Nadie puede permanecer ajeno a esta crisis humanitaria provocada por la guerra que se libra en diferentes frentes en toda Siria, sureste de Turquía, norte de Irak y Afganistán. Cuando aludo a “varios frentes” no es tanto porque se combate en varias regiones, sino porque los grupos en pugna son varios y cada uno de ellos está en contra de todos los demás. Un panorama complicado ya que por cada ficha que se mueve, se altera la relación de fuerzas de todo el tablero de operaciones.
Muchos fijan el inicio de este conflicto en las protestas de jóvenes sirios contrarios a la dictadura de Bachar el Asad, segundo de una dinastía de tiranos que gobierna el país. A las protestas le siguió la represión policial y a ella le siguió la represión militar con bombardeos sobre la población civil y la inclusión de armas químicas. Occidente miró para otro lado. Irán y Rusia apoyaron a El Asad. Y Occidente miró hacia otro lado. Vinieron los fanáticos del Estado Islámico y Occidente no pudo seguir ignorando el problema. Cuando se decidió a tomar parte las cosas estaban muy complicadas.
Finalmente, sobre un paisaje de 200.000 muertos y millones de personas desplazadas principalmente hacia la frontera con Turquía, miles de civiles decidieron probar otro camino de huida: la frontera europea. Y allí fueron: Hungría, Grecia, Macedonia, Albania. Las cifras superan todo lo imaginable. Las imágenes que ofrece la televisión son dantescas: miles de niños en brazos, llorando, los más grandecitos cubiertos con plásticos para protegerse de la lluvia, hundidos hasta las rodillas en el barro, todos tiritando de frío. Hace días que viven tiritando de frío, sin tener un minuto de descanso. ¿Qué va a pasar cuando de aquí a un mes comience a nevar en todas esas regiones? Como manifestó sus temores una representante de Cruz Roja Internacional: comenzarán a morir como moscas.
La tan criticada Ángela Merkel y Francois Hollande son los que han mostrado la cara más humana del problema recibiendo a quienes han venido a pedir refugio y a su vez exhortando a los otros países de la Unión Europea a que también abran sus puertas. A causa de esta actitud, ambos enfrentan ahora las protestas de grupos xenófobos que exigen la inmediata expulsión de los refugiados. Pero no solo estos grupos, habitualmente integrados por neo-nazis, sino también el arzobispo de Valencia (España), el cardenal Antonio Cañizares, en una reunión de Fórum Europa se preguntó: “¿Esta invasión de emigrantes y de refugiados es todo trigo limpio? ¿Dónde quedará Europa dentro de unos años?”. Agregó luego que esto de recibir a los refugiados “hoy puede ser algo que queda muy bien, pero realmente es el caballo de Troya dentro de las sociedades europeas y en concreto de la española”.
Evidentemente Cañizares olvidó dos puntos de fundamental importancia: la primera y más terrenal: todos somos descendientes de inmigrantes, no solo en América, sino también en Europa. Europa se formó con base en pueblos que emigraron de un sitio a otro. El segundo es más espiritual: olvidó Cañizares la parábola del trigo y la cizaña que está en el Evangelio de Mateo (13, 24-30). Jesús narra la historia de un hombre que plantó trigo y sus enemigos lo mezclaron con cizaña. Cuando sus trabajadores le propusieron arrancar la cizaña el hombre se opuso porque al arrancar la podrían arrancar también el trigo y les pidió que lo dejaran. Aprendamos esta lección: aunque no todos los refugiados sean “trigo limpio”, es necesario ayudarlos. Después veremos dónde está el trigo y dónde la cizaña.
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