La menos mala o el peor

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La elección presidencial de los Estados Unidos, primera potencia mundial hoy en día, es un asunto de importancia para todo el planeta.

Y la votación de este año reviste aun mayor interés por la tónica en que la misma se ha venido dando.

Por el lado demócrata aparece Hillary Clinton, que podría ser la primera mujer en llegar a la presidencia de ese país.

En el bando republicano está Donald Trump, un “fuereño” del ámbito político tradicional, con un marcado discurso populista.

Clinton llega como una de las personas mejor preparadas para el cargo, en base a su experiencia en la política interna estadounidense y en la política internacional.

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Trump se presenta como el indicado para levantar a la nación que, según su discurso, ha mermado su grandeza por culpa de la clase política tradicional.

El perfil “demasiado” serio y concentrado de Clinton no despierta pasiones, y es una de las candidatas menos populares que han existido, pero no se pone en duda su preparación.

El histrionismo de Trump, y su visceral mensaje, enciende polémicas casi en cada aparición, atrayendo fervientes partidarios y creando férreos detractores.

El discurso populista del caudillo que promete “salvar” a la nación y “vencer a los enemigos” de la patria, es bien conocido en Latinoamérica, así como sus nefastas consecuencias.

Es por ello que se entiende la resistencia que despierta Trump. Aunque no solo al sur del río Bravo, sino en todo el orbe, incluso entre los aliados europeos de los Estados Unidos.

Por su parte, Clinton aparece como una candidata seria y razonable, pero con una criticada actuación en política internacional, cuando ocupó la secretaría de exteriores en el gabinete del actual presidente Barack Obama.

Apoyó, o fue partícipe directa, de diversas medidas de la administración Obama, que contienen su parte de responsabilidad en la profundización de la violenta inestabilidad del mundo árabe.

Como ejemplos más notorios: las decisiones en torno a Irak y Afganistán, que antepusieron la agenda política a las necesidades de seguridad; o la postura dubitativa en las primeras etapas de la guerra civil siria, con un discurso que alentó a los rebeldes, al tiempo de retacear su apoyo en la acción, lo que acabó prolongando el conflicto.

Además, en la región latinoamericana, la decisión de Obama de “legalizar” a la dictadura castrista en Cuba, la más antigua y sanguinaria de la región, se contradice con la postura de defensa de las democracias, y de los pueblos contra sus tiranos, que profesa la Casa Blanca.

Es así, que estas elecciones presentan a una candidata, de la que hemos de respetar su gran formación política, pero con una actuación internacional cuestionable; y por el otro lado, a un candidato populista, que si bien no podrá hacer todas las barbaridades que prometió que haría (porque la clase política seria de ese país no lo permitirá), las cosas que sí podrá hacer despiertan suficiente desazón.

Con este panorama, en lo que respecta a política internacional, las preferencias están dadas entre un candidato malo, y otro peor.

No obstante, en general, Hillary Clinton sigue siendo la mejor opción.

Las amenazas de Donald Trump de desconocer una eventual victoria de su oponente, así como el virtual empate en las encuestas, han echado dudas sobre el desenlace de la contienda electoral.

Y, aunque nada se puede asegurar, yo me atrevo a anticipar una vibrante jornada electoral, sea quien sea al final, “la próxima presidenta” de los Estados Unidos.

lduarte@abc.com.py