Algunos de esos mediocres que creen tener en sus manos el timón del mundo porque pueden escribir su cuestionable opinión en una pantalla iluminada, la que antes estaba reservada a ser escrita en las paredes de los baños públicos, se preguntan si se puede registrar una frase tan común como “Corré Víctor” sobre la que se pueda pedir derecho de propiedad intelectual. Hay centenares de frases que nunca fueron escritas o dichas por las personas a quienes se les atribuyen y sin embargo nadie cuestionaría hoy su origen. “Ladran Sancho, señal que cabalgamos” es la frase más citada del Quijote y quien no sepa que la ha escrito Cervantes en su celebérrimo libro sería tachado de ignorancia supina. Sin embargo, la famosa frase no figura en ninguna parte del Quijote. Cuando Herbert Ross llamó a su película “Play it again, Sam” (1972), protagonizada por Woody Allen y que en castellano se conoció como “Sueños de seductor”, nadie dudó un segundo que se trataba de un homenaje a “Casablanca” (Michael Curtiz, 1942), ya que todo el mundo jura que la frase se la dice Ingrid Bergman al pianista negro cuando en realidad no es dicha en ninguna parte.
Durante muchos años, por esos extraños fenómenos del imaginario popular, se seguirá utilizando “Corré, Víctor” de diferentes maneras, pero siempre recordando la película que ustedes hicieron y no al político señalado por el dedo de Dios que quiso aprovecharse del trabajo ajeno. Peor aún, que se negó a reconocerles el derecho a defender la paternidad que tienen sobre su propia obra.
Este parece ser el destino de los creadores en nuestro país: primero tener que luchar con mil obstáculos para llevar adelante la concreción de una obra, luego salir a la calle, lanza en ristre, a defenderla en contra de los depredadores que tienen mil rostros diferentes, mil distintas maneras de expresarse, pero atrás siempre está la misma imagen: la del que sólo persigue su propio beneficio a costa del trabajo ajeno, a costa del esfuerzo, de la búsqueda, de la experimentación del que desea desarrollar una labor creativa.
No olvidemos aquí el papel que juegan aquellos que realizan materialmente dichas campañas, ya que al manipular imágenes, textos, música, deberían poner un mayor celo en respetar, sin importar lo que el cliente diga, la propiedad de sus respectivos autores. De nuevo: lo siento Juan Carlos y Tana, y lo siento mucho más porque conozco en carne propia el profundo enojo que causa este manoseo.
También quiero decirles que estoy orgulloso de tener amigos como ustedes por ser unas de las pocas personas que están dando a nuestra gente algún motivo por el cual estar contenta de pertenecer a este pequeño y maltratado país.
(*) Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori.
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