ROMA (AFP, EFE). Todo comenzó en la ciudad china de Wuhan, una metrópoli industrial de unos 11 millones de habitantes, donde a fines de diciembre de 2019 se detectaron varios casos de una neumonía viral de origen desconocido.
Los sectores del turismo y el transporte fueron los primeros en preocuparse por esta epidemia, ya que muchos países adoptaron restricciones a la llegada de ciudadanos del gigante asiático.
A finales de enero los mercados experimentaron los primeros choques, desde Shanghái hasta Wall Street, y los precios de las materias primas, que tienen en China un mercado enorme, se derrumbaron.
Entre mediados de enero y principios de febrero, los precios del petróleo cayeron alrededor de un 20%. Pero eso era apenas el comienzo.
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El nuevo coronavirus dejó en evidencia la dependencia de la industria mundial en relación a la industria china.
El mundo descubre que Wuhan, una ciudad casi desconocida, es un “hub” logístico y centro de producción automotriz para muchos grupos internacionales y que un percance en una de sus fábricas puede tener consecuencias para múltiples empresas en el mundo.
En Alemania, Corea del Sur, Japón, Italia, Francia o Estados Unidos, los industriales dieron cuenta de la dificultad que tenían para obtener piezas y componentes producidos generalmente por asociados chinos.
Los economistas dijeron que había un “shock de oferta” masivo debido al papel clave de China en el comercio mundial y los líderes mundiales comenzaron a preocuparse por sus consecuencias en el comercio y el crecimiento en un contexto complicado debido a las tensiones comerciales entre China, Estados Unidos y Europa.
“Covid-19, una emergencia sanitaria mundial, ha interrumpido la actividad económica en China y podría poner en peligro la recuperación mundial”, advirtió en febrero la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI) Kristalina Georgieva.
Las multinacionales avisan que la crisis sanitaria perjudicará sus resultados y las bolsas comienzan a bajar.
La palabra recesión comienza a instalarse en los comentarios de expertos y dirigentes. Y las autoridades empiezan a movilizarse para tratar de evitarlo. Los aviones viajan casi vacíos o permanecen inmóviles a medida que las compañías anulan miles de viajes. La epidemia podría costar a las compañías aéreas hasta 100.000 millones de dólares, indicó el 5 de marzo la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA).
El petróleo
Para peor, el precio del petróleo se hundió el lunes 9 de marzo, arrastrando a las bolsas que sufrieron bajas espectaculares.
Tres días antes, en Viena, donde se celebró la reunión OPEP+ Arabia Saudita y Rusia no lograron ponerse de acuerdo en torno a una baja de la producción para estabilizar el precio del crudo.
Molesto por la falta de acuerdo, Arabia Saudita lanzó una guerra de precios, que dejó el barril de crudo cerca de los US$ 30, tras una caída en un día nunca vista desde la Guerra del Golfo (1991).
En 2008-2009, el G20 (Grupo de los 20 países industrializados y emergentes, que representa al 66% de la población mundial y el 85% del PBI) tomó las riendas de la respuesta a la crisis a tal punto que fue calificado de “gobierno económico mundial”.
Once años después, la situación es sustancialmente diferente debido a la guerra comercial, el brexit y la inestabilidad política en Europa.
Nada indica que el G20, presidido este año por Arabia Saudita, pueda cumplir el mismo papel que en la crisis de 2008.
Cae de nuevo valor del crudo
Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, aliados en la OPEP, acentuaron la presión en la guerra con Rusia con su intención de inundar el mercado de petróleo, cuyo precio volvía ayer a caer.
Arabia Saudita, líder de facto de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), presiona a Rusia –segundo productor mundial, pero que no integra la OPEP– para que acepte una reducción coordinada de la producción para compensar la caída de la demanda por el coronavirus. Los anuncios de sus competidores parecen no afectar a Rusia. El presidente Vladimir Putin aseguró que su país saldrá “mucho más fuerte”.
