El elenco integrado por Letizia Medina, Natalia Calcena, Andrea Quattrocchi, Ato Gómez y Fran Gubetich, junto al director Hugo Luis Robles, comparte cómo una obra se transforma durante los ensayos, qué implica construir una comedia y qué les está devolviendo un público que agotó las entradas desde el comienzo de la temporada.
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Desde el inicio, los actores explican que recibir un texto no significa tener todavía la obra terminada. El proceso de ensayo modifica las ideas iniciales, aparecen nuevas formas de relacionarse entre los personajes y, finalmente, el público termina de revelar qué funciona y qué necesita transformarse.
Letizia Medina explica que una de las particularidades del trabajo con Hugo Luis Robles está justamente en esa construcción colectiva. “Él, hasta cierto punto, trae un texto, se nutre de nosotros y van tomando cosas. Pero, después él también pone sus límites a la hora de la transformación”, cuenta. La actriz compara ese proceso con la música: “Trae la partitura, hacemos el coro y después sale la música de sus manos otra vez”.

En el caso de la comedia, además, existe un momento que termina de definir la obra: el encuentro con quienes están sentados en las butacas. “En la comedia la última palabra la tiene el público”, afirma Medina. Los ensayos permiten encontrar determinados gags, pero algunas cosas recién adquieren sentido cuando se presentan frente a los espectadores. “Hay cosas que surgen con la adrenalina del primer contacto con el público y muchas veces esas son las cosas que finalmente vas fijando, lo que funciona”.
También puede suceder que una línea que durante los ensayos no termina de encontrar su forma aparezca de otra manera en una función. “Textos que digo de una manera en los ensayos realmente toman forma cuando estoy con el público y con su reacción. Ahí terminás de entender el guion”.
Andrea Quattrocchi describe el estreno como un nuevo descubrimiento. Después de repetir una escena muchas veces, incluso los propios actores pueden perder de vista dónde estaba aquello que inicialmente les causaba gracia. “Uno de repente se olvida de qué era lo simpático que estábamos haciendo nosotros. Entra una inseguridad así de ‘¿pero es simpático esto?’. Porque ya estuvimos un mes ensayando. Ahora, el estreno es redescubrir esa obra que venías ensayando”, explica.

Para Ato Gómez, el estreno modifica incluso la manera en que los actores se escuchan entre sí. “Hay una escucha diferente entre nosotros como elenco y vamos incluso hasta codificando cosas… no digo gags o cosas del guion, pero de repente corporalidades o reacciones que hasta ese día del estreno no aparecían”.
Esa escucha también está vinculada con la confianza. “A mí me está pasando algo que normalmente no suele pasar tanto: nos tentamos en escena”, cuenta. Y lejos de atribuirlo solamente al humor de la situación, lo relaciona con el vínculo que construyeron durante el proceso. “Creo que me sucede por lo cómodo que me siento con mi elenco, porque ya hay una complicidad”.
Los ensayos también incluyeron momentos para conversar y conocerse fuera de la escena. Para Gómez, eso terminó siendo determinante: “Creo que eso de alguna manera nos conectó a todos. Si yo me tiento ahora es porque estoy lo suficientemente cómodo para reírme con mi compañera”.

Quattrocchi, por su parte, llega a los ensayos desde un lugar mucho más metódico. Suele tener una idea previa de sus personajes, pero trabajar con Robles implica estar dispuesta a abandonarla. “Yo antes de entrar a trabajar ya tengo una idea de lo que quiero, de lo que pienso que va a ser este personaje. Ya tengo un cuadradito”, relata. “Y él me desarma todas las veces”, cuenta entre risas. Esa transformación es, precisamente, una de las cosas que más disfruta del proceso. “Me voy sorprendiendo con una creación nueva que no es algo que yo ya tenía. Y eso es lo realmente emocionante como actor: vivir realmente lo que está pasando”.
Natalia Calcena aporta otra perspectiva desde el escenario: la de quien puede convertirse en espectadora de sus propios compañeros. “Yo me vuelvo público adentro del escenario y por eso me tiento mucho”, reconoce. La complicidad del elenco genera situaciones que no estaban previstas y que obligan a los actores a permanecer atentos a lo que ocurre en cada función.
Hugo Robles observa ese proceso desde la dirección. “Cada elenco y cada grupo de trabajo se van redescubriendo en el elenco”, sostiene. Los integrantes llegan con formas distintas de trabajar y, para él, “encontrar un mismo código creo que fue el primer desafío”. “Lo encontraron”, afirma.

