Bajo esta contradicción, de apoyar la libertad económica y no respetar la libertad política, el Gobierno comunista está ejecutando una serie de pequeñas reformas, en vista del cambio de liderazgo dentro del PPCh. Aun así, el emprendimiento es insatisfactorio para una sociedad muy compleja, que ha permitido el autoritarismo por mucho tiempo, pero que ya está comenzando a requerir sus derechos.
El Southern Weekly, semanario cantonés, iba a comenzar su primera edición del 2013 con un editorial en el que pedía que, con el año nuevo, el Gobierno “cumpla los sueños de los chinos”, refiriéndose a la libertad negada desde que los comunistas se hicieron con el poder. Sin embargo, la publicación no pudo emitir su opinión, ya que el partido, único en el país, censuró la columna y la cambió por otra en la que se elogia la figura del secretario general del PPCh, Xi Jinping, vicepresidente y posible líder de la República en los próximos meses.
Los periodistas y empleados del semanario, molestos por la medida, se declararon en huelga, recibiendo el apoyo de un sector de la población, que se agolpó frente a las oficinas del Southern Weekly, respaldando el derecho a la libertad de expresión y de prensa. Fue una medida inesperada, ya que hace mucho tiempo que no hay grandes manifestaciones.
Unos 12 manifestantes fueron detenidos, obligados a desnudarse y a pasar unas horas en prisión.
Fueron apresados por el “delito” de subversión y agrupación ilegal. Además de esto, las autoridades del régimen emitieron un comunicado exigiendo a todos los diarios del país a publicar un editorial condenando la postura del semanario cantonés y pidiendo mayores controles por parte del Partido Comunista. El director de un periódico pekinés, Beijing News, fue obligado a renunciar de su puesto por negarse a apoyar la medida impuesta por el Gobierno.
Las últimas grandes protestas en Pekín y otras grandes ciudades chinas se dieron hace dos años, en el marco del intento de “Revolución de los jazmines”, cuando los ciudadanos trataron de emular la “Primavera Árabe”, exigiendo democracia y apertura política del país. Las manifestaciones fueron reprimidas y terminaron las marchas.
Hoy China sigue reprimiendo a la oposición, no permite las voces críticas y castiga a todo aquel que intentara proponer algo diferente a lo que diga el PPCh. La censura no solo se da en los diarios convencionales, puesto que internet también experimenta bloqueos por parte de la dictadura.
Palabras como “democracia”, “libertad”, “masacre de Tiananmen”, entre otras “subversivas”, son borradas o filtradas de la red por temor a que los chinos se informen y despierten la conciencia crítica, algo que los burócratas no desean.
Algunos analistas chinos sostienen que los cambios políticos se darán paulatinamente y en unas décadas, China será la mayor democracia mundial de mano de las autoridades. Empero, otros aseguran que el autoritarismo persistirá con más fuerza, a menos que los ciudadanos terminen por presionar al régimen, con revueltas y hasta sangre, en búsqueda de la libertad individual negada.
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