La diferencia sustancial entre cerrar la economía de un país desarrollado con otra de menor desarrollo como efectivamente es Paraguay, es tan importante que los efectos son perjudiciales ciertamente en ambos casos. Sin embargo, son devastadores para las que se encuentran en situación de subdesarrollo como sucede en países como el nuestro en donde las consecuencias se trasladan a varios años de costos sociales sobre la población más vulnerable.
Pero como a nuestros gobernantes y me refiero aquí en especial al Ejecutivo y al Congreso (salvo algunas excepciones), no les interesa la suerte de la gente y de sus respectivos problemas diarios, pues volvieron a dictar y a convalidar el cierre de la economía en categoría de cuarentena. Los efectos de aquel primer cierre todavía se notan en las empresas y en las calles. Y si no fuera por la tesonera labor de los emprendedores, los empresarios tenaces y valientes con los que cuenta nuestro país, pues los resultados serían todavía peores.
De la V a la L
En todas partes se habla de la recuperación. No hay lugar del mundo en que no exista incertidumbre en este momento. Gobiernos más serios y prudentes como el de Alemania con Angela Merkel a la cabeza nos demostró días atrás de lo importante que resulta la relación entre el orden constitucional y la economía. Ante un posible voto de censura, la primera ministro se percató de que el cierre total programado para esta Semana Santa haría caer su gobierno. La lección no es difícil de entender. Que no se puede cerrar el mercado por obra y gracia del deseo de los nuevos amos y señores de la vida de los demás, los doctores en medicina, quienes solo tienen una mirada sesgada y muy limitada de la sociedad.
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Y que el desprecio por la economía es también el desprecio por la salud, la vida misma. Ocurre que la pandemia puso en entredicho varias cuestiones. Vinieron a decirnos que la salud es más que la economía, como si esta última sea un objeto supeditable a los intereses de los que dicen tener la verdad sacrosanta e inmaculada. ¡Craso error!
La economía en realidad es como el corazón mismo de la sociedad. Si no hay creación, intercambio y comercialización de creatividades e innovaciones así como de los bienes y servicios consecuentes bajo la movilización del capital, pues el factor de producción trabajo se viene para abajo, no tiene colocación; esto es, hay desempleo.
Y esta secuencia no solo es para los países desarrollados sino para todos sin excepción, y en especial para aquellos como el nuestro, largamente postrados en la miseria por las malas ideas de gobernantes soberbios como de escasas luces. Sin esa secuencia expresada en términos económicos, que no es más que la vida social en sí misma, pues lo que se hace es lo mismo que clavar una daga profunda y filosa en el corazón del ser humano. Si dañamos ese órgano tan delicado como lo es el corazón de una persona por querer -aun con la mejor buena intención- protegerle de alguna enfermedad, pues sencillamente terminamos matándola así como suena y se lee. Y ese corazón es la economía.
De manera que si tanto el sector público como privado buscan afanosamente las posibles salidas que para expresarlo en una curva sencilla se debería dar en V, de la caída a la recuperación para luego sostenerla más arriba, pues bien harían en tomar en cuenta que el corazón no puede ser arruinado so pretexto de acabar con otras dolencias.
Los hechos
La pandemia trajo consigo un efecto experimental sin precedentes. Esto hay que decirlo, pero también es preciso afirmar que no fue por el SARS-CoV-2. Fueron los gobiernos los que provocaron un profundo shock de oferta y demanda debido al cierre obligatorio, coercitivo de los mercados.
Fueron los políticos los que decidieron y nuevamente lo están haciendo, sobre qué es esencial y qué no. La pregunta es esa. Que se sepa la categoría de esencial en la sociedad no puede estar supeditada a la decisión de algunos que tienen el poder de exigir a los demás porque tienen el uso de la compulsión mediante la respectiva legislación.
Fueron millones las personas y empresas en el mundo las que fueron humilladas por el Estado y sus administradores ocasionales. Los no esenciales o prescindibles fueron objeto del más vil de los actos. Se les prohibió llevar el pan a sus hogares, situación que desde el vamos es una clara muestra de absoluta inmoralidad, además de su clara arrogancia expuesta en autoritarismo político y selectividad económica, todo lo cual viola la igualdad ante la ley, por un lado, y la supremacía constitucional, por el otro.
Say tiene razón
Para ilustrar mejor la incomprensión de nuestro Gobierno sobre el cierre que ha declarado en estos días, bien haría en tomar en cuenta (sobre todo si ya tiene la “brillante” idea de prorrogar su decreto, lo que no me extrañaría) a Jean Baptiste Say, economista francés en su Tratado de Economía publicado en 1802, documento en plena vigencia y más en este siglo XXI donde son muchos los que pretenden desacreditar a los clásicos, como si fuera una cuestión de moda.
La ley de Say, conocida luego con acierto como ley de los mercados, es tan sencilla como provocativa. Es la oferta la que crea su propia demanda; por ende, el bienestar y el progreso se logran estimulando la producción y no precisamente el consumo como durante mucho tiempo se creyó y que luego de las “nuevas” teorías tratan de desacreditar en vano.
Como dije, la ley de los mercados de Say es sencilla como provocativa. Y para una mejor explicación en este contexto pandémico digamos cuanto sigue. Si el Estado bajo su malsana decisión considera que algunas actividades son imprescindibles y otras prescindibles, y a estas ultimas prohíbe a las personas producir y generar los suministros necesarios para vivir, entonces tampoco podrán demandar. Pues entonces una persona sin ingresos no tiene forma de demandar bienes y servicios, ergo, el cierre por cuarentena resulta catastrófico.
La caída total
De igual importancia es que el cierre forzoso causado por el Estado, y lo digo así para incluir al Congreso, no podrá revertirse si se sigue en la tozuda idea y práctica de aumentar el gasto público, el endeudamiento y la redistribución de dinero, como en efecto se viene haciendo.
Esta práctica lleva al colapso económico porque todas esas medidas que se llevan a cabo y cuyo propósito es estimular la demanda para resolver el problema de oferta es sencillamente un error colosal.
Las políticas ahora llevadas a la práctica en una situación de cierre abren paso a un escenario de más estancamiento que perdurará en el tiempo, por meses y años. Es la ralentización convertida en recesión, desempleo y hasta inflación. ¿Cómo creen el Ejecutivo y el Congreso que estimularán la demanda cuando que son ellos mismos los que se encargan de decirle a la gente que no deben ir a trabajar y a producir? ¿Saben los gobernantes que así están creando más enfermedades que salud?
Este camino está mal y muy mal. El cierre decretado por el Ejecutivo y avalado por el Congreso llevará al Paraguay a la peor crisis económica y sanitaria de su historia, el colapso total.
Caída
Si se cierran las economías, el resultado es la inexorable caída del Producto Interno Bruto, lo que significa menos empleos, ahorros e inversión.
Costo
Las consecuencias se trasladan a varios años de costos sociales sobre la población más vulnerable en los países en situación de subdesarrollo.
(*) Decano de Currículum UniNorte. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”; “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.