El espejo de la comedia
La historia de Dulce Esperaparte de la llegada del primer hijo, pero alrededor de ese acontecimiento aparecen las expectativas, los miedos, las presiones familiares y las experiencias que muchas personas atraviesan durante el embarazo y la construcción de una familia.
Para Quattrocchi, la elección de la comedia permite abordar precisamente aquello de lo que muchas veces cuesta hablar. “Para mí la comedia llega mejor para entablar conversaciones de repente algo incómodas, o de las cuales no se habla, o se huye”, plantea. La risa, dice, puede abrir una puerta: “Lo que queríamos era meter conversaciones sobre cosas que pasan que realmente no son muy simpáticas”.
La actriz relaciona esa posibilidad con una experiencia de reconocimiento colectivo. “Si bien son situaciones que las podríamos hacer dramáticamente, porque lo que probablemente les pasó a los espectadores es que ellos quizás vivieron estas situaciones de forma dramática en muchos de los casos. Pero acá demostramos que no somos los únicos a los que les pasó esto, nos pasó a todos”.
Por eso habla de la posibilidad de “curar traumas también a través de la risa”. No necesariamente se trata de grandes tragedias, sino de situaciones que pueden quedar asociadas a momentos difíciles y que, con el tiempo, pueden ser observadas de otra manera.

Letizia Medina encuentra una imagen para explicar ese mecanismo: “El espejo no es tan cruel cuando está la comedia de por medio”. “Cuando te pasó algo muy jodido en la vida, o algo muy terrible, con el tiempo lo procesás, lo digerís y después te reís de eso. O a una amiga cuando le está pasando algo le decís: ‘después nos vamos a estar riendo de eso’”.
En Dulce Espera, ese espejo puede alcanzar a todos. “La comedia permite que la suegra pesada no se enoje porque se está viendo reflejada, ¿entendés?, o la mamá insoportable. Es como que todos tenemos algún tipo de historia parecida con nuestra familia”.
Pero Medina insiste en algo: que la comedia permita alivianar una situación no significa que sea un género sencillo. “Aliviana, pero no por eso la comedia es un registro liviano, para nada”.

El desafío de hacer reír
Para los integrantes del elenco, una de las mayores dificultades al hacer comedia está precisamente en lograr que aquello que funciona en el ensayo también funcione frente al público. “Para mí es más difícil. Para mí es 100% más difícil”, afirma Medina. “Uno llega con una expectativa de ‘se van a reír con esto que tanto nos gustó en el ensayo’. Y después, cuando metés algo a lo que le tenés tanta fe y no entró... es un gol que salió afuera”.
La solución no siempre consiste en modificar el texto. A veces se trata de encontrar el tiempo preciso. Para Gómez, existe además una particularidad del humor: su subjetividad. “La comedia, sobre todo, yo creo que se destaca por lo subjetiva que puede llegar a ser. Lo que te parece simpático a vos me puede parecer para nada simpático a mí”, explica.
Esa condición también convierte el trabajo en una búsqueda. “Me pasó en obras que decía un chiste y no funcionó, pero no me voy a rendir: a la siguiente prueba lo dije de manera distinta y entró el chiste. Y eso es una satisfacción muy rara”.

Quattrocchi destaca que, pese a ser una comedia de principio a fin, Dulce Espera también consigue emocionar. “Es emotiva también. Se trata de algo tierno, que le cambia la vida en todos los aspectos a todos los involucrados”, señala. Parte de esa respuesta aparece después de las funciones, cuando espectadores se acercan para contarles que se sintieron reflejados o tocados por determinadas situaciones. “Poder hacer reír a la gente, que se vea reflejada, que se acuerde de una manera de lo que vivió, lo que está viviendo o lo que pasamos todos colectivamente y poder sentirse realmente tocado es algo hermoso”, dice.
Robles, en tanto, profundiza en la discusión de la valoración de la comedia dentro del propio oficio. “Existe como un preconcepto también de nosotros trabajadores, de los actores y las actrices, donde creés que sos mejor actor o mejor actriz si le hacés llorar al público. O si vos llorás en escena: ‘Estoy llorando, ya me consagré como actor porque lloro en escena’”. Para el director, esa mirada desconoce la complejidad del género. “Las máscaras del teatro son dos: son la tragedia y son la comedia, o sea, tienen igual de importancia”. Y es enfático: “No es un género que está por debajo de nada, absolutamente”.

