A medida que crecía la urbanización, aumentaba el número de ciudadanos y, por imposibilidad de participación de todos, tiempo después se creó la “democracia representativa”. Unos pocos, elegidos por el pueblo, lo representaban y se reunían en su nombre para debatir y decidir los asuntos que le interesaban al pueblo.
A través de la historia, como todos sabemos, han ido apareciendo diversas formas de democracia, es decir, diversas formas de organizarse los pueblos para atender, trabajar, desarrollar, las cosas comunes, la “cosa pública” (en latín, res publica) y gobernar con poder delegado del pueblo, los asuntos del pueblo.
Nosotros mismos tenemos definido en la Constitución Nacional que “la República del Paraguay adopta para su gobierno la democracia representativa, participativa y pluralista, fundada en el reconocimiento de la dignidad humana” (Art. 1º); “la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce, conforme con lo dispuesto en esta Constitución” (Art. 2º). Y “el pueblo ejerce el poder público por medio del sufragio” (Art. 3º).
Todo esto parece necesario recordarlo, aunque sea elemental, a la hora de analizar cómo se organiza la democracia actualmente en nuestro país y a la hora de opinar si lo que están haciendo nuestros políticos es realmente democracia u oligocracia (poder en manos de unos pocos para sus propios intereses).
Ya hay muchos filósofos y analistas de la política y de la ética de los políticos, que vienen alertando sobre las desviaciones de la democracia republicana en países de occidente.
Nuestros políticos se han encargado de vaciar de contenido conceptos como “soberanía del pueblo” y “poder del pueblo”. No solo porque la corrupción en las elecciones arrebata votos al pueblo, robándoselos, comprándoselos, y porque manipula con distintos persuasivos y promesas mentirosas la voluntad de grupos cuantiosos de la población, sino porque buscan llegar al poder para beneficiarse a sí mismos, enriquecerse y repartir prebendas entre los suyos, en vez de dedicarse a trabajar por el bien de todos y atender con urgencia y prolijidad los graves problemas que padecen tantos ciudadanos marginados y en estado de pobreza.
Nuestros políticos están muy lejos de hacer cumplir la Constitución Nacional. El poder no está en el pueblo, el poder se lo apropian una vez que consiguen los votos suficientes para instalarse en el poder. El pueblo no ejerce el poder, el pueblo simplemente vota. Más aún, no es todo el pueblo el que los vota, es una mayoría y a veces una mayoría por muy poca diferencia de votos. Pregunten en Venezuela por cuántos votos ganó (¿?) Maduro. La política es el ámbito natural del poder comunicativo, no del poder acumulativo.
Observando el movimiento de las campañas eleccionarias internas de los partidos políticos, cabe preguntarse: ¿Qué proyecto de país o municipio proponen y discuten los distintos candidatos? ¿Cuáles son los problemas del pueblo para los que ofrecen soluciones, qué soluciones, con qué alternativas? Nuestros partidos políticos, en general, llevan años mirándose al ombligo. Están “en sí mismos” encerrados. ¿Dónde están sus asambleas invitando a la ciudadanía a escuchar sus planes de gobierno para el bien común que se proponen y nos proponen para que les apoyemos? ¿Dónde están las publicaciones de las diferentes propuestas para el desarrollo de municipios o del país?
La política es ciencia y gestión del bien común; es servicio al pueblo que les paga a los políticos y funcionarios para que defiendan y desarrollen el bien común. La política es participación en el poder que el pueblo delega a los políticos, para que estos trabajen para todo el pueblo. Esta bellísima, noble y extraordinaria vocación y misión requiere que los políticos sean honestos, justos, inteligentes, competentes, respetables y respetados.
Los políticos que usan el poder pensando en ellos mismos, beneficiando a los suyos, enriqueciéndose a costa del pueblo, propiamente no son políticos, son ciudadanos infieles y corruptos infiltrados.
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