Ejercer la función paterna implica servir, proteger y cultivar la vida engendrada. El padre es cabeza de la familia y la familia es el lugar más íntimo del compartir humano. El nido familiar es el tesoro más grande que tenemos que custodiar. Y es también la comunidad donde se comparte la vida de Dios: la fe, el amor de Cristo, la esperanza que trajo, la oración. Por eso la familia no es solo la célula fundamental de la Iglesia, sino también una verdadera Iglesia doméstica.
El padre José Kentenich, fundador de la obra Internacional de Schöenstatt, nos dice: “No hay nada más grande y hermoso para un verdadero padre que este pueda decirse a sí mismo: mi imagen ha llegado a ser para mi hijo la imagen ideal de Dios. Me he esforzado, a través de mi actuar y de mi presencia, en imprimir en el alma de mi hijo la imagen de Dios Padre, y, de esta manera, mi hijo ha recibido un sano y verdadero concepto de Dios. Es imposible entregarle al hijo algo más hermoso en la vida”.
Rezamos en familia: Padre Nuestro, Ave María y Gloria.