Las flores de la pequeña Ida (2) (adaptación)

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—Bueno, lo que se dice hablar, no. Pero se entienden por signos. ¿Has advertido que cuando sopla una ligera brisa las flores se agitan? Es una forma de hablar. Las mariposas utilizan las alas.

—¿Entiende el profesor ese lenguaje?

—No lo sé. Es posible que sí. El profesor salió una mañana al jardín y sorprendió a una hermosa ortiga haciendo gestos muy descarados a un clavel rojo, como si le dijese: «Eres muy lindo y te quiero». El profesor pegó un manotazo a la atrevida planta y esta, defendiéndose, le pinchó los dedos.

—¡Qué curioso! —exclamó Ida, riendo.

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Cuando la pequeña Ida quedó sola estuvo largo rato pensando en lo que le había contado el joven estudiante acerca de la vida secreta de las flores. Luego miró a las que tenía en su ventana.

—¡Pobrecitas! Siguen cansadas del baile de anoche. Las cuidaré para que no se pongan enfermas.

Las tomó con mucho cariño entre sus manos y las llevó con los demás juguetes, colocados sobre una mesa. En la cama de muñecas había una linda pepona. Ida le dijo:

—Tienes que lavarte, Sofía, y dormir en uno de los cajones. Las flores están malitas.

Entonces, Ida acostó a las flores y las arropó con una pequeña manta.

—Descansen tranquilas. Luego les daré un poco de té y mañana, estarán tan contentas como siempre.

Corrió las cortinas para que el sol no las molestara y se pasó el día jugando con un castillo de papel. Antes de acostarse, miró detrás de las cortinas y hacia la gran terraza donde estaban las bonitas flores de su madre.

—¡Ah, pícaras; sé que bailarán esta noche!

Las flores, haciéndose las desentendidas, no movieron ni una hoja. Ida, ya en la cama, pensó en lo bonito que sería contemplar una de las fiestas a que se refirió al estudiante. Con tan bellos pensamientos se quedó dormida.

Despertó a medianoche. En el dormitorio reinaba el silencio.

«¿Seguirán mis flores en la camita de Sofía?» se preguntó.

Se incorporó de su lecho y miró hacia la puerta de su cuarto de juegos, que estaba entonada. Aguzando el oído le pareció escuchar el sonido apagado de un piano.

«No cabe duda de que las flores están bailando! ¡Cómo me gustaría verlo!».

No pudiendo resistir la curiosidad, la pequeña Ida bajó de la cama muy despacito y se acercó de puntillas a la puerta de la habitación de sus juguetes. Miró por el resquicio y quedó maravillada. ¡Dios del cielo qué maravilloso era todo!

Sobre el libro

Título: Las flores de la pequeña Ida

Autor: Hans Christian Andersen

Editorial: Zap Digital, SL.

Diccionario visual

Resquicio

Abertura estrecha y alargada que queda entre el quicio y la puerta cuando la misma no está cerrada del todo o cierra mal.

«Por el resquicio de la puerta se colaba la luz del dormitorio»