El bicentenario de Richard Wagner

(FIRMAS PRESS) Richard Wagner (1813-1883) fue un músico extraordinario, un esnob revolucionario, un creador de inmenso talento colmado de paradojas y un antisemita legendario. Un hombre que trabajó con judíos, se benefició de su filantropía y los odió como pocos. Un reaccionario que detestó a la aristocracia y militó en su contra y, a la vez, recibió el apoyo de reyes y personalidades del establishment. Durante gran parte de su carrera fue un paria político, perseguido por las autoridades, con prohibición de ingresar a partes de su Alemania natal e incapacitado incluso de ver la representación de sus propias obras donde fuera que la orden policial imperial estuviera vigente. Y, al mismo tiempo, fue un artista aclamado.

Tal fue su naturaleza que incluso la misma persona podía albergar opiniones encontradas sobre él en diferentes momentos de su vida. La primera impresión que de él tuvo Friedrich Nietzsche fue óptima: “Cuando ayer conocí a Richard Wagner sentí un deleite de un sabor tan peculiar que ya no soy exactamente quien era antes”. Pero al final de sus días escribió dos ensayos hostiles afirmando: “Sostengo que Wagner es perjudicial” y “Mi vivencia más importante fue una convalecencia. Wagner es tan solo una de mis enfermedades”. En un libro titulado En búsqueda de Wagner, escrito a fines de la década de 1930, que es una exploración de las raíces ideológicas del nazismo, Theodor Adorno postuló que el antisemitismo de Wagner no era un atributo idiosincrático de su personalidad, sino una característica de toda su obra artística. Sin embargo, unas décadas después, Adorno desarrolló cierto aprecio por el compositor y en una serie de ensayos breves, escritos en los años cincuenta y sesenta, buscó rehabilitarlo. Thomas Mann inicialmente se refirió a Wagner como “la fuente de la experiencia más fértil y profunda de mi juventud”, para terminar despreciándolo como “ese gnomo resoplado de la Sajonia con su talento colosal y personalidad lamentable”.

A diferencia de otros compositores, escribió sobre la música mientras componía música. Y, además de haber compuesto una obra monumental, Wagner escribió una considerable cantidad de ensayos políticos y artísticos, redactó unas diez mil cartas y dictó una autobiografía de alrededor de un millar de páginas. Uno de sus textos más famosos fue El judaísmo en la música, en el cual protestaba contra la “influencia judaica en la música”, afirmaba que el judaísmo era “la mala conciencia de nuestra civilización moderna”, alegaba que los judíos eran incapaces de crear artísticamente y clamaba por su total aniquilación. Su arenga era radical aun en una coyuntura en la que el antisemitismo estaba esparcido. Wagner fue también un nacionalista que exaltó la identidad alemana, basó sus óperas en el pasado legendario e histórico de Alemania y se preocupó por el futuro colectivo de su país.

La combinación intensa de nacionalismo y antisemitismo hicieron de él un referente para los racistas de su tiempo y por venir. Su influencia se notó en obras superxenófobas como Los cimientos del siglo XIX, de Houston Stewart Chamberlain; Ensayo sobre la inequidad de las razas humanas, de Josef Arthur de Gobineau, y MeinKampf, de Adolf Hitler, quien mencionó al compositor en su texto y de quien dijo orgullosamente: “Los trabajos de Wagner son la encarnación de todo a lo que el nacionalsocialismo aspira”. El ministro de propaganda nazi Josef Goebbels consagró una de las obras de Wagner como la ópera oficial del régimen: “De todos los dramas musicales, Die Meistersinger se destaca como el más alemán. Es simplemente la encarnación de nuestra identidad
nacional”.

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En su tiempo, Wagner fue un revolucionario. Cuando ocurrieron las revueltas de 1830 en París, las apoyó desde Leipzig: “Este día marcó para mí el comienzo de la historia, y yo naturalmente me encomié con corazón y alma a la revolución”. Cuando las revueltas estallaron en Dresde, en 1848, Wagner proclamó: “¡Dejen que sus antorchas quemen brillantemente!… ¡Dejen que reduzcan todo al polvo y las cenizas!”.

Habiendo puesto sus esperanzas revolucionarias en 1852, una vez arribado ese año sin cambio político real, se negó a reconocerlo y fechó sus cartas “32 de diciembre de 1851”, y así sucesivamente. “Durante la mitad de su vida –observó Nietzsche con ironía– Wagner creyó en la revolución como solo un francés podía hacerlo”.

* Analista político. Autor de “Tierras por Paz, Tierras por Guerra” (2002).

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