Cuando el público también forma parte de la obra
Después de varias funciones a sala llena, la conversación sobre Dulce Espera inevitablemente se amplía hacia el público y hacia el momento que atraviesa el teatro paraguayo.
“Estamos compitiendo”, dice Gómez. Y el resto del elenco habla de un circuito en el que distintas producciones están encontrando espectadores. Quattrocchi observa que “cada vez en Paraguay hay más público”. Pero junto con ese crecimiento aparece también una mayor exigencia. “La gente tiene ser de ver cada vez más cosas, pero así también se vuelven más selectivos y más exigentes también”.
Para ella, esa exigencia tiene consecuencias directas sobre las producciones. “Nosotros como productores nos esforzamos muchísimo para traer la mejor escenografía, el mejor vestuario, el mejor elenco, el mejor director. De verdad hay mucha inversión detrás de la obra y cada vez más”.

El público, señala Andrea, también tiene más referencias para comparar. “La gente ve teatro acá, ve teatro afuera, cada vez ve más niveles. Entonces es como que nosotros también queremos darle al público lo que se merece”.
Gómez considera que ese proceso de formación del espectador es positivo. “Está bueno también eso de que el ojo del público se vaya afinando”. Lo compara con la relación que las personas desarrollan con el cine después de consumir muchas películas. “Excelente que eso vaya pasando también con los espectadores del teatro, que frecuenten, que vengan, que corten tickets para que afinen los ojos y se exija más. Está perfecto porque significa que la rueda está girando”.
Medina, mientras tanto, pone el acento en una herramienta que sigue teniendo enorme peso: el boca a boca. “La mayor publicidad que tenemos dentro del teatro. Vos podés tener la pantalla más grande sobre Mariscal López, pero la mayor publicidad es el boca a boca. Es lo que el público dice”.
En ese sentido, las funciones llenas no aparecen solamente como un dato de taquilla. Para el elenco, también son una señal de que existe un público dispuesto a encontrarse con producciones nacionales.

Lo que no puede repetirse
La conversación termina en un lugar que excede a Dulce Espera. Si la tecnología ofrece cada vez más posibilidades de entretenimiento, ¿qué conserva el teatro que no puede ser sustituido?
Gómez encuentra la respuesta en la presencia. “Siento que con las nuevas tecnologías, con la IA, con todo lo que se puede hacer con la tecnología ahora mismo, todo es artificial. Y siento que el poder del teatro es que nunca va a perder contra lo artificial porque va siendo una de las pocas cosas que sobreviven y que no son reemplazables”.
Medina coincide: “Es la magia de lo en vivo. Cada vez va a ir tomando más fuerza: cuanto más la tecnología avance, más fuerza va a tomar lo real porque raramente o curiosamente se está volviendo algo que ya no es tan común”.

Robles vuelve entonces a la historia del propio teatro. La radio, el cine, la televisión e internet fueron recibidos en distintos momentos como posibles amenazas para el escenario. Sin embargo, el teatro permaneció. “Siempre era como ‘el teatro va a morir, el teatro va a morir’... y no pasó”, afirma.
Para el director, la explicación está en aquello que sucede una sola vez dentro de una sala: la conexión entre artistas y espectadores. “Lo que ocurre en una sala de teatro, esa conexión entre los artistas y el público, no se vuelve a repetir nunca más y una función del teatro nunca va a ser igual a la siguiente”.
No se trata únicamente de quienes aparecen sobre el escenario. También forman parte de esa experiencia quienes trabajan con las luces, el sonido y todos los elementos que hacen posible la puesta. “Eso lo hace único y especial. Y creo que por eso es que se sostiene, sobrevive y se mantiene”.

Quizás esa condición explique también lo que ocurrió con Dulce Espera: una obra que nació de un texto, se transformó durante los ensayos, encontró nuevos códigos entre sus actores y terminó de descubrirse frente a un público que, función tras función, respondió desde la butaca.
Para Medina, esa respuesta tiene una forma sencilla de continuar: una persona sale de la sala, cuenta lo que vio y recomienda a otra que vaya. La obra vuelve entonces a empezar, pero nunca exactamente de la misma manera.
Sepa más
La obra continuará hasta septiembre. Viernes y sábado a las 21:00 y domingos a las 20:00. Venta de entradas a través de Tuti.
