberación Nacional (ELN), una organización en expansión y con retaguardia en Venezuela, según el gobierno colombiano.
Y aunque el Estado colombiano es muy superior en recursos y fuerza militar (265.050 efectivos), nunca ha podido ejercer un control efectivo del territorio ni acabar con el narcotráfico, la inagotable fuente de recursos de la violencia.
Márquez, Santrich y Velázquez son requeridos por el tribunal especial que juzga los peores crímenes cometidos durante medio siglo de conflicto armado. A raíz de su decisión, se abrió el proceso que conducirá seguramente a su expulsión del pacto.
Han pasado menos de tres años desde la firma del acuerdo de paz que puso fin a medio siglo de conflicto armado en Colombia y la figura de alias “Iván Márquez”, jefe de las FARC en los cuatro años de negociaciones en Cuba, ha puesto voz al mayor temor del país: que las armas vuelvan a la política.
Márquez y el resto de desertores del proceso aseguran que la paz ha sido traicionada y consideran que fueron “ingenuos” al desarmarse “a cambio de nada”, mientras acusan al Estado de incumplir y ponen el proceso de paz al borde del fracaso.
