Aclamar sin traicionar

Con el Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa, la cual se fue desarrollando sobre todo por la necesidad de historiar los últimos acontecimientos de la vida y muerte de nuestro Salvador.

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A lo largo de esta semana, que es la más importante del año litúrgico, acompañamos de modo concentrado el proceso fidedigno de nuestra salvación, sin embargo, hemos de vivirlos con espíritu siempre nuevo.

No podemos permanecer en una actitud de sencillo recuerdo, o de una repetición mecánica, pero hemos de abrir la mente y el corazón para penetrar profundamente en estos misterios.

Del punto de vista histórico, en la Edad Media, tal semana era llamada de “Semana Dolorosa” porque la pasión de Jesús era dramatizada, más que celebrada, cuando entonces se ponía más de relieve el aspecto del sufrimiento y de la compasión emotiva, con perjuicio del significado redentor y de la victoria sobre la muerte.

Y hoy corremos el mismo riesgo si no tenemos la mentalidad renovada del concilio Vaticano II.

Fue en Jerusalén donde se empezó a revivir los hechos de esta semana. El primer relato que se tiene viene del siglo IV. Después se esparció por otras ciudades.

Tres momentos claves

El Domingo de Ramos presenta tres momentos bien definidos, pero no separados.

Primero: la procesión de Ramos, donde la Iglesia sigue los pasos de Cristo; el Señor, que entra en la Jerusalén terrenal para llevar a término su misterio pascual.

Importante destacar que con tal procesión estamos proclamando la realeza de Cristo. La gente clamaba con arrebato: “Viva el Hijo de David. Bendito el que viene como rey en nombre del Señor. Viva el Altísimo”. Y muchos alfombraban el camino con sus mantos y con ramos.

Segundo momento: La Eucaristía y lectura de la Pasión

Esta misa tiene la particularidad de que es el único domingo del año en que se lee la pasión de Cristo, de acuerdo con el ciclo Litúrgico, conocido como ciclo A, es decir, del evangelio de Mateo; ciclo B, de Marcos y ciclo C, de Lucas.

La lectura de la pasión de Cristo es una muestra de que el verdadero camino de la perfección del ser humano es el amor a los demás, hasta ser capaz de dar la vida por ellos. La profunda convicción de la fe cristiana asegura que quien pierde su vida por ser solidario con los otros, la gana para siempre.

Tercer momento: Proclamación de la esperanza.

Otro significado bastante expresivo del domingo de Ramos es que manifestamos nuestra esperanza de que un día podremos entrar triunfalmente con Cristo en la Jerusalén celeste.

O sea, de la Jerusalén terrena, que expresa este mundo de injusticias, enfermedades, marginación, dolores... todo esto terminará, y entraremos con Cristo delante de Dios, cuando lo veremos cara a cara, nos encontraremos con nuestros seres queridos y con todos los bienaventurados que están en el cielo.

Reparemos que, a pesar del dramatismo de esta semana, ya arranca también el grito de esperanza y de victoria final, por obra de nuestro Dios, que en Cristo nos redime y salva.

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