Masturbarse no es pecado

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El portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, declaró que llevará tiempo restablecer la confianza dentro del Vaticano ya que “claramente, restaurar un clima de serenidad y confianza es un proceso, no es algo que pueda resolverse en pocos días. Pero hemos comenzado y estamos avanzando”. Creí, ingenuamente, que por fin Benedicto XVI había decidido limpiar sus establos sin necesidad de contratar a Hércules. Me equivoqué una vez más. Las palabras de Lombardi no se referían a los escándalos sexuales que brotan como hongos dentro de la Iglesia, desde el sacerdote mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, hasta las humildes chozas del departamento de San Pedro en Paraguay.

Lombardi se refería al robo de los documentos secretos del Vaticano atribuido a Paolo Gabriele, mayordomo del Papa; papeles que hacen referencia no a temas relacionados con la fe y el diálogo del hombre con Dios, que es el trabajo que encara toda iglesia, sino a secretos que arrojan luz sobre las conspiraciones, alianzas, intrigas y guerras subterráneas en una lucha cainita por el poder dentro de los muros de esa ciudad Estado. Es comprensible, porque los pecadores, los adúlteros, los que se masturban, los que mantienen relaciones sexuales fuera del matrimonio y dentro del matrimonio pero fuera de toda intención de procreación, los homosexuales que se casan entre sí, todos ellos se irán al infierno de cabeza, un sitio que hasta la fecha nadie sabe muy bien dónde está. Pero los que roban documentos secretos y los dan a conocer, van a la cárcel que es algo concreto, ubicable, bien determinado.

A todo ello se le ha sumado una religiosa, teóloga, estadounidense, Margaret Farley, profesora emérita de ética cristiana de la Yale University, por lo tanto no es ninguna improvisada, que publicó un libro: “Just Love, a Framework for Christian Sexual Ethics” (“Simplemente amor: un marco para la ética sexual cristiana”), donde la autora encara cuatro temas que son tabú para el Vaticano: la masturbación, los actos homosexuales, las uniones homosexuales y la renovación del casamiento después de un divorcio; en síntesis, se muestra a favor de todas ellas. La condena del Vaticano logró que el libro, que ocupaba el lugar 96 entre los más vendidos por Amazon, subiera, en pocos días, al puesto 16 para encabezar la categoría de teología.

Preocupado en condenar la masturbación que considera como un acto “contra la ley natural” (¿?), el Vaticano no ha hecho escuchar su voz en otros casos realmente vergonzosos –después de todo la masturbación es un acto muy íntimo y privado–, con el agravante de su apresuramiento por acallarlos. Tampoco se hizo audible su voz en un caso que reúne numerosos episodios que nos tocan vivir de cerca. Ni el Vaticano ni nuestra Iglesia (nuestra por ser paraguaya, ya que mucho nos hemos excluido de ella) dijeron palabra alguna sobre el caso del obispo (y seguirá siéndolo por el resto de sus días porque dicha orden imprime carácter permanente según teólogos con los que pude hablar en Salamanca, España) Fernando Lugo, que hoy ocupa la presidencia de la República y nos avergüenza a todos (y aquí sí me incluyo) al convertirnos en objeto de burla cada vez que los titulares de los periódicos mencionan un nuevo pedido de reconocimiento de paternidad. El último ha superado todos los anteriores escándalos ya que, de confirmarse algunos datos, tendríamos que el obispo, en funciones de su ministerio religioso, adornado con todos los atributos del mismo (vestiduras, pespuntes y virolas moradas, cadenas y enorme cruz de oro sobre el pecho, anillo para ser besado por los fieles) habría embarazado a una niña, sí, señor, una niña de catorce años. Ignoro qué círculo del infierno le correspondería en la “Comedia” de Dante, pero sí sé que tendría cárcel segura en cualquier país con leyes penales que protegen a los menores de este tipo de abusos.

Sin cárcel y sin infierno figuraría la ministro de Salud, así como he escrito, ministro aunque sea mujer, animando a todos los varones paraguayos a seguir el ejemplo del obispo presidente: ¿embarazar a menores y luego reconocer los hijos? Tampoco las asociaciones feministas que quieren exigirnos que escribamos “los niños y las niñas con sus amigos y sus amigas acompañados de sus profesores y sus profesoras…” para darle visibilidad a la mujer, se han hecho sentir frente a postura tan vergonzosa de la titular de la cartera de Salud. Ante tanta desvergüenza elijo el “pecado” de la profesora norteamericana de ética y las llamas del infierno que me ofrecen un destello liberador antes que la hipocresía de quienes se proclaman defensores de la moral cristiana.

jruiznestosa@gmail.com